Experiencias canaleras (I)
En varias ocasiones, amigos muy respetados y estimados me han sugerido que escriba acerca de algunos hechos en los cuales participé como empleado canalero. No lo hice porque me parecía que se me tacharía de presuntuoso. He cambiado de opinión al leer El Pulso de Panamá del 1 y 2 de octubre de 2002, en los cuales se hacen observaciones acerca del salario mensual de B/.1,927.47 del cocinero de la residencia del administrador de la Autoridad del Canal de Panamá. Mi comentario sobre este “estratosférico” salario lo dejaré para el final. Advierto que tendré que escribir otro artículo. Siempre pensé que mis experiencias personales no serían de interés general, por lo que trataré de ser breve y al punto.
En 1955 me inscribí en el Local 907, Sindicato de los Empleados de las Fuerzas Armadas de EU en Panamá. Fui elegido Vocal en la junta directiva, no por tener mayor respaldo de los empleados, sino porque muy pocos querían trabajar en esto. Recién se habían firmado los Tratados Remón-Eisenhower. En el sindicato cabildeamos constantemente para lograr que el principio de “Igual pago por igual trabajo” en el área canalera se hiciera realidad.
En nuestro cabildeo lidiamos con frecuencia con los diputados Aquilino Boyd y Juan B. Arias. Cuando el Lic. Aquilino Boyd fue nombrado canciller por el presidente Ernesto De La Guardia, me pidió que aceptara el nombramiento de Agregado Obrero en la Embajada en Washington. Después de ciertos rodeos asentí y fui nombrado en enero de 1957. Yo era un joven inexperto con el único aval de mi devoción por Panamá y por mejorar la calidad de vida de los trabajadores canaleros.
222 ...la ley de implementación del Tratado en el aspecto de los salarios de los empleados era un subterfugio para no cumplir con el trato igual entre empleados panameños y gringos.
En Washington me dediqué a vender la idea de que la ley de implementación del Tratado en el aspecto de los salarios de los empleados era un subterfugio para no cumplir con el trato igual entre empleados panameños y gringos. Pude apreciar el valor que tenía la estipulación de dicha igualdad en el Tratado redactada por el Dr. Octavio Fábrega. También fui testigo de la labor que al respecto desplegó Don Ricardo Arias Espinosa. Siempre tuve el respaldo firme del Canciller Boyd, quien me consta que nunca dejó de interesarse por el bienestar de los trabajadores.
Ahora, muchos años después, aprecio mejor mi propia labor. Por ejemplo, en 1958 el Embajador Harrington en uno de sus viajes a Washington pidió al Panama Desk Officer que me llamara para reunirse conmigo. Harrington me dijo que quería que se aprobaran las leyes de implementación del Tratado y quería mi cooperación. Obviamente había sido informado que yo calificaba la ley de salarios como un subterfugio y, por razones que desconozco, mi gestión en una u otra forma había calado. Le contesté al embajador que yo no haría nada si no tenía la luz verde de los dirigentes sindicales canaleros. Posteriormente, recibí comunicación del Local 907 que no podíamos estancarnos en “todo o nada”. Actué de conformidad. La ley de salarios fue aprobada.
Cuando subió al poder el presidente Nino Chiari, la partida de mi posición fue destinada a otra embajada y tuve que volver a Panamá. Lo primero que hice al volver fue visitar al canciller Galileo Solís, a principios de 1960. Este empezó a darme explicaciones de lo que había sucedido con la partida presupuestaria de mi antiguo puesto. Le interrumpí y le dije, yo no vengo a hablar de eso, ya que ansiaba regresar a Panamá. He venido a insistirle que el gobierno debe ser mucho más agresivo para alcanzar la meta de verdadera igualdad de salarios en la Zona del Canal. Alegué que los salarios de millares de empleados canaleros circularían y serían una vigorosa inyección a la economía de Panamá, y que EU había sido muy tacaño en el pago de anualidades a Panamá.
Desde principios de 1960 establecí una buena amistad con el Canciller Solís. En 1963 un par de amigos me solicitaron que optara por la presidencia (secretaría general) del Local 907. Yo me rehusaba, pero al final acepté con la condición de que Alfredo Morris y George Caesar consiguieran los votos, porque yo no movería un dedo para hacerlo. Así fue. Gané por un solo voto después de que se anularon tres o cuatro votos, todos los cuales eran a mi favor. Continué tratando de lograr la equiparación de salarios canaleros. En diciembre de 1963 redacté un comunicado público en donde exigía al gobierno protestar porque la embajada norteamericana había estado en acefalía por unos dos años y que aplicáramos reciprocidad. El periodista Mario Augusto Rodríguez escogió al Local 907 como el sindicato del año a causa de este comunicado.
Sobrevino la crisis de enero de 1964. Un grupo de dirigentes fuimos a ofrecerle nuestro respaldo al Presidente Chiari. Para mediados de febrero de 1964, me sentí inquieto porque había algunos políticos locales que mantenían una presión al gobierno que, en mi opinión, era indebida y exagerada. Redacté un comunicado respaldando la ruptura de relaciones y señalando que la actitud del Presidente Chiari había sido viril y adecuada y que el tema estaba correctamente en el ámbito diplomático. Sudé tinta para lograr que la directiva del sindicato aprobara el comunicado. El resultado fue 5 a 4 a favor. La Estrella de Panamá lo divulgó a ocho columnas. El Agregado Obrero de la Embajada de EU, Dave Simcox, me llamó inmediatamente y me conversó por la hora y quince minutos más larga de mi vida. Trataba de averiguar cuán sólido había sido el apoyo de los trabajadores. Yo defendí nuestra posición como pude.
En una ocasión participé en un programa de televisión del Lic. Aquilino Boyd. Respaldé la candidatura legislativa de éste en 1964. Un zonian, cuyo nombre averigüé, llamó a la oficina de personal de la Fuerza Aérea en Albrook y exigió que se me destituyera por violar la regla de no participación en política partidista. Tuve que redactar un comunicado aclarando que mi respaldo a Boyd fue personal y no como presidente del sindicato, para evitar mi destitución.
No recuerdo la fecha exacta, pero el Canciller Solís, por orden del Presidente Chiari, me ofreció volver a nuestra embajada en Washington. Sin titubear le contesté a mi muy estimado y recordado Galileo Solís que yo no aceptaba, porque iban a decir que eso es lo que yo había estado buscando. Inmediatamente recomendé a Alfredo Morris como nuevo agregado obrero. Esto se hizo.
En otra instancia, le informé al Canciller Solís que durante mi estadía en Washington había logrado que un consejero del Senador John F. Kennedy, cuando presidía el Subcomité Laboral de la Comisión de Marina Mercante y Pesquerías, especificara en un informe del subcomité que el no pagar el salario mínimo de EU a los empleados federales canaleros sería una violación al principio de igualdad de trato estipulado en el Tratado Remón-Eisenhower.
Don Galileo mandó a pedir copia de dicho informe y procedió a enviar una nota diplomática al respecto. La misma fue efectivísima, porque había pasado poco tiempo desde el magnicidio de Kennedy y la administración de Lyndon Johnson estaba poniendo en ejecución los programas del presidente asesinado. De nuevo el Agregado Obrero Simcox me telefoneó diciéndome que se imaginaba que nosotros habíamos estado detrás de esa nota y que era un asunto que no se subestimaba. Tuvimos el intercambio consabido, yo arguyendo que EU había sido muy tacaño con Panamá en el pago de anualidad y que el mayor poder adquisitivo de unos 15 mil trabajadores era de gran significación económica para Panamá.
En breve, Simcox afirmó que igual que sus colegas opinaba que era preferible pagarle a los trabajadores que a los políticos del gobierno. Lo demás es historia. Se aplicó el salario mínimo de EU en el área canalera y las remuneraciones de los canaleros más que mejoraron.
(continuará en próxima entrega)
Fue miembro fundador de la Comisión de Etica del Círculo de Periodistas de Bogotá y del Instituto de Estudios sobre Comunicación y Cultura -IECO-.
Dirige la sección del Defensor del Lector de El Colombiano de Medellín y El Espectador de Bogotá.
Recibió el premio nacional de Círculo de Periodistas de Bogotá en la categoría de prensa en 1993, así como, el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar en las modalidades de crónica e investigación en televisión en 1985 y 1986.
Además, recibió los premios San Gabriel del Episcopado Colombiano en 1994 y Germán Arciniegas de la Editorial Planeta en 1995.
Es autor de libros como Etica para periodistas (1991) en colaboración con María Teresa Herrán, Más allá del deber (1992), La revolución de las sotanas (1995), Testigo de seis guerras (1996) y Desde las orillas (1996), en colaboración con Germán Rey, entre otros.
En el marco del I Congreso Latinoamericano de Periodismo, realizado en Panamá en 1997, recibió el premio latinoamericano a la ética periodística otorgado por el Centro Latinoamericano de Periodismo -CELAP-, auspiciado por la Universidad Internacional de la Florida.
En 1955 me inscribí en el Local 907, Sindicato de los Empleados de las Fuerzas Armadas de EU en Panamá. Fui elegido Vocal en la junta directiva, no por tener mayor respaldo de los empleados, sino porque muy pocos querían trabajar en esto. Recién se habían firmado los Tratados Remón-Eisenhower. En el sindicato cabildeamos constantemente para lograr que el principio de “Igual pago por igual trabajo” en el área canalera se hiciera realidad.
En nuestro cabildeo lidiamos con frecuencia con los diputados Aquilino Boyd y Juan B. Arias. Cuando el Lic. Aquilino Boyd fue nombrado canciller por el presidente Ernesto De La Guardia, me pidió que aceptara el nombramiento de Agregado Obrero en la Embajada en Washington. Después de ciertos rodeos asentí y fui nombrado en enero de 1957. Yo era un joven inexperto con el único aval de mi devoción por Panamá y por mejorar la calidad de vida de los trabajadores canaleros.
222 ...la ley de implementación del Tratado en el aspecto de los salarios de los empleados era un subterfugio para no cumplir con el trato igual entre empleados panameños y gringos.
En Washington me dediqué a vender la idea de que la ley de implementación del Tratado en el aspecto de los salarios de los empleados era un subterfugio para no cumplir con el trato igual entre empleados panameños y gringos. Pude apreciar el valor que tenía la estipulación de dicha igualdad en el Tratado redactada por el Dr. Octavio Fábrega. También fui testigo de la labor que al respecto desplegó Don Ricardo Arias Espinosa. Siempre tuve el respaldo firme del Canciller Boyd, quien me consta que nunca dejó de interesarse por el bienestar de los trabajadores.
Ahora, muchos años después, aprecio mejor mi propia labor. Por ejemplo, en 1958 el Embajador Harrington en uno de sus viajes a Washington pidió al Panama Desk Officer que me llamara para reunirse conmigo. Harrington me dijo que quería que se aprobaran las leyes de implementación del Tratado y quería mi cooperación. Obviamente había sido informado que yo calificaba la ley de salarios como un subterfugio y, por razones que desconozco, mi gestión en una u otra forma había calado. Le contesté al embajador que yo no haría nada si no tenía la luz verde de los dirigentes sindicales canaleros. Posteriormente, recibí comunicación del Local 907 que no podíamos estancarnos en “todo o nada”. Actué de conformidad. La ley de salarios fue aprobada.
Cuando subió al poder el presidente Nino Chiari, la partida de mi posición fue destinada a otra embajada y tuve que volver a Panamá. Lo primero que hice al volver fue visitar al canciller Galileo Solís, a principios de 1960. Este empezó a darme explicaciones de lo que había sucedido con la partida presupuestaria de mi antiguo puesto. Le interrumpí y le dije, yo no vengo a hablar de eso, ya que ansiaba regresar a Panamá. He venido a insistirle que el gobierno debe ser mucho más agresivo para alcanzar la meta de verdadera igualdad de salarios en la Zona del Canal. Alegué que los salarios de millares de empleados canaleros circularían y serían una vigorosa inyección a la economía de Panamá, y que EU había sido muy tacaño en el pago de anualidades a Panamá.
Desde principios de 1960 establecí una buena amistad con el Canciller Solís. En 1963 un par de amigos me solicitaron que optara por la presidencia (secretaría general) del Local 907. Yo me rehusaba, pero al final acepté con la condición de que Alfredo Morris y George Caesar consiguieran los votos, porque yo no movería un dedo para hacerlo. Así fue. Gané por un solo voto después de que se anularon tres o cuatro votos, todos los cuales eran a mi favor. Continué tratando de lograr la equiparación de salarios canaleros. En diciembre de 1963 redacté un comunicado público en donde exigía al gobierno protestar porque la embajada norteamericana había estado en acefalía por unos dos años y que aplicáramos reciprocidad. El periodista Mario Augusto Rodríguez escogió al Local 907 como el sindicato del año a causa de este comunicado.
Sobrevino la crisis de enero de 1964. Un grupo de dirigentes fuimos a ofrecerle nuestro respaldo al Presidente Chiari. Para mediados de febrero de 1964, me sentí inquieto porque había algunos políticos locales que mantenían una presión al gobierno que, en mi opinión, era indebida y exagerada. Redacté un comunicado respaldando la ruptura de relaciones y señalando que la actitud del Presidente Chiari había sido viril y adecuada y que el tema estaba correctamente en el ámbito diplomático. Sudé tinta para lograr que la directiva del sindicato aprobara el comunicado. El resultado fue 5 a 4 a favor. La Estrella de Panamá lo divulgó a ocho columnas. El Agregado Obrero de la Embajada de EU, Dave Simcox, me llamó inmediatamente y me conversó por la hora y quince minutos más larga de mi vida. Trataba de averiguar cuán sólido había sido el apoyo de los trabajadores. Yo defendí nuestra posición como pude.
En una ocasión participé en un programa de televisión del Lic. Aquilino Boyd. Respaldé la candidatura legislativa de éste en 1964. Un zonian, cuyo nombre averigüé, llamó a la oficina de personal de la Fuerza Aérea en Albrook y exigió que se me destituyera por violar la regla de no participación en política partidista. Tuve que redactar un comunicado aclarando que mi respaldo a Boyd fue personal y no como presidente del sindicato, para evitar mi destitución.
No recuerdo la fecha exacta, pero el Canciller Solís, por orden del Presidente Chiari, me ofreció volver a nuestra embajada en Washington. Sin titubear le contesté a mi muy estimado y recordado Galileo Solís que yo no aceptaba, porque iban a decir que eso es lo que yo había estado buscando. Inmediatamente recomendé a Alfredo Morris como nuevo agregado obrero. Esto se hizo.
En otra instancia, le informé al Canciller Solís que durante mi estadía en Washington había logrado que un consejero del Senador John F. Kennedy, cuando presidía el Subcomité Laboral de la Comisión de Marina Mercante y Pesquerías, especificara en un informe del subcomité que el no pagar el salario mínimo de EU a los empleados federales canaleros sería una violación al principio de igualdad de trato estipulado en el Tratado Remón-Eisenhower.
Don Galileo mandó a pedir copia de dicho informe y procedió a enviar una nota diplomática al respecto. La misma fue efectivísima, porque había pasado poco tiempo desde el magnicidio de Kennedy y la administración de Lyndon Johnson estaba poniendo en ejecución los programas del presidente asesinado. De nuevo el Agregado Obrero Simcox me telefoneó diciéndome que se imaginaba que nosotros habíamos estado detrás de esa nota y que era un asunto que no se subestimaba. Tuvimos el intercambio consabido, yo arguyendo que EU había sido muy tacaño con Panamá en el pago de anualidad y que el mayor poder adquisitivo de unos 15 mil trabajadores era de gran significación económica para Panamá.
En breve, Simcox afirmó que igual que sus colegas opinaba que era preferible pagarle a los trabajadores que a los políticos del gobierno. Lo demás es historia. Se aplicó el salario mínimo de EU en el área canalera y las remuneraciones de los canaleros más que mejoraron.
(continuará en próxima entrega)
Fue miembro fundador de la Comisión de Etica del Círculo de Periodistas de Bogotá y del Instituto de Estudios sobre Comunicación y Cultura -IECO-.
Dirige la sección del Defensor del Lector de El Colombiano de Medellín y El Espectador de Bogotá.
Recibió el premio nacional de Círculo de Periodistas de Bogotá en la categoría de prensa en 1993, así como, el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar en las modalidades de crónica e investigación en televisión en 1985 y 1986.
Además, recibió los premios San Gabriel del Episcopado Colombiano en 1994 y Germán Arciniegas de la Editorial Planeta en 1995.
Es autor de libros como Etica para periodistas (1991) en colaboración con María Teresa Herrán, Más allá del deber (1992), La revolución de las sotanas (1995), Testigo de seis guerras (1996) y Desde las orillas (1996), en colaboración con Germán Rey, entre otros.
En el marco del I Congreso Latinoamericano de Periodismo, realizado en Panamá en 1997, recibió el premio latinoamericano a la ética periodística otorgado por el Centro Latinoamericano de Periodismo -CELAP-, auspiciado por la Universidad Internacional de la Florida.