Estados Unidos, ¿una víctima?
Aunque los móviles invocados por Osama bin Laden son una mezcolanza de elementos religiosos y de odio irracional al país con el que su familia multimillonaria tiene negocios fabulosos, los ataques terroristas no le imputan a Estados Unidos una responsabilidad protagónica en el Medio Oriente, sino una influencia indirecta. Estados Unidos no tiene tropas en el Medio Oriente ni ha atacado a Palestina, como lo está haciendo en Afganistán. Se le imputa favorecer al estado de Israel en detrimento de los palestinos. Desde el punto de vista geopolítico y militar, el supuesto favoritismo es objetable. En realidad, fueron los ingleses quienes respaldaron desde el siglo XIX la aspiración del movimiento sionista de tener un "homeland" en Palestina y concretaron esa vieja aspiración con la Declaración Balfour, que lleva el nombre del canciller británico que la rubricó. Objetivamente, Gran Bretaña brindó más apoyo a la creación del estado de Israel que Estados Unidos.
Más aún, Estados Unidos hizo todo lo posible para que Menahem Beguin y Anwar el Sadat, primero, y, después, Arafat y Rabin se estrecharan las manos en la Casa Blanca, como símbolo de sus esfuerzos por la pacificación del Medio Oriente. A pesar de ello, la percepción en el mundo árabe es que, por influencia del lobby hebreo, Estados Unidos apoya a Israel y perjudica a Palestina. Quizás la estrategia israelita consiste en fomentar esa percepción mucho más allá de los hechos reales. En el colmo de los colmos, Ariel Sharon critica a la Casa Blanca por su búsqueda del equilibrio en el Medio Oriente en medio de una de las peores crisis de su historia.
De resultas de todo esto, Estados Unidos ha pagado los platos rotos por su colaboración en el Medio Oriente, donde, en rigor, no tiene intereses geopolíticos específicos sino afinidad sentimental con una etnia que pasó duras pruebas a lo largo de su historia, pero que en la época presente niega a los palestinos el mismo derecho a un "homeland" que invocaron los sionistas.
El peso de sus compromisos en el mundo unipolar, en el que como única y solitaria gran potencia se ve obligado a actuar como policía internacional, oprime y condiciona a Estados Unidos a verse en el trance de pagar culpas ajenas. Ni por sus expansiones territoriales más audaces y arbitrarias por el mundo, Estados Unidos recibió un agravio de la envergadura malévola del que se le infligió el 11 de setiembre. El gobierno israelita tiene la obligación moral de despojarse de intransigencias y sellar la paz en el Medio Oriente. De otra forma la Casa Blanca deberá asumir una posición que no aliente la impresión de apoyo a privilegios de cualquier índole, exigiendo a Israel el estricto cumplimiento de las resoluciones de la ONU sobre el Medio Oriente. La historia registra a veces reacciones desalentadoras.
Más aún, Estados Unidos hizo todo lo posible para que Menahem Beguin y Anwar el Sadat, primero, y, después, Arafat y Rabin se estrecharan las manos en la Casa Blanca, como símbolo de sus esfuerzos por la pacificación del Medio Oriente. A pesar de ello, la percepción en el mundo árabe es que, por influencia del lobby hebreo, Estados Unidos apoya a Israel y perjudica a Palestina. Quizás la estrategia israelita consiste en fomentar esa percepción mucho más allá de los hechos reales. En el colmo de los colmos, Ariel Sharon critica a la Casa Blanca por su búsqueda del equilibrio en el Medio Oriente en medio de una de las peores crisis de su historia.
De resultas de todo esto, Estados Unidos ha pagado los platos rotos por su colaboración en el Medio Oriente, donde, en rigor, no tiene intereses geopolíticos específicos sino afinidad sentimental con una etnia que pasó duras pruebas a lo largo de su historia, pero que en la época presente niega a los palestinos el mismo derecho a un "homeland" que invocaron los sionistas.
El peso de sus compromisos en el mundo unipolar, en el que como única y solitaria gran potencia se ve obligado a actuar como policía internacional, oprime y condiciona a Estados Unidos a verse en el trance de pagar culpas ajenas. Ni por sus expansiones territoriales más audaces y arbitrarias por el mundo, Estados Unidos recibió un agravio de la envergadura malévola del que se le infligió el 11 de setiembre. El gobierno israelita tiene la obligación moral de despojarse de intransigencias y sellar la paz en el Medio Oriente. De otra forma la Casa Blanca deberá asumir una posición que no aliente la impresión de apoyo a privilegios de cualquier índole, exigiendo a Israel el estricto cumplimiento de las resoluciones de la ONU sobre el Medio Oriente. La historia registra a veces reacciones desalentadoras.