Evo Morales, la medida del fracaso estadounidense
Si existiera un termómetro para medir el fracaso de la política estadounidense en la región, ese será el eventual triunfo de Evo Morales en Bolivia. Las encuestas de opinión colocan al líder cocalero como el favorito para ganar las elecciones de este domingo en un país donde, según el Banco Mundial, el 48.7% de la población vive con menos de dos dólares al día, es decir, uno de los más pobres de la región latinoamericana. No dudamos en que será una prueba de fuego para la atribulada diplomacia norteamericana que, enterrada en Irak, no ha visto cómo el continente se mueve hacia una imbatible izquierda que creían vencida.
Pero Evo Morales, quien podría llegar a ser ser el primer presidente indígena en Bolivia, no lo tendrá fácil tampoco, pues tendrá que atender tres urgentes problemas bolivianos: el de los hidrocarburos, la autonomía del este boliviano y la tradicional división entre la élite y los excluidos. Por otro lado, ha propuesto despenalizar el cultivo de coca y eliminar el modelo economico neoliberal. Ha hablado claro y los analistas internacionales no comprenden cómo en el Departamento de Estado no ha comprendido las razones históricas y políticas que hacen que los pueblos hambrientos se tomen por las urnas lo que no han logrado con las armas. Así de sencillo.
Por otro lado, suponemos que el triunfo de Alvaro Uribe en Colombia revela las claras contradicciones que enfrentará a la Casa Blanca con la política que propone Morales. Uribe ha puesto el acento en la lucha contra el narcotráfico y ha prometido para su nuevo mandato, organizar 200 mil guardias privados y a un millón de informantes para reforzar su lucha contra la guerrilla. En cambio, Morales, se opone a la erradicación del cultivo de coca, ha protagonizado acciones violentas contra Estados Unidos y ha prometido que gobernará con Peredo o Quispe, quienes han liderado organizaciones insurgentes armadas de izquierda. Pero la contradicción entre Morales y Uribe, que podría leerse entre Morales y el plan norteamericano, no termina aquí. Hay que recordar que mientras en Bolivia existen unas 30 ó 40 mil hectáreas de cultivo de coca, en Colombia existen 160 mil hectáreas de coca.
Suponemos que la diplomacia estadounidense no ha querido ver lo que estaba claro para los que insistiamos que era necesario un cambio que favoreciera efectivamente a las grandes masas excluidas de América Latina. El abandono del continente tiene un precio, y Estados Unidos está próximo a comprenderlo.
Pero Evo Morales, quien podría llegar a ser ser el primer presidente indígena en Bolivia, no lo tendrá fácil tampoco, pues tendrá que atender tres urgentes problemas bolivianos: el de los hidrocarburos, la autonomía del este boliviano y la tradicional división entre la élite y los excluidos. Por otro lado, ha propuesto despenalizar el cultivo de coca y eliminar el modelo economico neoliberal. Ha hablado claro y los analistas internacionales no comprenden cómo en el Departamento de Estado no ha comprendido las razones históricas y políticas que hacen que los pueblos hambrientos se tomen por las urnas lo que no han logrado con las armas. Así de sencillo.
Por otro lado, suponemos que el triunfo de Alvaro Uribe en Colombia revela las claras contradicciones que enfrentará a la Casa Blanca con la política que propone Morales. Uribe ha puesto el acento en la lucha contra el narcotráfico y ha prometido para su nuevo mandato, organizar 200 mil guardias privados y a un millón de informantes para reforzar su lucha contra la guerrilla. En cambio, Morales, se opone a la erradicación del cultivo de coca, ha protagonizado acciones violentas contra Estados Unidos y ha prometido que gobernará con Peredo o Quispe, quienes han liderado organizaciones insurgentes armadas de izquierda. Pero la contradicción entre Morales y Uribe, que podría leerse entre Morales y el plan norteamericano, no termina aquí. Hay que recordar que mientras en Bolivia existen unas 30 ó 40 mil hectáreas de cultivo de coca, en Colombia existen 160 mil hectáreas de coca.
Suponemos que la diplomacia estadounidense no ha querido ver lo que estaba claro para los que insistiamos que era necesario un cambio que favoreciera efectivamente a las grandes masas excluidas de América Latina. El abandono del continente tiene un precio, y Estados Unidos está próximo a comprenderlo.