Escándalos oscurecen reelección de Bus
El terrorismo y la corrupción emergen como claves para la próxima campaña presidencial. Ambos podrían tener un efecto adverso para la reelección de George W. Bus, si los que impugnan la veracidad de sus actos y de sus manifestaciones públicas logran convencer a los votantes estadounidenses. Después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, pocos se atreven a cuestionar de fondo la retórica desatada por la administración Bush sobre el terrorismo y la corrupción a nivel global, aunque críticos, especialmente en Europa y Latinoamérica, consideran que ésta se exagera con propósitos electorales. Por otro lado, lo que sí podrían convertirse en un argumento de efecto boomerang con resultados totalmente contraproducentes, son las vehementes denuncias de la corrupción de sus contrincantes demócratas en medio de cada vez más contundentes indicios de que su propia administración está lejos de tener una reputación ética intachable.
Al comienzo, los críticos apuntaron a los escándalos que comenzaron a surgir con denuncias de los estrechos contactos entre el equipo de Bush y los poderosos carteles del petróleo. Ahora, el análisis es más profundo, hasta tomar un cariz sociológico que enfoca al "clan Bush" y a la vida de privilegio y abundancia material.
Así, Kevin Phillips, un respetado columnista que hasta hace poco era considerado uno de los más notable estrategas republicanos, y el autor Ron Susskind, acaban de publicar dos libros que coinciden en proyectar a Bush como producto de una dinastía profundamente comprometida con los carteles, así como con políticos del Oriente Medio, especialmente la casa real saudita.
"En la mitad del siglo veinte, los contactos y un capitalismo en base de nepotismo se había convertido en una modalidad económica de la familia [Bush], con un énfasis en la recompensa financiera y una lealtad instintiva al mundo de la inversión," escribe Phillips en un nuevo libro, "Dinastía americana: aristocracia, fortuna y la política del engaño de la casa de Bush".
"Los Bush -continúa- no han producido ningún presidente de universidad, ni escultores, ni científicos ni plomeros, en términos generales, sus progenitores se convirtieron, casi exclusivamente, en entrepenerus financieros". ¿Por qué interesa este trasfondo familiar? Porque, según los historiadores y politólogos, el mismo ilumina algunos aspectos fundamentales del carácter presidencial, así también de sus decisiones políticas de un conservadorismo de ultranza, después de realizar una campaña que sorprendió a muchos por su moderación y su pretensión del autodenominado "capitalismo compasivo".
Paulatinamente, sin embargo, están llegando a la superficie, indicios de que Bush juega con la verdad, una tendencia de acomodar y a veces distorsionar, ciertos hechos a las necesidades políticas del momento.
Aunque los demócratas aún no se han olvidado cómo Bush llegó al poder gracias a la manipulación de los resultados del Estado de Florida, gobernado por su hermano Jebb, consideran que el catálogo de tergiversaciones al que Bush, su vicepresidente Dick Cheney y el secretario de Defensa Donald Rumsfeld han sometido a la reciente historia, ofrece un arsenal suficiente para poner en entredicho la atmósfera ética que los Bush trajeron a Washington, empezando con la presidencia de George Bush padre, autor de las intervenciones en Panamá y Nicaragua, con argumentos igualmente cuestionados como 20 años después fue la de la invasión de Irak.
El más reciente ejemplo del desdén que el equipo de Bush tiene por las reglas del juego de la diplomacia, así como por los intereses de sus propios aliados, son las intervenciones de las conversaciones telefónicas de las delegaciones ante la ONU cuando el departamento de Estado pensaba que Francia iba a condenar la invasión en Irak ante el Consejo de Seguridad.
Las revelaciones alrededor de ese operativo, que también afectó las misiones de Chile y México, causaron un revuelo de escala internacional.
El escándalo estalló cuando una funcionaria del servicio de inteligencia británico reveló al prestigioso periódico The Guardian que Estados Unidos le había solicitado que usara espionaje tecnológico instalado en las misiones de Francia, Chile y México, además de intervenir las líneas telefónicas a dichas misiones diplomáticas -práctica en contravención de las convenciones de Viena que establecen los derechos y las obligaciones de los países anfitriones de organismos internacionales.
Estas prácticas fueron confirmadas en una serie de entrevistas que ese periódico mantuvo con Adolfo Aguilar Zinser, el ex representante de México en el Consejo de Seguridad, y confirmado por Clare Short, miembro de la Cámara de los Comunes británica y ex ministra del gabinete del Primer Ministro Tony Blair. Short además confesó que Estados Unidos también le había solicitad que vigilara las llamadas a los teléfonos del secretario General de la ONU, Kofi Annan, unas semanas antes de la guerra de Irak.
El lector no debe olvidar que cada candidato es la suma de unos intereses, una ideología, una plataforma política, unos avances en unas áreas, otros retrocesos en otras. Y esto es perfectamente legítimo y deseable en una democracia en la que Carlos Alberto Montaner definió el bien común como la yuxtaposición y contraposición de los distintos intereses sociales. Cuando le hayamos quitado el antifaz a los candidatos, y los develemos por lo que realmente son, encontraremos sus diferencias, y la naturaleza de cada una de las propuestas. Y comprobaremos que, lejos de parecerse, ofrecen visiones muy distintas de un mismo país. Sólo después podremos votar, a conciencia.
Al comienzo, los críticos apuntaron a los escándalos que comenzaron a surgir con denuncias de los estrechos contactos entre el equipo de Bush y los poderosos carteles del petróleo. Ahora, el análisis es más profundo, hasta tomar un cariz sociológico que enfoca al "clan Bush" y a la vida de privilegio y abundancia material.
Así, Kevin Phillips, un respetado columnista que hasta hace poco era considerado uno de los más notable estrategas republicanos, y el autor Ron Susskind, acaban de publicar dos libros que coinciden en proyectar a Bush como producto de una dinastía profundamente comprometida con los carteles, así como con políticos del Oriente Medio, especialmente la casa real saudita.
"En la mitad del siglo veinte, los contactos y un capitalismo en base de nepotismo se había convertido en una modalidad económica de la familia [Bush], con un énfasis en la recompensa financiera y una lealtad instintiva al mundo de la inversión," escribe Phillips en un nuevo libro, "Dinastía americana: aristocracia, fortuna y la política del engaño de la casa de Bush".
"Los Bush -continúa- no han producido ningún presidente de universidad, ni escultores, ni científicos ni plomeros, en términos generales, sus progenitores se convirtieron, casi exclusivamente, en entrepenerus financieros". ¿Por qué interesa este trasfondo familiar? Porque, según los historiadores y politólogos, el mismo ilumina algunos aspectos fundamentales del carácter presidencial, así también de sus decisiones políticas de un conservadorismo de ultranza, después de realizar una campaña que sorprendió a muchos por su moderación y su pretensión del autodenominado "capitalismo compasivo".
Paulatinamente, sin embargo, están llegando a la superficie, indicios de que Bush juega con la verdad, una tendencia de acomodar y a veces distorsionar, ciertos hechos a las necesidades políticas del momento.
Aunque los demócratas aún no se han olvidado cómo Bush llegó al poder gracias a la manipulación de los resultados del Estado de Florida, gobernado por su hermano Jebb, consideran que el catálogo de tergiversaciones al que Bush, su vicepresidente Dick Cheney y el secretario de Defensa Donald Rumsfeld han sometido a la reciente historia, ofrece un arsenal suficiente para poner en entredicho la atmósfera ética que los Bush trajeron a Washington, empezando con la presidencia de George Bush padre, autor de las intervenciones en Panamá y Nicaragua, con argumentos igualmente cuestionados como 20 años después fue la de la invasión de Irak.
El más reciente ejemplo del desdén que el equipo de Bush tiene por las reglas del juego de la diplomacia, así como por los intereses de sus propios aliados, son las intervenciones de las conversaciones telefónicas de las delegaciones ante la ONU cuando el departamento de Estado pensaba que Francia iba a condenar la invasión en Irak ante el Consejo de Seguridad.
Las revelaciones alrededor de ese operativo, que también afectó las misiones de Chile y México, causaron un revuelo de escala internacional.
El escándalo estalló cuando una funcionaria del servicio de inteligencia británico reveló al prestigioso periódico The Guardian que Estados Unidos le había solicitado que usara espionaje tecnológico instalado en las misiones de Francia, Chile y México, además de intervenir las líneas telefónicas a dichas misiones diplomáticas -práctica en contravención de las convenciones de Viena que establecen los derechos y las obligaciones de los países anfitriones de organismos internacionales.
Estas prácticas fueron confirmadas en una serie de entrevistas que ese periódico mantuvo con Adolfo Aguilar Zinser, el ex representante de México en el Consejo de Seguridad, y confirmado por Clare Short, miembro de la Cámara de los Comunes británica y ex ministra del gabinete del Primer Ministro Tony Blair. Short además confesó que Estados Unidos también le había solicitad que vigilara las llamadas a los teléfonos del secretario General de la ONU, Kofi Annan, unas semanas antes de la guerra de Irak.
El lector no debe olvidar que cada candidato es la suma de unos intereses, una ideología, una plataforma política, unos avances en unas áreas, otros retrocesos en otras. Y esto es perfectamente legítimo y deseable en una democracia en la que Carlos Alberto Montaner definió el bien común como la yuxtaposición y contraposición de los distintos intereses sociales. Cuando le hayamos quitado el antifaz a los candidatos, y los develemos por lo que realmente son, encontraremos sus diferencias, y la naturaleza de cada una de las propuestas. Y comprobaremos que, lejos de parecerse, ofrecen visiones muy distintas de un mismo país. Sólo después podremos votar, a conciencia.