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Éxodo a ninguna parte


La ONU calcula que en 2010 se alcanzarán 50 millones de desplazados por “caprichos de la naturaleza”. Un éxodo sin “tierra prometida” y sin ningún destino que otear en el horizonte ya que ningún país concede el estatuto de refugiado ambiental.

Los casos recientes de los devastadores terremotos de Haití y Chile dan buena cuenta de una realidad que no afecta por igual a todos los países. Las construcciones con materiales de dudosa calidad y en espacios no urbanizables son uno de los efectos contraproducentes más habituales que se derivan de la intervención humana en las zonas más propensas al impacto desbocado del medioambiente.

Desastres naturales como los del huracán Katrina o el tsunami que asoló el sureste asiático en 2004, la desertificación o desgraciados accidentes industriales como el de Chernobyl suponen el punto de partida de un viaje de ida a ninguna parte y para el que parece no haber retorno.

Tanto es así que el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) afirma que hoy la degradación ambiental desplaza a más personas que el cómputo global de las guerras que permanecen candentes en el mundo. En suma, este organismo calcula que son 211 millones las personas que han tenido que migrar por el deterioro de su entorno natural.

El futuro tampoco parece halagüeño. Los 200 millones de refugiados que vaticinan los estudios de la Universidad de Oxford se multiplican por cinco, según las apreciaciones de Christian Aid. Ante esta grave indeterminación, muchos expertos han propuesto la elaboración de una convención especial que proteja a los desplazados ambientales.

Nueva Zelanda ya ha dado el primer paso hacia la consecución de este objetivo al acoger a los ciudadanos de las islas Tuvula y Fiji, en peligro de desaparición debido a las constantes subidas del mar. En la pasada cumbre de Copenhague sobre el cambio climático los refugiados ambientales no fueron ni tan siquiera mencionados.

Aún así y pese a que se trata de una situación compleja en la que confluyen demasiados intereses, la traba principal para encontrar una solución aceptable se reduce a una única cuestión: identificar quién ha motivado el desplazamiento. Éste es quizás el requisito que el derecho internacional considera ineludible para que un refugiado pueda solicitar asilo.

Hoy el problema “sólo” es conseguir que la comunidad internacional reconozca los derechos del refugiado ambiental. ¿Qué pasará cuando no quedé un solo lugar en la Tierra al que podamos huir en busca de refugio? Todavía estamos a tiempo de construir un buen presente que augure un mejor futuro.

101 años de Panamá América

 
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