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Esperanza para la capa de ozono


El agujero de la capa de ozono sobre la Antártida, el más grande del planeta, ha alcanzado una extensión de unos 10 millones de kilómetros cuadrados, cifra tan sólo superada en los años 1996 y 2000. El agujero tiene el tamaño de Europa, aunque, según las previsiones, seguirá creciendo durante septiembre hasta alcanzar una superficie aproximada de 25 millones de kilómetros cuadrados. Es decir, el tamaño de Norteamérica.
Irrespirable pero necesario, el ozono forma una fina capa "de un espesor medio de unos cuatro milímetros- que, a una altura de entre 15 y 50 millones de kilómetros, nos protege de los nocivos rayos ultravioletas. Un privilegio terrestre maltratado por diversas sustancias dañinas.
El gran enemigo de la capa de ozono es el hombre. En concreto, uno de sus materiales "favoritos" durante años, los clorofluorocarbonos (CFC), compuestos químicos fáciles de almacenar, baratos de producir y muy útiles. El cloro de estos compuestos es el culpable de gran parte de la destrucción de la capa de ozono.
En 1987, en un intento por frenar los agujeros detectados en la capa de ozono, se firmó el Protocolo de Montreal, según el cual se reducía la producción y el uso de cierto número de CFC.
Dicho compromiso, junto a una concienciación social rigurosa, han facilitado que, poco a poco, la capa de ozono se vaya recuperando.
Los compuestos de cloro se han reducido en la troposfera y en capas más bajas, y, según los expertos, a este ritmo el agujero de la Antártida se seguirá formando hasta el año 2050, pero reduciéndose cada vez más a partir de 2015. Datos favorables que no deben dejarnos caer en el triunfalismo ni permitirnos bajar la guardia, pues en asuntos como éste, de los que depende la vida en la Tierra, toda precaución es poca.
Un buen ejemplo a seguir para impulsar, por ejemplo, el imperioso cumplimiento del Protocolo de Kioto.
(ccs@solidarios.org.es)

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