default

Este cotidiano viaje


A las siete de la mañana del pasado martes estaba en la caseta esperando un autobús. Al subir, vi que un asiento estaba desocupado, al acercarme noté el porqué estaba así: la parte de sentarse estaba en el suelo. La recogí y la coloqué sobre los hierros, intentando armar el asiento. Lo conseguí. Minutos más tarde, un pasajero de los últimos puestos le gritaba al conductor que había una "loca" que estaba escupiendo a los pasajeros. El hombre reclamaba la escasa revisión del conductor a los pasajeros, para así determinar si estaban en buenas condiciones mentales o con fallas visibles.

Cuando el autobús se detuvo en El Chorrillo, que es la primera parada de las rutas del Oeste, las pasajeros miraban hacia todos lados, buscando algún signo de demencia entre quienes buscaban la salida. Para su sorpresa, una joven de menos de treinta años, de cabello rubio despeinado y con pantalón corto era la persona que buscaban. Cuando la vieron alejarse, se escuchó: "Está nueva, tiene que ser la droga", como si los problemas de memoria escogiesen una edad determindada.

En el autobús urbano, y con el incidente de la joven rubia en el pasado, se sube un joven alto con un chaleco azul. Tenía en una mano una lata forrada. Al poco tiempo, inició una charla tan común que ya uno la lleva de memoria. Habló del agradecimiento a Dios y también profetizó que el día de mañana no era prometido para nadie. Al final, recomendó que se viviera cada minuto como si fuera el último y tendió la mano para recoger las monedas que le ofrecían.

En la caseta de la zona conocida como El Dorado, el basurero había sido bandalizado. Los desechos cubrían una esquina, y las personas se orillaban para no estar cerca de los desperdicios. Lo que causaba malestar no eran precisamente los desechos, sino tres ratas muertas que alguien alineó con delicadeza. Al ver este trío, pensé en la novela "La peste", de Albert Camus, y me dio alegría vivir en otra época, menos peligrosa.

En la entrada de Cerro Patacón, el autobús se detuvo para hacer el alto del semáforo. Este alto en días parece enterno, mientras los vendedores de frutas caminan de un lado a otro, de una ventanilla a otra ofreciendo los productos. Salido de la nada, aparece un "joven de la calle", con signos de problemas; se acerca a la ventana de una mujer y le entrega tres besos, éstos que el vidrio de la ventana recibía al tiempo que la mujer se mudaba de asiento. Esto ocurría ante una mirada fría, alta, de un candidato a la presidencia que estaba colgado a unos tres metros en un poste de luz.

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América