Está en juego la fe del pueblo en el derecho
"VISTA LA urgencia, ¿cual es la esperanza de una reforma completa, general y concienzuda de nuestro cuerpo de derecho?". Proclamaba hace siglo y medio Justo Arosemena en su obra El Estado Federal. Denunciaba, refiriéndose al tema penitenciario: "El sistema penal es mas propio para empeorar que para corregir a un delincuente. Nuestros presidios son focos de infección física y moral, escuelas de perversidad, en donde el hombre todavía sano se corrompe, y el malvado se perfecciona en el crimen perdiendo el último resto de pudor...". Agreguemos estas preguntas: ¿Pueden las jueces ser independientes del poder que los nombra? ¿Cómo superar la corrupción? ¿Cuál es papel de los jueces en la sociedad actual?
Ante las nuevas denuncias que profundizan la crisis que sacude a la justicia panameña, el presidente Torrijos convocó la formación de un Pacto de Estado por la Justicia que fue cuestionado por diversos sectores ciudadanos, tanto por la composición de sus integrantes como por el tiempo de medio año destinado a levantar una agenda que conduzca a la transformación del Órgano Judicial. Compartimos estas críticas, pues opino que todos los magistrados deben poner su puesto a disposición, lo que permita aceptar las renuncias de los involucrados en la corrupción, y dejar en sus cargos a los libres de culpa.
La escogencia de los reemplazos debería darse en base a una consulta REAL con la ciudadanía, y abocarse a necesarios cambios legales y constitucionales que incidan en otra y mejor manera de seleccionar a los/las que deben situarse en esas delicadas posiciones. Los criterios no deben ser sólo formales sino sustantivos. Sigamos el hilo de pensamiento que nos brinda la periodista Alejandra Matus en su controvertida obra El Libro Negro de la Justicia Chilena.
"La función del juez es hoy en día inevitablemente volutiva. Su poder radica precisamente en la facultad de interpretar la Constitución y las leyes, con el fin de "hacer" justicia. Es ese poder el que, férreamente asido por los magistrados en países como España, Italia, Inglaterra, Estados Unidos -y varios latinoamericanos que han dejado atrás la herencia colonial-, ha permitido a muchos pueblos enfrentar, sin disgregarse, el cáncer de la corrupción, aunque éste haya amenazado con hacer caer, a un mismo tiempo, a los poderes Legislativo y Ejecutivo. En un sistema democrático (aquel en que las decisiones públicas son tomadas por el pueblo, en que la determinación de lo que resulta deseable para el pueblo sólo puede ser lícitamente tomado por este mismo y en que los gobernantes son libremente elegidos por los ciudadanos en forma periódica) el juez es aquel que conoce y resuelve los conflictos sociales".
El fallecido ministro José Cánovas decía en sus memorias que "al administrar justicia, los jueces son los llamados a velar por la vigencia del derecho, poniendo el límite exacto al ejercicio del poder por parte de las autoridades. Vale decir, imponerles el llamado "principio de Legalidad", que no puede ser otro que el determinado por la voluntad soberana".
Hay magistrados que entienden que para cumplir su función deben aislarse del mundo. Desprecian la opinión de los legos que los rodean y se sienten seguros en su escrupuloso conocimiento de la formalidad judicial. Se consideran puros e independientes. Sin embargo, según el ministro de la Corte de Apelaciones de Santiago, Carlos Cerda, en su obra Iuris Dictio, no hay nada peor que el juez que cree estar por encima de los ciudadanos. "No se mezcla, ni se ensucia: "allá ellos... el lumpen...". Para hacer justicia no se necesita recluir al magistrado en una torre de marfil. Precisamente -afirma- entre los males que aquejan al juez: "El juez es un calibrador del sentido jurídico de su época (...) La justicia chilena debe ofrendarse sin restricciones a la crítica de la opinión pública. Y sus jueces, disponerse a la refrendación de su desempeño por parte de la comunidad".
Ya en 1966, el magistrado Rubén Galecio escribía sobre el "juez en la crisis", diciendo que el magistrado debe estar compenetrado del devenir social de su época, pero alerta para mantener su independencia. Ni en la torre de marfil, incontaminado, ni arribista en la competencia por el prestigio social. Una cierta apostura, cultura y cierto carácter se hacen necesarios en el magistrado moderno, pues debe enfrentar el juicio de la sociedad y el propio.
"Si el concepto de juez es una idea-símbolo, también es una idea-fuerza, es un motor de la paz social en la lucha contra la arbitrariedad, la delincuencia y el abuso. Si la sociedad actual aprovecha esta fuerza, encausándola con inteligencia y buen sentido, ella puede contribuir caudalosamente a lo que es más imprescindible para una Democracia: la fe del pueblo en el Derecho". Este es el momento de iniciar la recuperación de la fe perdida.
Ante las nuevas denuncias que profundizan la crisis que sacude a la justicia panameña, el presidente Torrijos convocó la formación de un Pacto de Estado por la Justicia que fue cuestionado por diversos sectores ciudadanos, tanto por la composición de sus integrantes como por el tiempo de medio año destinado a levantar una agenda que conduzca a la transformación del Órgano Judicial. Compartimos estas críticas, pues opino que todos los magistrados deben poner su puesto a disposición, lo que permita aceptar las renuncias de los involucrados en la corrupción, y dejar en sus cargos a los libres de culpa.
La escogencia de los reemplazos debería darse en base a una consulta REAL con la ciudadanía, y abocarse a necesarios cambios legales y constitucionales que incidan en otra y mejor manera de seleccionar a los/las que deben situarse en esas delicadas posiciones. Los criterios no deben ser sólo formales sino sustantivos. Sigamos el hilo de pensamiento que nos brinda la periodista Alejandra Matus en su controvertida obra El Libro Negro de la Justicia Chilena.
"La función del juez es hoy en día inevitablemente volutiva. Su poder radica precisamente en la facultad de interpretar la Constitución y las leyes, con el fin de "hacer" justicia. Es ese poder el que, férreamente asido por los magistrados en países como España, Italia, Inglaterra, Estados Unidos -y varios latinoamericanos que han dejado atrás la herencia colonial-, ha permitido a muchos pueblos enfrentar, sin disgregarse, el cáncer de la corrupción, aunque éste haya amenazado con hacer caer, a un mismo tiempo, a los poderes Legislativo y Ejecutivo. En un sistema democrático (aquel en que las decisiones públicas son tomadas por el pueblo, en que la determinación de lo que resulta deseable para el pueblo sólo puede ser lícitamente tomado por este mismo y en que los gobernantes son libremente elegidos por los ciudadanos en forma periódica) el juez es aquel que conoce y resuelve los conflictos sociales".
El fallecido ministro José Cánovas decía en sus memorias que "al administrar justicia, los jueces son los llamados a velar por la vigencia del derecho, poniendo el límite exacto al ejercicio del poder por parte de las autoridades. Vale decir, imponerles el llamado "principio de Legalidad", que no puede ser otro que el determinado por la voluntad soberana".
Hay magistrados que entienden que para cumplir su función deben aislarse del mundo. Desprecian la opinión de los legos que los rodean y se sienten seguros en su escrupuloso conocimiento de la formalidad judicial. Se consideran puros e independientes. Sin embargo, según el ministro de la Corte de Apelaciones de Santiago, Carlos Cerda, en su obra Iuris Dictio, no hay nada peor que el juez que cree estar por encima de los ciudadanos. "No se mezcla, ni se ensucia: "allá ellos... el lumpen...". Para hacer justicia no se necesita recluir al magistrado en una torre de marfil. Precisamente -afirma- entre los males que aquejan al juez: "El juez es un calibrador del sentido jurídico de su época (...) La justicia chilena debe ofrendarse sin restricciones a la crítica de la opinión pública. Y sus jueces, disponerse a la refrendación de su desempeño por parte de la comunidad".
Ya en 1966, el magistrado Rubén Galecio escribía sobre el "juez en la crisis", diciendo que el magistrado debe estar compenetrado del devenir social de su época, pero alerta para mantener su independencia. Ni en la torre de marfil, incontaminado, ni arribista en la competencia por el prestigio social. Una cierta apostura, cultura y cierto carácter se hacen necesarios en el magistrado moderno, pues debe enfrentar el juicio de la sociedad y el propio.
"Si el concepto de juez es una idea-símbolo, también es una idea-fuerza, es un motor de la paz social en la lucha contra la arbitrariedad, la delincuencia y el abuso. Si la sociedad actual aprovecha esta fuerza, encausándola con inteligencia y buen sentido, ella puede contribuir caudalosamente a lo que es más imprescindible para una Democracia: la fe del pueblo en el Derecho". Este es el momento de iniciar la recuperación de la fe perdida.