¿Existe o no la voluntad de rectificar?
El ser humano y los gobiernos, por supuesto, que están formados por éstos, se equivocan muchas veces, pero el hombre entre sus atributos, que lo diferencian de las otras criaturas del planeta, tiene alma, discernimiento, inteligencia y voluntad. La voluntad es la fuerza que lo lleva hacia adelante y también a rectificar errores. Voluntad, según la definición del diccionario es: "La intención, el ánimo o la resolución de hacer una cosa". Winston Churchill dijo: "No hay nada que el hombre no pueda hacer, si lo quiere con resolución".
El gobierno actual se ha caracterizado por sus constantes desaciertos. Es un rosario interminable de actos que vienen empañando el buen hombre de la administración y del país, sin que se aprecien esfuerzos serios para corregir los errores que se cometen. El propósito que pudiera tener la Sra. Presidenta de hacer rectificaciones se estrella, parece ser, con una muralla infranqueable de intereses distintos al nacional. No hay duda de que los gobernantes conocen que las cosas se vienen haciendo mal, pero hay una carencia total de voluntad para enmendar. En algunas altas esferas del gobierno, en particular en la Sra. Presidenta de la República, pareciera existir, en ocasiones, preocupación por la percepción muy generalizada de que en casi todos los actos administrativos hay corrupción. Ella nombró una comisión con el fin de que puntualizaran dónde estaban los actos corruptos y se pudieran tomar las medidas correctivas. El trabajo, muy arduo por cierto, que llevaron a cabo distinguidos ciudadanos quedó en nada. Nada se ha hecho. Ni una sola medida rectificadora recomendada por la Comisión se ha implementado. Es imprescindible, pues, que la jefa del Organo Ejecutivo tome cartas en el asunto y obligue a que sus subalternos inmediatos atiendan y pongan en efecto inmediatamente los cambios que el informe de la Comisión, que ella nombró, presentó.
Se debe evitar que este informe corra la misma suerte que las boletas de tránsito que se dan a los choferes de los autobuses: las tiran al tinaco, las rompen o las dejan en la guantera del vehículo sin prestarle atención. Ella, la Sra. Presidenta, por su buen nombre, el respeto a la institucionalidad del cargo que ocupa y el propio éxito de su gobierno debe tomar las medidas necesarias para rescatar la buena imagen de su administración prescindiendo de consideraciones políticas o personales. En la percepción existente de actos de corrupción, la Sra. Presidenta, hasta ahora, ha estado al margen de todo señalamiento, por lo que, consecuentemente, debe evitar con acciones claras y precisas, que algunos lleguen a conclusiones que pudieran afectar su imagen.
Las licitaciones públicas constituyen hoy día una pérdida de tiempo, una burla, una desvergüenza y un desprestigio para el país. Es difícil poder señalar una licitación que sea transparente y que no despierte dudas en cuanto a la honestidad del acto. Y, lo peor, es, pareciera, una carencia de voluntad de hacer las cosas como "Dios Manda".
Suplentes de Magistrados de la Corte Suprema dictan peligrosas jurisprudencias, sin que se aprecie tampoco voluntad en el Organo Judicial para que prevalezca la justicia y no se vulnere la Constitución Nacional.
Se llama a la Asamblea a sesiones extraordinarias sin que se den razones serias que despejen dudas en cuanto a lo que verdaderamente se persigue. No hay, por supuesto, la voluntad de hacer las cosas bien. Se están ya discutiendo las modificaciones fiscales, pero en esto tampoco existe la voluntad de dar ejemplos de austeridad. Se pretende recaudar más de 115 millones de dólares, pero sin recortar gastos suntuarios y no dando muestras de compartir los sacrificios. Se tiene un gabinete, con muy pocas excepciones, muy pobre, incapaz y anémico, pero no hay voluntad de darle cohesión, fortaleza y dinamismo a la administración pública. Se firma una ley que busca transparencia en todos los actos administrativos del Estado, pero no existe la voluntad de hacerla una realidad. Se utilizan toda clase de recursos dilatorios o sencillamente no se da la información necesaria para que el panameño pueda conocer cómo se gastan los dineros que él paga en impuestos.
Hoy más que nunca cobra fuerza la frase: "no le prestes atención a lo que dicen los políticos sino a lo que hacen". A diario se dice una cosa, pero se hace lo contrario, confundiendo a la opinión pública sobre los verdaderos intereses que mueven a las acciones de la administración. Evitemos que se vaya perdiendo la confianza en las buenas intenciones de quienes nos gobiernan.
Si los nativos transportan en sus botes a algún desplazado, tienen problemas con los agentes policiales, sin importar que ese desplazado esté enfermo o tenga una cita médica en Boca de Cupe.
El Panamá América pudo comprobar que en esa población hay dos personas, entre éstas un menor de 14 años, que repentinamente quedaron paralizadas sin poder caminar. No saben a qué se debe su mal. Una es indígena y el joven es colombiano.
Contrariamente, los pobladores se quejan de que no hay seguridad policial cerca de su poblado y, por tanto, pueden ser presa fácil de los paramilitares.
Ya se ha dicho que en Punusa conviven dos etnias con costumbres muy distintas. Pero una de ellas, la latina, se ha adaptado de manera muy particular al estilo de vida de su comunidad receptora.
Un ejemplo de ello son Nora y Pepe, una pareja que destila por sus poros amor y empatía, aún en las circunstancias aciagas que le ha tocado vivir.
Tienen cuatro hijos de 19, 7, 2 y un año de edad. Llegaron en 1997 a Darién, cuando la primera incursión masiva de desplazados. No tienen aún estatus de refugiados y por eso tienen a Punusa por cárcel.
Trabajan sus montes y complementan su alimentación con animales que logran cazar, como monos y conejos.
Su vivienda está construida a la usanza indígena, asentada sobre horcones y sin paredes ni divisiones, a excepción de un pequeño cuarto donde la ausencia de camas salta a la vista.
Tampoco hay letrina ni baño. El río Tuira suple esas necesidades.
Muy cerca de Pepe y Nora vive Víctor Vargas, abuelo de Kelly, quien junto a sus amiguitos Erica Paola y Christian, se mostró muy interesada en aprender a cantar los pollitos. Formaron un coro y practicaron la canción para no olvidarla.
Vargas también huyó de Río Ciego (que desemboca en Salaquí), Colombia. Vivía tranquilo en su finca donde criaba puercos, gallinas y vacas.
Un día, el 24 de febrero de 1997, empezaron los bombardeos del ejército a la comunidad. La tierra temblaba y con ella los pobladores.
Fueron evacuados hacia Pavarandó en Antioquia. Pasado un tiempo, el gobierno llegó a un acuerdo con los evacuados y regresaron a sus tierras, sólo para encontrarse en un lugar totalmente inseguro.
Los paramilitares incursionaron, mataron a algunos y saquearon sus fincas. Decidieron salir en burros. Su esposa no aguantó. Estaba recién operada y murió. Fue sepultada en un pueblo cercano.
Se encaminaron a Darién y se introdujeron en la trocha del río Susugantí, que llega a Punusa, recorrida en parte por este medio.
Allí vive ahora, cinco años después, en calidad de refugiado temporal. “En silencio estamos presos”, dice en alusión a que no puede salir de la población a vender los productos que cosechan con tanto esfuerzo. Como alternativa los venden a la orilla del río, pero con resultados no muy halagüeños.
Allá en Punusa quedaron todos llevando un estilo de vida de supervivencia, pero convencidos de que sólo unidos, pese a las diferencias culturales, pueden lograr sobrevivir.
El gobierno actual se ha caracterizado por sus constantes desaciertos. Es un rosario interminable de actos que vienen empañando el buen hombre de la administración y del país, sin que se aprecien esfuerzos serios para corregir los errores que se cometen. El propósito que pudiera tener la Sra. Presidenta de hacer rectificaciones se estrella, parece ser, con una muralla infranqueable de intereses distintos al nacional. No hay duda de que los gobernantes conocen que las cosas se vienen haciendo mal, pero hay una carencia total de voluntad para enmendar. En algunas altas esferas del gobierno, en particular en la Sra. Presidenta de la República, pareciera existir, en ocasiones, preocupación por la percepción muy generalizada de que en casi todos los actos administrativos hay corrupción. Ella nombró una comisión con el fin de que puntualizaran dónde estaban los actos corruptos y se pudieran tomar las medidas correctivas. El trabajo, muy arduo por cierto, que llevaron a cabo distinguidos ciudadanos quedó en nada. Nada se ha hecho. Ni una sola medida rectificadora recomendada por la Comisión se ha implementado. Es imprescindible, pues, que la jefa del Organo Ejecutivo tome cartas en el asunto y obligue a que sus subalternos inmediatos atiendan y pongan en efecto inmediatamente los cambios que el informe de la Comisión, que ella nombró, presentó.
Se debe evitar que este informe corra la misma suerte que las boletas de tránsito que se dan a los choferes de los autobuses: las tiran al tinaco, las rompen o las dejan en la guantera del vehículo sin prestarle atención. Ella, la Sra. Presidenta, por su buen nombre, el respeto a la institucionalidad del cargo que ocupa y el propio éxito de su gobierno debe tomar las medidas necesarias para rescatar la buena imagen de su administración prescindiendo de consideraciones políticas o personales. En la percepción existente de actos de corrupción, la Sra. Presidenta, hasta ahora, ha estado al margen de todo señalamiento, por lo que, consecuentemente, debe evitar con acciones claras y precisas, que algunos lleguen a conclusiones que pudieran afectar su imagen.
Las licitaciones públicas constituyen hoy día una pérdida de tiempo, una burla, una desvergüenza y un desprestigio para el país. Es difícil poder señalar una licitación que sea transparente y que no despierte dudas en cuanto a la honestidad del acto. Y, lo peor, es, pareciera, una carencia de voluntad de hacer las cosas como "Dios Manda".
Suplentes de Magistrados de la Corte Suprema dictan peligrosas jurisprudencias, sin que se aprecie tampoco voluntad en el Organo Judicial para que prevalezca la justicia y no se vulnere la Constitución Nacional.
Se llama a la Asamblea a sesiones extraordinarias sin que se den razones serias que despejen dudas en cuanto a lo que verdaderamente se persigue. No hay, por supuesto, la voluntad de hacer las cosas bien. Se están ya discutiendo las modificaciones fiscales, pero en esto tampoco existe la voluntad de dar ejemplos de austeridad. Se pretende recaudar más de 115 millones de dólares, pero sin recortar gastos suntuarios y no dando muestras de compartir los sacrificios. Se tiene un gabinete, con muy pocas excepciones, muy pobre, incapaz y anémico, pero no hay voluntad de darle cohesión, fortaleza y dinamismo a la administración pública. Se firma una ley que busca transparencia en todos los actos administrativos del Estado, pero no existe la voluntad de hacerla una realidad. Se utilizan toda clase de recursos dilatorios o sencillamente no se da la información necesaria para que el panameño pueda conocer cómo se gastan los dineros que él paga en impuestos.
Hoy más que nunca cobra fuerza la frase: "no le prestes atención a lo que dicen los políticos sino a lo que hacen". A diario se dice una cosa, pero se hace lo contrario, confundiendo a la opinión pública sobre los verdaderos intereses que mueven a las acciones de la administración. Evitemos que se vaya perdiendo la confianza en las buenas intenciones de quienes nos gobiernan.
Si los nativos transportan en sus botes a algún desplazado, tienen problemas con los agentes policiales, sin importar que ese desplazado esté enfermo o tenga una cita médica en Boca de Cupe.
El Panamá América pudo comprobar que en esa población hay dos personas, entre éstas un menor de 14 años, que repentinamente quedaron paralizadas sin poder caminar. No saben a qué se debe su mal. Una es indígena y el joven es colombiano.
Contrariamente, los pobladores se quejan de que no hay seguridad policial cerca de su poblado y, por tanto, pueden ser presa fácil de los paramilitares.
Ya se ha dicho que en Punusa conviven dos etnias con costumbres muy distintas. Pero una de ellas, la latina, se ha adaptado de manera muy particular al estilo de vida de su comunidad receptora.
Un ejemplo de ello son Nora y Pepe, una pareja que destila por sus poros amor y empatía, aún en las circunstancias aciagas que le ha tocado vivir.
Tienen cuatro hijos de 19, 7, 2 y un año de edad. Llegaron en 1997 a Darién, cuando la primera incursión masiva de desplazados. No tienen aún estatus de refugiados y por eso tienen a Punusa por cárcel.
Trabajan sus montes y complementan su alimentación con animales que logran cazar, como monos y conejos.
Su vivienda está construida a la usanza indígena, asentada sobre horcones y sin paredes ni divisiones, a excepción de un pequeño cuarto donde la ausencia de camas salta a la vista.
Tampoco hay letrina ni baño. El río Tuira suple esas necesidades.
Muy cerca de Pepe y Nora vive Víctor Vargas, abuelo de Kelly, quien junto a sus amiguitos Erica Paola y Christian, se mostró muy interesada en aprender a cantar los pollitos. Formaron un coro y practicaron la canción para no olvidarla.
Vargas también huyó de Río Ciego (que desemboca en Salaquí), Colombia. Vivía tranquilo en su finca donde criaba puercos, gallinas y vacas.
Un día, el 24 de febrero de 1997, empezaron los bombardeos del ejército a la comunidad. La tierra temblaba y con ella los pobladores.
Fueron evacuados hacia Pavarandó en Antioquia. Pasado un tiempo, el gobierno llegó a un acuerdo con los evacuados y regresaron a sus tierras, sólo para encontrarse en un lugar totalmente inseguro.
Los paramilitares incursionaron, mataron a algunos y saquearon sus fincas. Decidieron salir en burros. Su esposa no aguantó. Estaba recién operada y murió. Fue sepultada en un pueblo cercano.
Se encaminaron a Darién y se introdujeron en la trocha del río Susugantí, que llega a Punusa, recorrida en parte por este medio.
Allí vive ahora, cinco años después, en calidad de refugiado temporal. “En silencio estamos presos”, dice en alusión a que no puede salir de la población a vender los productos que cosechan con tanto esfuerzo. Como alternativa los venden a la orilla del río, pero con resultados no muy halagüeños.
Allá en Punusa quedaron todos llevando un estilo de vida de supervivencia, pero convencidos de que sólo unidos, pese a las diferencias culturales, pueden lograr sobrevivir.