default

¿Está Jesús old fashion?


Los presidentes (y presidentas) con su gabinete van a los Te Deums. Y en medio de los flashs de los fotógrafos de prensa, ponen caras de devoción. Igual que ellos, todos nosotros. En las fechas religiosas más taquilleras, cuando el fervor popular, atizado por el dolor, se desborda en las procesiones, allí están nuestros políticos. En Atalaya , en Portobelo, en Alanje o detrás de los devotos de Don Bosco. Nos reímos, eso creemos, de Jesús. Porque, en verdad, no vamos a adorarle, ni a entregarnos a l. Ni a buscar imitarlo en sus ejemplos y enseñanzas. Más bien vamos a utilizarle, o eso pensamos. Ponemos en nuestro "cristianismo" tanta lealtad como la que le ofrecemos al P.R.D., al Arnulfismo, o a cualquiera de esos clubes sociales de interés en que se han convertido los partidos políticos.
¿Cuándo buscamos intensamente a Jesús? Sólo en el dolor, en la tragedia personal. Cuando las máscaras de la vanidad y el status caen por el suelo, ante el diagnóstico de una enfermedad grave, cuando un ser querido sufre un accidente fatal; en fin, cuando esa seguridad en nuestro poder o "riqueza" se desploman.
Entonces las lágrimas acuden a los rostros más altaneros, a los caracteres más soberbios, a "los que son más que los demás", porque sus autos se llaman Mercedes o Lexus; entonces, las rodillas temblorosas buscan el suelo, para exclamar sollozantes "JES¿S MIO, DIOS MIO".
Siempre ha sido así . Ese "Mi Reino no es de este mundo" sigue pareciéndonos Old Fashion, como ayer lo consideró el Judas delator. La Semana Santa nos acerca más al guaro y la playa, a la tertulia de los bochinches políticos, que a ese Jesús " Old Fashion", que no nos sirve para esta vida..
Pensamos hoy, aproximándonos a la Semana Mayor, que estas naturalezas de nosotros los hombres frente al regalo fenomenal de un Jesús que pudo haber venido con más espadas, poder y tronos que David y Salomón, nos resulta aparentemente anticuado frente a las exigencias del consumismo, de esa necesidad imperiosa de compararnos en el plano social y económico, en un mundo que mide el éxito personal con la misma medida que lo hacen los bancos comerciales, por los dígitos depositados. Vivir como pedía Jesús, se nos ocurre algo iluso, beato, una historia para buenos curas o pastores, sin ambiciones materiales. ¿Cómo podía funcionar, por ejemplo, Jesús, frente a la vida real, común, mientras fue un hombre en la tierra? Digamos, cuando se encontraba con una mujer linda, codiciada por su belleza física. ¿Cómo responderían emocionalmente sus sentidos de hombre? Veamos como describe el poeta libanés Jalil Gibrán en su historia apócrifa, "Jesús, el Hijo del Hombre", el encuentro del Cristo-Hombre con María Magdalena: "Fue en el mes de agosto cuando lo vi por primera vez. Caminaba por un trigal cuando yo pasaba con mis damas de compañía, y estaba solo. El ritmo de sus pasos era diferente al de los demás hombres, y el movimiento de su cuerpo no se parecía a nada de cuanto había conocido. Los hombres no caminan en la tierra de esa manera. Y aún no he podido saber si caminaba aprisa o despacio. Yo me detuve por un momento. Y levanté la cabeza para saludarlo. Pero l no me volvió la cara, ni me miro. Entonces sentí odio hacia l. Y me sentí impelida para adentro de mi misma, y sentí tanto frío como si hubiera caído en una masa de hielo. Y temblaba. Esa noche lo vi en mi sueño; y me dijeron que había gritado mientras dormía. Fue en el mes de agosto cuando lo vi por segunda vez, a través de mi ventana. Estaba sentado a la sombra de un ciprés dentro de mi jardín, y estaba tan inmóvil como si hubiese sido tallado en la piedra, como las estatuas de Antioquía y de otras ciudades. Y mi esclava, la egipcia, vino y me dijo: Este hombre está aún aquí. Está sentado en tu jardín. Y me fijé en l, y mi alma se estremeció dentro de mí, porque era bello. Su cuerpo era único y cada parte parecía amar a la otra parte. Entonces me vestí con vestidos de Damasco, y abandoné mi casa y me fui hacia l. Llegué donde l con mis fragantes vestiduras y mis doradas sandalias, las sandalias que me dio el capitán romano.
Cuando llegué a l, le dije: Buenos días. Y l dijo: Buenos días, María. Y me miró, y sus ojos-noche me vieron como ningún otro hombre me había visto antes. Y súbitamente me sentí como si estuviera desnuda, y sentí verguenza. Sin embargo, solamente había dicho Buenos días. Y entonces le dije, ¿No quieres venir a mi casa?. Y l dijo, ¿No estoy ya en tu casa?. No entendí lo que quiso decir, pero ahora ya lo sé. Y le dije, ¿no quieres comer el pan y beber el vino conmigo?. Y l dijo, Sí María, pero no ahora. No ahora, no ahora, dijo. Y la voz del mar estaba en sus palabras, y la voz del viento y de los árboles. Y cuando me las dijo, la vida habló a muerte. Porque, has de saber amigo, que yo estaba muerta. Era una mujer que estaba divorciada de su alma. Pertenecía a todos los hombres, y a ninguno. Me decían prostituta y mujer poseída por los siete demonios. Era maldecida y era codiciada. Pero cuando sus ojos-aurora miraron a mis ojos, todas las estrellas de la noche se desvanecieron, y me convertí en María, solamente María, una mujer perdida para la tierra que había conocido, y que ahora se encontraba en un nuevo mundo. Y entonces de nuevo volví a decirle: Ven a mi casa y comparte conmigo el pan y el vino. Y l dijo, ¿Por qué me pides que sea tu huésped?. Y yo le dije: Te ruego venir a casa. Entonces me miró, y todo el mediodía de sus miradas se proyectó sobre mí, y dijo: Tu tienes muchos amantes, y sin embargo, sólo yo te amo. Los otros hombres aman a sí mismos cuando buascan tu compañía.
Yo te amo por ti misma. Los otros hombres ven en ti una belleza que pasa tan rápidamente como sus años. Pero yo veo en ti una belleza que nunca pasará, una belleza que jamás temerá verse en el espejo, ni se sentirá ofendida. Yo sólo amo lo invisible que hay en ti; y entonces se marchó. En ese día, sus ojos-crepúsculo mataron el dragón que había en mi, y me volví una mujer, me volví María, María"

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América