Exigencia inexplicable
EN DIVERSOS concursos y ocasiones se ha tildado a los señores que integraron el jurado de injustos o de ignorantes en casos de trabajos que tras el acto de premiación se descubrió que una obra literaria fue plagio.
El plagio no desaparecerá jamás. Lo ha habido siempre y continuará existiendo. La falta de probidad abunda. Ella es la característica del plagiario. Estimamos que ningún hombre o mujer, por mucho que domine determinado tema, ciencia o arte, puede saber todo lo que se ha dicho o escrito frente a un determinado tema. Y menos aún, cuando un plagio se hace de una obra en lengua ajena a la del plagiario.
Podría ser fácil para hispanos hablantes detectar un plagio en español. No obstante, si se plagia un trabajo literario en finlandés, búlgaro, rumano, etc., lo más probable es que jamás llegue a saberse quién fue el plagiado y quién el plagiario.
Hace unos 50 años, más o menos, un connotado profesor universitario en la cátedra de Literatura ganó un concursos de cuentos. Unos dos meses después, un ciudadano denunció como plagio el trabajo del laureado ganador. Había presentado como trabajo una traducción de una revista en el idioma inglés. Se criticó a los señores del jurado, injustamente, pues no tenían por qué conocer el cuento ganador, y menos aún si entre los señores miembros del mismo existían quienes no sabían inglés.
En el siglo XIX, una persona que ganó merecida fama por lo bueno de sus obras, en sus mocedades entró a un concurso literario y ganó el premio. Se estableció posteriormente que el trabajo era un plagio de autor de un país vecino. Cuando se descubrió la verdad y los organizadores le escribieron a la persona que plagió, respondió que lo había hecho para calibrar la preparación de los miembros del jurado, respuesta poco convincente tras haber guardado silencio y decir tardíamente, y tras haber recibido el premio, cuál fue su intención. No damos nombres, porque sería lastimoso deshonrar la memoria de alguien que escribió muy bien y mereció fama por ello.
Nuestra conclusión es la de que no se justifica censurar al cuerpo de jurados de concurso alguno porque no advirtieron que un buen trabajo que merecía el premio y se lo otorgaron a su autor, era un plagio. Con esa mala tónica en el futuro los más capacitados y honorables a quienes se les invite a ser jurado en un determinado concurso, declinarán. Tendremos entonces que en adelante no serán los más destacados ni mejor preparados los futuros jurados.
"Cuando los hombres decentes no participan en política, los indecentes se aprovechan de ella y entonces los decentes tendrán que callar". Gandhi.
(cdabadia@cwpanama.net)
El plagio no desaparecerá jamás. Lo ha habido siempre y continuará existiendo. La falta de probidad abunda. Ella es la característica del plagiario. Estimamos que ningún hombre o mujer, por mucho que domine determinado tema, ciencia o arte, puede saber todo lo que se ha dicho o escrito frente a un determinado tema. Y menos aún, cuando un plagio se hace de una obra en lengua ajena a la del plagiario.
Podría ser fácil para hispanos hablantes detectar un plagio en español. No obstante, si se plagia un trabajo literario en finlandés, búlgaro, rumano, etc., lo más probable es que jamás llegue a saberse quién fue el plagiado y quién el plagiario.
Hace unos 50 años, más o menos, un connotado profesor universitario en la cátedra de Literatura ganó un concursos de cuentos. Unos dos meses después, un ciudadano denunció como plagio el trabajo del laureado ganador. Había presentado como trabajo una traducción de una revista en el idioma inglés. Se criticó a los señores del jurado, injustamente, pues no tenían por qué conocer el cuento ganador, y menos aún si entre los señores miembros del mismo existían quienes no sabían inglés.
En el siglo XIX, una persona que ganó merecida fama por lo bueno de sus obras, en sus mocedades entró a un concurso literario y ganó el premio. Se estableció posteriormente que el trabajo era un plagio de autor de un país vecino. Cuando se descubrió la verdad y los organizadores le escribieron a la persona que plagió, respondió que lo había hecho para calibrar la preparación de los miembros del jurado, respuesta poco convincente tras haber guardado silencio y decir tardíamente, y tras haber recibido el premio, cuál fue su intención. No damos nombres, porque sería lastimoso deshonrar la memoria de alguien que escribió muy bien y mereció fama por ello.
Nuestra conclusión es la de que no se justifica censurar al cuerpo de jurados de concurso alguno porque no advirtieron que un buen trabajo que merecía el premio y se lo otorgaron a su autor, era un plagio. Con esa mala tónica en el futuro los más capacitados y honorables a quienes se les invite a ser jurado en un determinado concurso, declinarán. Tendremos entonces que en adelante no serán los más destacados ni mejor preparados los futuros jurados.
"Cuando los hombres decentes no participan en política, los indecentes se aprovechan de ella y entonces los decentes tendrán que callar". Gandhi.
(cdabadia@cwpanama.net)