Eunice Kennedy Shriver, una vida sin barreras *
No habían transcurrido siete meses desde la inauguración del gobierno de la Patria Nueva encabezada por mi esposo, cuando ya el Presidente George W. Bush y su esposa Laura nos recibían en la Casa Blanca para cumplir con la primera de varias visitas de Estado a Washington. En cada visita de Estado acompañé a mi esposo con una agenda de trabajo propia que se caracterizaba por la consecución de fondos, becas, programas o donaciones en especie para mi país. Visité docenas de ONG’s, patronatos, filántropos, pastores, rabinos y sacerdotes. En toda institución y ante cualquier personalidad que proyectara una imagen de abundancia de recursos para países en desarrollo, ahí pedía mi cita.
Fue así como me presenté una mañana en las oficinas centrales de “Special Olympics” en Washington D.C., con el compromiso adquirido antes de partir con Olimpiadas Especiales Panamá, de pedir más apoyo a la oficina central. Y allí estaba ella, Eunice, quien me recibió a solas en su despacho y pudimos intercambiar nuestra visión de lo que había sido históricamente la etiqueta, la diferenciación, la marginalidad y el olvido hacia los grupos de personas con discapacidad y sus familias.
Eunice vivió en el tiempo equivocado. Cuando a Rosemary, su hermana se le diagnostica discapacidad en los años 50, el tratamiento hacia estas personas era igual, o peor, que el tratamiento que se le daba a un enfermo terminal. Eran rechazados por la sociedad y mantenidos casi en secreto bajo una sombra de vergüenza, escondidos en casa, sin estímulos. Su existencia transcurría en la soledad del hogar, y sólo aquellos realmente afortunados recibían el amor que sus padres y hermanos quisieran ofrecerle a un ser desconocido que muchas veces no lograba ni siquiera comunicarse con ellos.
Eunice no permitió que Rosemary corriera esa misma suerte. Ella luchó por integrarla, primero a la familia directa, y posteriormente a su comunidad, a sus amigos y al resto del mundo. Ella notaba que cuando Rosemary entraba en la piscina con ella, las diferencias entre ambas se hacían mínimas. El agua le daba agilidad a Rosemary, y esto despertó en Eunice la idea de integrarla desde el agua a los juegos familiares.
Pero la mente de Eunice no se conformó con la visión de una sola Rosemary integrada a la vida diaria. Eunice decidió iniciar una cruzada por todas las Rosemaries de Boston. Decidió involucrar a las familias de niños y niñas con discapacidad, y en el patio de su casa las reunía y les hablaba de Inclusión en el denominado “Camp Shriver” campamento para niños con discapacidad no aceptados en ningún campamento de verano.
Aquella mañana en su oficina me dijo, “el deporte no es el fin, el deporte es el vehículo para hacer que las familias saquen a sus hijos del clóset; cada vez que veo a los niños y niñas en esas instituciones pienso en todo lo que podrían hacer si practicaran un deporte, y sobre todo, lo felices que serían”.
(*Primera de dos entregas. Mañana continúa la segunda parte).