Etiquetado de alimentos
A finales de noviembre próximo en Seattle, Estados Unidos, tendrá lugar la próxima reunión plenaria de la Organización Mundial de Comercio (OMC), en cuya apretada agenda figura el delicado tema de la exigencia de Japón y la Unión Europea del etiquetado de los alimentos genéticamente modificados (AGM).
La cercanía del evento ha motivado que diversas organizaciones profesionales, científicas y agrícolas de Norteamérica hayan unido fuerzas para exigir al Congreso de su país que resista las presiones para dicho etiquetado. Aducen que en su propio país y en el extranjero, se acrecienta la desconfianza de los clientes y consumidores de esos alimentos, lo que a su juicio carece de fundamento científico.
De imponerse la política de etiquetado obligatorio, -argumentan-, se crearía un doble mercado, el de los AGM y los naturales, lo que presionaría por el descenso de los precios de los primeros, cuando por los costos de investigación y desarrollo, debe ser todo lo contrario.
Japón ha exigido que a partir del 2001 todos los AGM importados desde Estados Unidos vengan etiquetados, lo que afectaría, entre otros rubros, a 700 mil toneladas de soya, sin contar otras tantas de maíz, trigo y arroz.
En el plano interno, una de las principales harineras norteamericanas, la Archer, Daniels Midland, ha girado instrucciones a sus proveedores, cooperativas cerealeras y mayoristas, para que separen los granos genéticamente modificados de los naturales, a fin de satisfacer la creciente exigencia de sus clientes de Japón y del propio Estados Unidos.
Por nuestra parte, reconocemos el aporte y esfuerzo de la investigación científica en el mejoramiento de semillas y especies animales de mayor rendimiento y más resistencia a las plagas, además de los ajustes en su peso, tamaño y otras características. Pero de otro lado, reconocemos también como contrapartida el derecho de los consumidores de Panamá y el resto del mundo a saber lo que come y a no ser engañado o desinformado por la omisión de etiquetados que muestren las características, origen y procedencia del producto.
De allí que en varias ocasiones hayamos exhortado a nuestras autoridades de Comercio, Agricultura y la CLICAC, para que exijan el correspondiente etiquetado a todos los alimentos ofrecidos al público, que incluya información de su procedencia, naturaleza transgénica, mezcla, tratamiento con hormonas, fecha de embarque y cualquier otro dato de interés para el consumidor que, al fin y el cabo, es quien paga el precio y los efectos.
La cercanía del evento ha motivado que diversas organizaciones profesionales, científicas y agrícolas de Norteamérica hayan unido fuerzas para exigir al Congreso de su país que resista las presiones para dicho etiquetado. Aducen que en su propio país y en el extranjero, se acrecienta la desconfianza de los clientes y consumidores de esos alimentos, lo que a su juicio carece de fundamento científico.
De imponerse la política de etiquetado obligatorio, -argumentan-, se crearía un doble mercado, el de los AGM y los naturales, lo que presionaría por el descenso de los precios de los primeros, cuando por los costos de investigación y desarrollo, debe ser todo lo contrario.
Japón ha exigido que a partir del 2001 todos los AGM importados desde Estados Unidos vengan etiquetados, lo que afectaría, entre otros rubros, a 700 mil toneladas de soya, sin contar otras tantas de maíz, trigo y arroz.
En el plano interno, una de las principales harineras norteamericanas, la Archer, Daniels Midland, ha girado instrucciones a sus proveedores, cooperativas cerealeras y mayoristas, para que separen los granos genéticamente modificados de los naturales, a fin de satisfacer la creciente exigencia de sus clientes de Japón y del propio Estados Unidos.
Por nuestra parte, reconocemos el aporte y esfuerzo de la investigación científica en el mejoramiento de semillas y especies animales de mayor rendimiento y más resistencia a las plagas, además de los ajustes en su peso, tamaño y otras características. Pero de otro lado, reconocemos también como contrapartida el derecho de los consumidores de Panamá y el resto del mundo a saber lo que come y a no ser engañado o desinformado por la omisión de etiquetados que muestren las características, origen y procedencia del producto.
De allí que en varias ocasiones hayamos exhortado a nuestras autoridades de Comercio, Agricultura y la CLICAC, para que exijan el correspondiente etiquetado a todos los alimentos ofrecidos al público, que incluya información de su procedencia, naturaleza transgénica, mezcla, tratamiento con hormonas, fecha de embarque y cualquier otro dato de interés para el consumidor que, al fin y el cabo, es quien paga el precio y los efectos.