Escapando de la pobreza
Viajé hace poco a Nicaragua, el segundo país más pobre del continente. Yo suelo llevar puesta una pulsera con la inscripción: "compro productos de los países pobres". Y pensé mucho sobre eso cuando recorría ese país centroamericano que se recupera lentamente de décadas de infames políticas económicas.
En todas partes, el proteccionismo produce altas tasas de desempleo, altos precios para los consumidores, además de industrias nacionales ineficientes. Y quienes más sufren son los más pobres. La gente compra y vende porque ambas partes salen beneficiadas. Si no fuera así, el intercambio no ocurriría. Los estadounidenses participamos en el comercio internacional para conseguir productos y servicios que otros países producen a un menor costo relativo. Es decir, salimos ganando cuando fabricamos internamente lo que logramos hacer mejor y compramos lo demás afuera.
El economista Alan Blinder describe esa realidad así: "Muchos, en vez de hacerlo, mandamos a lavar y planchar las camisas. Y a quien nos diga que debemos protegernos de la competencia desleal de un trabajador de lavanderías que recibe un sueldo bajo, lavando y planchando nuestra propia ropa, le contestaríamos que está loco".
Los países que abren sus mercados al comercio internacional pronto se dan cuenta cuáles son los productos y servicios que su gente hace mejor que la gente de otros países. Ese proceso de descubrimiento impulsa el avance económico.
Algunos de los países más pobres del mundo, como China, India e Indonesia, han adoptado el libre intercambio comercial y como resultado están logrando récords de crecimiento económico. Así vemos que muchos países con bajos ingresos per cápita están creciendo más que los países desarrollados. La desigualdad mundial se reduce así ahora más que nunca.
Una manera de asegurarse de que esto continúe es que el mundo desarrollado abra sus mercados a los bienes que los países pobres producen mejor, como alimentos y textiles. Lamentablemente, cuotas y altos aranceles de Estados Unidos y Europa a menudo impiden la importación de productos latinoamericanos muy competitivos, como la carne, azúcar y naranjas.
Activistas con mucho dinero se oponen al libre comercio internacional, con la excusa de que están protegiendo a los pobres, mientras que -en contra de toda evidencia- mantienen que nos perjudica el libre intercambio voluntario con gente de otros países. Pero si la gente se perjudica intercambiando con otros más allá de las fronteras, ¿no los perjudica intercambiar con gente de otros estados, provincias o condados? Claro que el intercambio internacional elimina puestos de trabajo, pero estos son reemplazados por muchos más. Por ejemplo, hace un siglo, 35% de los estadounidenses trabajaban en el campo, mientras que hoy menos de 2%. ¿Qué están haciendo todos esos descendientes de campesinos? Hoy ganan mucho más como vendedores, maestros y médicos.
Cuando compramos artículos importados más baratos se pierden empleos nacionales, pero la competencia extranjera obliga a nuestros empresarios a innovar, además de que promueve la creación de puestos en otros sectores, donde las habilidades, creatividad y rendimiento de nuestra gente logran los mejores productos del mundo. Así, en la década de los 90 se duplicaron tanto las importaciones como las exportaciones de Estados Unidos y se crearon, internamente, 17 millones de nuevos puestos de trabajo.
Regresando a la inscripción en mi pulsera, hace 10 años el Miami Herald entrevistó a una trabajadora nicaragüense, Cándida Rosa López. Ella se quejaba del boicot promovido por universitarios estadounidenses en contra de la ropa fabricada por la empresa donde trabaja.
Decía: "A veces, a fin de año, la fábrica no tiene muchos pedidos y, entonces, no podemos trabajar tantas horas ni recibir el mismo salario. Ojalá que más gente comprara la ropa que hacemos".
Es que la alternativa para Cándida Rosa es mucho peor que pasar largas horas en la máquina de coser.
Comprar artículos elaborados en los países pobres impulsa el desarrollo y mantener lo contrario es cruel para gente como Cándida Rosa.
(*)Vicepresidente ejecutivo de la Fundación de Investigaciones Económicas y del Ambiente (FREE).
(c) www.aipenet.com
En todas partes, el proteccionismo produce altas tasas de desempleo, altos precios para los consumidores, además de industrias nacionales ineficientes. Y quienes más sufren son los más pobres. La gente compra y vende porque ambas partes salen beneficiadas. Si no fuera así, el intercambio no ocurriría. Los estadounidenses participamos en el comercio internacional para conseguir productos y servicios que otros países producen a un menor costo relativo. Es decir, salimos ganando cuando fabricamos internamente lo que logramos hacer mejor y compramos lo demás afuera.
El economista Alan Blinder describe esa realidad así: "Muchos, en vez de hacerlo, mandamos a lavar y planchar las camisas. Y a quien nos diga que debemos protegernos de la competencia desleal de un trabajador de lavanderías que recibe un sueldo bajo, lavando y planchando nuestra propia ropa, le contestaríamos que está loco".
Los países que abren sus mercados al comercio internacional pronto se dan cuenta cuáles son los productos y servicios que su gente hace mejor que la gente de otros países. Ese proceso de descubrimiento impulsa el avance económico.
Algunos de los países más pobres del mundo, como China, India e Indonesia, han adoptado el libre intercambio comercial y como resultado están logrando récords de crecimiento económico. Así vemos que muchos países con bajos ingresos per cápita están creciendo más que los países desarrollados. La desigualdad mundial se reduce así ahora más que nunca.
Una manera de asegurarse de que esto continúe es que el mundo desarrollado abra sus mercados a los bienes que los países pobres producen mejor, como alimentos y textiles. Lamentablemente, cuotas y altos aranceles de Estados Unidos y Europa a menudo impiden la importación de productos latinoamericanos muy competitivos, como la carne, azúcar y naranjas.
Activistas con mucho dinero se oponen al libre comercio internacional, con la excusa de que están protegiendo a los pobres, mientras que -en contra de toda evidencia- mantienen que nos perjudica el libre intercambio voluntario con gente de otros países. Pero si la gente se perjudica intercambiando con otros más allá de las fronteras, ¿no los perjudica intercambiar con gente de otros estados, provincias o condados? Claro que el intercambio internacional elimina puestos de trabajo, pero estos son reemplazados por muchos más. Por ejemplo, hace un siglo, 35% de los estadounidenses trabajaban en el campo, mientras que hoy menos de 2%. ¿Qué están haciendo todos esos descendientes de campesinos? Hoy ganan mucho más como vendedores, maestros y médicos.
Cuando compramos artículos importados más baratos se pierden empleos nacionales, pero la competencia extranjera obliga a nuestros empresarios a innovar, además de que promueve la creación de puestos en otros sectores, donde las habilidades, creatividad y rendimiento de nuestra gente logran los mejores productos del mundo. Así, en la década de los 90 se duplicaron tanto las importaciones como las exportaciones de Estados Unidos y se crearon, internamente, 17 millones de nuevos puestos de trabajo.
Regresando a la inscripción en mi pulsera, hace 10 años el Miami Herald entrevistó a una trabajadora nicaragüense, Cándida Rosa López. Ella se quejaba del boicot promovido por universitarios estadounidenses en contra de la ropa fabricada por la empresa donde trabaja.
Decía: "A veces, a fin de año, la fábrica no tiene muchos pedidos y, entonces, no podemos trabajar tantas horas ni recibir el mismo salario. Ojalá que más gente comprara la ropa que hacemos".
Es que la alternativa para Cándida Rosa es mucho peor que pasar largas horas en la máquina de coser.
Comprar artículos elaborados en los países pobres impulsa el desarrollo y mantener lo contrario es cruel para gente como Cándida Rosa.
(*)Vicepresidente ejecutivo de la Fundación de Investigaciones Económicas y del Ambiente (FREE).
(c) www.aipenet.com