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Escuelas y familias necesitan un nuevo pacto


Durante el pasado año escolar, se hizo común escuchar de conflictos que surgieron entre padres y madres de familia con personal docente y directivo de las escuelas. Educadores se ven amenazados por actitudes y comportamientos agresivos de algunos padres y madres y éstos también sienten, algunas veces, que se les irrespeta y que sus hijos e hijas no reciben la consideración que ellos merecen. Las relaciones entre estas dos partes parecen deteriorarse, y el cerco de la escuela tiende a cerrarse para las familias y la desconfianza entre la comunidad y el centro escolar crea distancias que afectan la educación de nuestra niñez y juventud.
A pesar de los cambios y problemas en la sociedad y los hogares, la relación escuela-familia se ha tejido de tal manera, que hoy es casi imposible pensar en una educación básica y media que no se realice en la escuela y que no cuente, a su vez, con el apoyo de los padres y madres. Hogar y escuela forman una unidad indisoluble en la educación de la población, de tal forma que en el logro de este objetivo, una no podría realizar a cabalidad su función sin contar con el apoyo de la otra parte.
Son múltiples las formas en que las familias contribuyen con la educación la niñez. Una de ellas es asegurando la base material que es indispensable para su crianza y existencia. Cuando los hogares son pobres, las condiciones de alimentación, salud y vivienda se debilitan, aumenta el trabajo infantil y con ello se afectan la asistencia a clases, la dedicación al estudio y el rendimiento académico, e incrementa la deserción y repetición de alumnado. La pobreza no es sinónimo de repetición, pero si es un factor asociado importante que en ella influye.
Las familias actúan igualmente como apoyo a los maestros y maestras en la tarea educativa. Desde el hogar, sobre todo la madre, refuerza el proceso de enseñanza aprendizaje, mediante el seguimiento de las tareas, trabajos, investigaciones y deberes asignados a sus hijos e hijas por el personal docente. Cuanto mejor conozca la familia el proyecto educativo de la escuela, la intención pedagógica del educador y más entrenados estén en su deber como apoyo docente, más eficaz puede ser su contribución al desarrollo de los aprendizajes de la niñez. La interacción frecuente del niño y la niña con sus padres, por pobres que éstos sean, puede mejorar considerablemente la capacidad de razonamiento, el vocabulario, la actitud hacia los estudios y el rendimiento escolar.
Otra función importante de la familia es apoyar a la escuela en la solución de sus problemas materiales. Los padres y madres, sobre todo de las escuelas oficiales, han colaborado tradicionalmente mediante cuotas, trabajo o materiales, en la construcción de infraestructura física (aulas, sanitarios, comedores, áreas recreativas, etc.); preparando alimentos, adquiriendo mobiliario y materiales de enseñanza y realizando otros servicios. Estas contribuciones realizadas de manera individual o mediante sus asociaciones, representan un aporte, hasta ahora, insuficientemente cuantificado, de gran impacto en el funcionamiento de los centros escolares y la educación. De allí que la desconfianza en el personal docente y en la dirección del centro escolar, así como los conflictos entre escuela y hogares puede reducir significativamente esa cooperación y debilitar este importante capital social.
Otra vía de participación, es en las instancias de toma de decisiones. La influencia de la familia en las Juntas o Consejos Escolares, para tomar decisiones sobre el desarrollo de la escuela, es una tendencia muy acentuada en países que impulsan la autonomía y descentralización escolar. Las experiencias en América Latina, Estados Unidos y Europa muestran la diversidad de áreas que puede cubrir esta participación. Ellas pueden ir desde las administrativas (selección y contratación de docentes, administración de recursos de la escuela, asegurar el mantenimiento escolar, gestionar recursos adicionales), hasta las pedagógicas (elaboración y desarrollo del currículo), entre otras.
Sin embargo, no todas las familias se sienten seguras y preparados para ejercer estas funciones. Con frecuencia, el personal profesional de la educación (docente y directivo) es el que más se interesa y participa en estas tareas, provocando no pocas veces, conflictos en la lucha por el poder. No obstante, cuando existe personal directivo consciente de su papel, se generan condiciones positivas para reconocer el valor de los aportes de la familia y el personal docente, y crear relaciones de confianza mutua. La experiencia panameña de las Juntas Educativas Regionales y Escolares, muestran en parte esta realidad. Sin embargo, cuando se descalifica el papel de la familia en estos organismos, también se promueve su exclusión de los procesos de decisión de la educación de sus hijos. Esta actitud está lejos de contribuir a construir un clima de cooperación y entendimiento, que produzca resultados positivos para la escuela y la educación en general.
Un balance sobre las experiencias de Panamá y otros países permite observar que en los casos de escuelas donde existe una activa y creativa participación de la familia, tanto en el aprendizaje de los hijos e hijas, como en la toma de decisiones de la escuela, los rendimientos académicos son más elevados y las condiciones de los aprendizajes son superiores, a los de otras escuelas donde esta participación es menor o deficiente. Esto no significa que la participación por sí misma genera mejor calidad en los aprendizajes. Lo que deseamos destacar es que una política de mejoramiento de la calidad de la educación, debe considerar necesariamente a los hogares, como un factor importante para alcanzar los logros previstos.
Por esta razón, al pensar en una estrategia que asegure relevancia de la educación, debemos plantearnos trabajar en diversas acciones, como son: la capacitación de padres, madres y docentes sobre esquemas y mecanismos de participación y trabajo conjunto; emplear diversas formas de participación según los objetivos esperados y fortalecer los incentivos para la motivación y dedicación; elevar el nivel cultural de los padres analfabetas o con bajo nivel educativo, ampliar los espacios de participación de todas las familias y no sólo de un pequeño grupo, crear oportunidades de trabajo conjunto entre personal docente y familia, entre otras.
Debemos evitar que las relaciones entre la familia y la escuela continúen deteriorándose. Es urgente trabajar con empeño e imaginación en la definición de un nuevo pacto escolar, que fortalezca la confianza, la cooperación, el respeto y la comprensión entre los miembros de la comunidad educativa.. Recordemos que todos somos responsables de impulsar una educación que dignifique y desarrolle plenamente las potencialidades y valores en la niñez y juventud de nuestro país.

101 años de Panamá América

 
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