Ética y elecciones
Ubicado en su fase primaria, el proceso electoral panameño carece hasta ahora de los violentos y lamentables giros de los dimes y diretes, que generalmente lo han caracterizado.
Quizás sea temprano para reconocerlo, pero es un hecho importante que puede estar expresando madurez en la actuación de los candidatos o poca evolución en el mismo proceso.
Es obvio que al calor de los planteamientos o en el afán de escrutar con lupa a quienes aspiran a dirigir el país, la especulación y el análisis agudo cobren algún espacio, pero de ahí a crear ambientes ásperos, intencionalmente malsanos o de descalificación hacia algún candidato, flaco favor que se le puede hacer a la democracia panameña o al resto de quienes participan en este torneo.
Podría ser comprensible que en el afán de defender tal o cual posición haya quienes aupen situaciones que favorezcan a unos y desfavorezcan a otros.
Lo que las experiencias electorales demuestran, sin embargo, es que cada vez que las campañas vacuas, sin sustento, malintencionadas o fabricadas con propósitos evidentemente negativos, se enfilan contra alguna personalidad, al final esa personalidad cosecha los beneficios del electorado. Pese a ello, poco o nada edificante aporta a la madurez política de la ciudadanía la suspicacia o a la alteración de hechos. Hacerlo podría llevarnos a concluir, como los inmorales, en que el fin justifica los medios.