Extraños análisis y extraña justicia electoral
Quien se haga llamar o se presenta como un “analista”, quedará claro, debe reunir o concentrar en sí mismo los atributos propios de lo que implica ser “un analista” o, más bien, de ejercer la labor de analizar. La etimología de la palabra “análisis” es griega. Proviene de las palabras “ana” que significa “arriba”, “enteramente”; de “lyein” que significa soltar y, finalmente de “sis” que significa acción. Algo así como “descomponer un todo en sus partes”. Por ello, la palabra “anatomía” es muy similar a la palabra “análisis”: soltar o disolver enteramente un todo en sus partes, en sus componentes, para llegar a conocer sus causas y formantes.
Queda claro, pues, que analizar implica una tarea de descomposición de un todo, de un problema, de un tema, en sus detalles, en sus partes más elementales, en procura de determinar o diseccionar el objeto de análisis y llegar a entenderlo, comprenderlo, en toda su dimensión o magnitud, intensidad y composición. Por ello, el análisis debe dirigirse siempre a la explicación o razonamiento completo, aproximación a respuestas serias, objetivas, exactas.
De modo tal que, ejercer la labor de “analista” entraña una responsabilidad propia de un buen padre de familia, como solemos decir los abogados cuando se trata de buscar la mejor responsabilidad y cuál mejor que la de “un buen padre de familia”, diligencioso, exhaustivo, riguroso, disciplinado, amoroso, con metas claras, con métodos, etc.
El “analista” debe ser serio. Serio en el análisis, serio en sus explicaciones o modo o manera de advertir el fenómeno. Debe tener cuidado sumo en no dejarse guiar por lo aparencial, esto es, por las formas en que se presenta un hecho o circunstancia. Puede, sino advierte correctamente el fenómeno, perderse en un pseudoanálisis y pecar de subjetividad en sus apreciaciones. No debe tomar partido, es decir, inclinarse hacia una parte u otra cuando se trata de conflicto o de circunstancias en donde media la contradicción. Si se hace parte, pierde el carácter de analista objetivo.
Bien, dichas estas cosas, es menester que también exprese, sin ser exhaustivo, lo siguiente: 1. Me incomoda mucho escuchar a pseudosanalistas de opinión que, precisamente, violan todas estas reglas. 2. Generalmente estos analistas están atados a determinados intereses, sean de clase, de poderes económicos, políticos, de lazos amicales, etc. 3. Se divorcian de la realidad, en la medida en que sus “análisis” marchan por un lado y esta, la realidad, va por otro. 4. Pecan por observar la cosa “subjetiva” y omiten en sus razonamientos la cuestión objetiva. 5. Destruyen el análisis estructural y funcional con la rapidez del trueno, son fugitivos, porque hoy dicen una cosa y mañana dicen otra entrando con ello en serias y graves contradicciones con lo que han señalado previamente. 6. Se parcializan en sus apreciaciones y conclusiones. 7. Transmiten a la sociedad, al pueblo, un sentido de ansiedad y estrés no pocas veces innecesario. 8. Tienden a sembrar cizaña, exageraciones en lo que dicen. 9. Elaboraban embustes y predisponen al pueblo y siembran absoluta desconfianza en todo y por todo. 10. Pérdida de todo sentido de objetividad y con ello se pierde una de las misiones más caras del “analista”, cual es proyectar orientación y presentar siempre la verdad de las cosas. 11. Hacen de la política un detestable circo de intereses mediáticos.
Brindo un ejemplo: Me ha tocado escuchar a dos de esos “analistas” señalar en programas de televisión que el triunfo de los candidatos impugnados en los circuito 7-1 y 2-4, ambos del partido Cambio Democrático, obedece al hecho de que la corrupción y el uso de los recursos del Estado, por parte de ellos, ha sido de tal o cual magnitud que esos pueblos o circuitos aún siguen permeados, infectados, algo así como contagiados, por las donaciones y compra de votos que se hizo en el pasado torneo electoral. Nada tan divorciado de la realidad. Como si fuera poco, terminan culpando, ahora, al pueblo que ha concurrido a las urnas, recientemente, y por poco han sido tildados, esos pueblos o comunidades, de ejército de electores vendidos, entreguistas, mojigatos, torpes, comprados, etc. Y soslayan que nuestro pueblo es un pueblo inteligente, que cuando la inteligencia de los analistas, divorciada de la realidad, va por un lado, la de nuestro pueblo camina por otro.
En esos circuitos electorales, a como habrá de ocurrir y así se proyecta, en los otros que fueron impugnados, el triunfo electoral de los vencedores acredita que no se equivocaron los auditores del Tribuna Electoral cuando en sus conclusiones le advertían a los tres magistrados “que no hubo incidencia en el electorado” , sin embargo, a contrapelo de la prueba, terminó el Tribunal Electoral –caso Manuel Cohen, Manolo Ruiz y Mariela Vega, entre otros- anulando elecciones de diputados proclamados. Esos dos circuitos (7-1 y 2-4) ahora dan fe de que el pueblo nunca se ha equivocado, simple y sencillamente eligió a los hombres y mujeres que creyó eran dignos de representarlos. Esos son caudillos en sus pueblos, en sus comunidades. De eso se trata. Tal vez ante la faz nacional no gustemos de tal o cual personaje político, pero no podemos inadvertir que en sus pueblos son queridos, seguidos y hasta amados.