Espíritu de aguilucho
Recientemente tuve el honor de dirigir un saludo al estudiantado del Instituto Nacional, al iniciar sus deberes para el año escolar, en mi alma mater, en la que miles de estudiantes panameños, de todos los estratos sociales, se nutrirán en busca de la excelencia académica que les permitirá, en un futuro no muy lejano, asumir sus responsabilidades como ciudadanos, como profesionales en beneficio de la nación panameña. En este evento, en la que participó la ministra de Educación, Doris Rosas de Mata, y el profesor Jaime Ruiz, director del plantel, señalé a los estudiantes la responsabilidad que cada uno de ellos tiene y, sobre todo, otros compromisos paralelos al estudio que los harán mejores ciudadanos; y que en la suma final, serán los valores agregados los que completarán su formación como seres humanos.
El Ministerio de Educación pide como requisito de graduación 80 horas de servicio social, pero yo les dije que hay que dar más. No sólo se trata de visitar hogares de ancianos y llevarles revistas; no es sólo ir a los orfanatos o guarderías a jugar con los niños; no es sólo dar donde nos sobra, es dar hasta donde nos duela. Y a propósito, les conté que en octubre del presente año, el Santo Padre Juan Pablo II beatificará, en el Vaticano, a la Madre Teresa de Calcuta, y que de ella se conoce una anécdota que cuenta que una mujer muy adinerada visitó los hogares para niños que dirigía la santa de Calcuta, y que ésta quedó sumamente impresionada por la condición en que llegaban los niños, dándose cuenta de que allí se necesitaba mucho dinero. Conmovida abrió su cartera, sacó la chequera y con la pluma en la mano le dice a la Madre Teresa: " ¿Por cuánto le rayo el cheque Madre?" Y ella, menudita y sabia, le contesta: "¡Ráyelo por lo que le duela!" Y eso no es dar de lo que nos sobra, dar hasta que duela. Ese es el espíritu de compartir y hacer una patria grande.
Les dije a los jóvenes institutores "que hay que dar hasta donde nos duela y no necesariamente les hablo de dinero, porque no todo es dinero.
Los jesuitas del Colegio Javier lo han entendido así y sus alumnos, para graduarse, tienen que internarse un mes en el monte, en la montaña y vivir con las misma privaciones del cholo, del campesino o del indígena emberá. En esas comunidades hacen su aporte construyendo aulas, salones comunitarios, instalando sistemas de riego, letrinas; haciéndolo hombro a hombro, sudor con sudor. Eso es un verdadero servicio social que han copiado exitosamente otros colegios capitalinos.
Mi nieto se pasó este verano en los Guarumos de Cañazas haciéndose así, ala fuerza, un mejor ciudadano. Si nos piden 80 horas, no dar el mínimo, que es como pasar con un tres pelado, es dar más y aquí, en el Instituto Nacional, estoy seguro también se puede".
En otro orden, les señalé a los institutores sobre el manejo del tiempo. Habría que mantener las puertas del Instituto Nacional abiertas al cambio, para que las instalaciones pudieran ser aprovechadas después de clases, con horas de estudio dirigidos, por ejemplo, que aliviaría la carga de los padres de familia, pues tendrían tranquilidad al saber que las tareas han sido terminadas en la misma escuela. También podrían aprovecharse las facilidades del plantel en las tardes para clases de ajedrez, ligas deportivas, club de empresarios, círculos de lectura, clases de apreciación musical; en fin, la renovación de actos y veladas culturales, que los antiguos alumnos del Instituto Nacional tanto disfrutamos.
"Me siento orgulloso de ser un egresado del Instituto Nacional y quisiera ver restablecida, entre ustedes, la mística de este sentimiento. Entre las cosas perdidas también se encuentra ese sentimiento noble, de honor, de orgullo que significa ser parte de esta escuela formada por estudiantes y por un cuerpo docente, al que ustedes deberían aspirar y presionar para que fuera lo mejor".
A los estudiantes de primer año y el resto de los estudiantes, les toca replantarse lo que significa poder estudiar en el "Nido de águilas". Ya no serán egresados de una de tantas escuelas del país. Deberán tomar conciencia de lo que significa ser egresado de una institución elite, y que una vez graduados aquí, como águilas, podrían surcar los cielos más altos y llegar como hombre y mujeres a la cúspide, pero sólo lo podrán hacer retomando la mística de ser institutor. Para eso hay que rescatar nuestros valores cívicos y morales, los cuales se han ido perdiendo en la maraña del consumidor.
La CLICAC celebró, en días pasados, la semana del consumidor; y en eso es que nos hemos convertido todos. El exceso nos empuja, inexorablemente, al precipicio en pos de ese mismo consumismo a la carrera, olvidando lo más importante.
Muchas veces, por el trajín del día a día, sonará la campana que inicia las clases, y nuestro Himno Nacional pasará a un segundo o tercer plano. Habrá lunes en que nuestro Himno saltará garrocha olímpicamente y ni siquiera se escucharán las notas "Alcanzamos por fin la victoria..."; sin embargo, "yo les aseguro que, como la gota que gasta la roca, poco a poco, escuchándolo, cantándolo y finalmente entendiéndolo, nos creará conciencia de lo que es Patria. Así que adelante la pica y la pala, y a sacar buenas notas".
El Ministerio de Educación pide como requisito de graduación 80 horas de servicio social, pero yo les dije que hay que dar más. No sólo se trata de visitar hogares de ancianos y llevarles revistas; no es sólo ir a los orfanatos o guarderías a jugar con los niños; no es sólo dar donde nos sobra, es dar hasta donde nos duela. Y a propósito, les conté que en octubre del presente año, el Santo Padre Juan Pablo II beatificará, en el Vaticano, a la Madre Teresa de Calcuta, y que de ella se conoce una anécdota que cuenta que una mujer muy adinerada visitó los hogares para niños que dirigía la santa de Calcuta, y que ésta quedó sumamente impresionada por la condición en que llegaban los niños, dándose cuenta de que allí se necesitaba mucho dinero. Conmovida abrió su cartera, sacó la chequera y con la pluma en la mano le dice a la Madre Teresa: " ¿Por cuánto le rayo el cheque Madre?" Y ella, menudita y sabia, le contesta: "¡Ráyelo por lo que le duela!" Y eso no es dar de lo que nos sobra, dar hasta que duela. Ese es el espíritu de compartir y hacer una patria grande.
Les dije a los jóvenes institutores "que hay que dar hasta donde nos duela y no necesariamente les hablo de dinero, porque no todo es dinero.
Los jesuitas del Colegio Javier lo han entendido así y sus alumnos, para graduarse, tienen que internarse un mes en el monte, en la montaña y vivir con las misma privaciones del cholo, del campesino o del indígena emberá. En esas comunidades hacen su aporte construyendo aulas, salones comunitarios, instalando sistemas de riego, letrinas; haciéndolo hombro a hombro, sudor con sudor. Eso es un verdadero servicio social que han copiado exitosamente otros colegios capitalinos.
Mi nieto se pasó este verano en los Guarumos de Cañazas haciéndose así, ala fuerza, un mejor ciudadano. Si nos piden 80 horas, no dar el mínimo, que es como pasar con un tres pelado, es dar más y aquí, en el Instituto Nacional, estoy seguro también se puede".
En otro orden, les señalé a los institutores sobre el manejo del tiempo. Habría que mantener las puertas del Instituto Nacional abiertas al cambio, para que las instalaciones pudieran ser aprovechadas después de clases, con horas de estudio dirigidos, por ejemplo, que aliviaría la carga de los padres de familia, pues tendrían tranquilidad al saber que las tareas han sido terminadas en la misma escuela. También podrían aprovecharse las facilidades del plantel en las tardes para clases de ajedrez, ligas deportivas, club de empresarios, círculos de lectura, clases de apreciación musical; en fin, la renovación de actos y veladas culturales, que los antiguos alumnos del Instituto Nacional tanto disfrutamos.
"Me siento orgulloso de ser un egresado del Instituto Nacional y quisiera ver restablecida, entre ustedes, la mística de este sentimiento. Entre las cosas perdidas también se encuentra ese sentimiento noble, de honor, de orgullo que significa ser parte de esta escuela formada por estudiantes y por un cuerpo docente, al que ustedes deberían aspirar y presionar para que fuera lo mejor".
A los estudiantes de primer año y el resto de los estudiantes, les toca replantarse lo que significa poder estudiar en el "Nido de águilas". Ya no serán egresados de una de tantas escuelas del país. Deberán tomar conciencia de lo que significa ser egresado de una institución elite, y que una vez graduados aquí, como águilas, podrían surcar los cielos más altos y llegar como hombre y mujeres a la cúspide, pero sólo lo podrán hacer retomando la mística de ser institutor. Para eso hay que rescatar nuestros valores cívicos y morales, los cuales se han ido perdiendo en la maraña del consumidor.
La CLICAC celebró, en días pasados, la semana del consumidor; y en eso es que nos hemos convertido todos. El exceso nos empuja, inexorablemente, al precipicio en pos de ese mismo consumismo a la carrera, olvidando lo más importante.
Muchas veces, por el trajín del día a día, sonará la campana que inicia las clases, y nuestro Himno Nacional pasará a un segundo o tercer plano. Habrá lunes en que nuestro Himno saltará garrocha olímpicamente y ni siquiera se escucharán las notas "Alcanzamos por fin la victoria..."; sin embargo, "yo les aseguro que, como la gota que gasta la roca, poco a poco, escuchándolo, cantándolo y finalmente entendiéndolo, nos creará conciencia de lo que es Patria. Así que adelante la pica y la pala, y a sacar buenas notas".