Fábula milesia
Miguel De Cervantes Saavedra supo diferenciar, correctamente, entre la fábula que se plasma en el apólogo y la fábula vertida en la milesia. Respecto al apólogo, el célebre literato español advirtió que “deleita y enseña”; y la milesia solamente deleita, pero nada enseña. Es menester, tras el introito hecho, que tengamos esta distinción presente para la cabal comprensión, en la generalidad de los casos, del discurso político panameño. Ya en alguna ocasión escribí sobre las características del discurso político latinoamericano. Hoy, queremos referirnos a la retórica de los malos políticos criollos, salvaguardando la excepcionalidad de unos pocos a lo largo de nuestra historia.
Palabras que abundan, que nada dicen, superficiales, abstractas, plagadas de entuertos filosóficos; de promesas que jamás se cumplirán; expresiones indecorosas, ofensivas, denigrantes, largas oraciones huecas de contenidos, etc., connotan el discurso de nuestros políticos. Pobre retórica amorfa de sinceridad.
Los mismos no tienen propósitos bien definidos; están carentes de metas y de métodos. Hacen presentaciones amorfas y en ellas resaltan la nota de la mediocridad que grita un paupérrimo singular. Se creen sabedores de todo: ciencia, homilética, peripatética, matemáticas, astrología, adivinación, astronomía, psicología, parapsicología, etc. Son tanto disuasivos como persuasivos para terminar engañándose a sí mismos, pues queda claro que con semejante jerga política ya nadie les cree, absolutamente, nada.
El pueblo panameño, a los tales, ni les regala ni presta atención. La indiferencia es la muestra más palpable del menosprecio que nuestra gente les profesa a los políticos de poca monta.
Son verdaderamente fabulosos nuestros políticos. Pero no en el sentido del apólogo, sino en la significación de la milesia. Es decir, no hay mensaje ni enseñanza alguno de reivindicación de la Patria; de restablecimiento de la moral de la nación; de reintegración del orden y de la autoridad; de fortalecimiento de nuestra identidad nacional y de ciudadanos; de colaboración con las grandes mayorías marginadas del progreso y desarrollo social; de querer enrumbar al país por caminos de prosperidad igual para todos; de hacer justicia a los pobres y marginados; de adecentar la administración pública; de llevar pan y abrigo a cientos de miles de panameños que padecen hambre, angustia y persecución; de permitir igualdad de oportunidades y de participación en el desarrollo de la nación; de adecentar la administración de justicia, etc.
Los políticos saben muy bien instrumentar los discursos sobre estas materias de manera muy fabulosa. En dos o tres minutos de asombrosa verborrea resuelven el problema del hambre y del desempleo; en dos más ya han puesto a todos los desempleados del país a trabajar; y ya, en el epílogo de sus intervenciones, han ubicado al país en el más alto nivel de desarrollo. ¡Ilusos! ¡Ingratos!, ¡Injustos!, para con un pueblo que anhela mejores días y mejores años de vida; para con toda una nación que anda en búsqueda permanente de paz y de estabilidad.
Nuestros discursantes están huérfanos de planes y de programas; improvisan las soluciones que dicen tener para los atosigantes problemas que vive la Patria. Así, pues, apuestan a favor de la improvisación, de la respuesta sacada al momento y no hay un método claro y concreto que sea ofrecido para enarbolar respuestas a nuestra gente.
Sufre la Patria, se resiente la nación, se lamenta nuestro pueblo, cada vez que esa perversa clase de políticos miméticos sale a la palestra pública a servir de espectáculo. Para algo sirven éstos: para entretener a un pueblo que pernocta en la pobreza, el hambre y el desempleo rampante. Razón tiene el bardo cuando escribía “Cuartos de la gente pobre, cuartos donde no entra el sol, porque el sol es aristocrático”.
Son miles de miles los cuartos de la gente pobre en nuestra nación: en ellos, si se desayuna no se almuerza y si se almuerza no se cena, o tal vez ni una ni la otra cosa. Hay fiebre en la manta de los panameños. Hay angustia en el rostro de nuestro pueblo. Una fiesta de centenario de nuestra República, enhorabuena, los alegró por breves instantes; pasado el jolgorio tiene el pueblo panameño que volverse a mirar en el mismo espejo: el de la necesidad inclemente e inmisericorde; en el de la patética y cruda realidad del fogón que nada luce en sus tres piedras o de la fría estufa que no enciende por falta de gas...
Panamá necesita y clama por hombres sinceros; no egoístas ni envidiosos; hombres y mujeres que se identifiquen con nuestro pueblo, que lo sepan leer, interpretar, traducir, comprender, aliviar, así sea para darle un conejo de amigo. La Patria requiere hombres de apólogos y no de milesias.
Los políticos milésicos deben ser echados del altar de la Patria; a donde quiera que se asomen habrá que lanzarles el agua caliente de la censura y el desprecio. ¡Tanto daño han causado a nuestro pueblo esos políticos de baja temperatura humanística y de un decadente sentido social! A todos esos políticos, los mentirosos e hipócritas, falsos y perversos, el pueblo panameño debe exhibirlos en el areópago de la Justicia Social y pronunciar en contra de ellos un veredicto de: ¡No pasarán!
(stekrakri@hotmail.com)
Palabras que abundan, que nada dicen, superficiales, abstractas, plagadas de entuertos filosóficos; de promesas que jamás se cumplirán; expresiones indecorosas, ofensivas, denigrantes, largas oraciones huecas de contenidos, etc., connotan el discurso de nuestros políticos. Pobre retórica amorfa de sinceridad.
Los mismos no tienen propósitos bien definidos; están carentes de metas y de métodos. Hacen presentaciones amorfas y en ellas resaltan la nota de la mediocridad que grita un paupérrimo singular. Se creen sabedores de todo: ciencia, homilética, peripatética, matemáticas, astrología, adivinación, astronomía, psicología, parapsicología, etc. Son tanto disuasivos como persuasivos para terminar engañándose a sí mismos, pues queda claro que con semejante jerga política ya nadie les cree, absolutamente, nada.
El pueblo panameño, a los tales, ni les regala ni presta atención. La indiferencia es la muestra más palpable del menosprecio que nuestra gente les profesa a los políticos de poca monta.
Son verdaderamente fabulosos nuestros políticos. Pero no en el sentido del apólogo, sino en la significación de la milesia. Es decir, no hay mensaje ni enseñanza alguno de reivindicación de la Patria; de restablecimiento de la moral de la nación; de reintegración del orden y de la autoridad; de fortalecimiento de nuestra identidad nacional y de ciudadanos; de colaboración con las grandes mayorías marginadas del progreso y desarrollo social; de querer enrumbar al país por caminos de prosperidad igual para todos; de hacer justicia a los pobres y marginados; de adecentar la administración pública; de llevar pan y abrigo a cientos de miles de panameños que padecen hambre, angustia y persecución; de permitir igualdad de oportunidades y de participación en el desarrollo de la nación; de adecentar la administración de justicia, etc.
Los políticos saben muy bien instrumentar los discursos sobre estas materias de manera muy fabulosa. En dos o tres minutos de asombrosa verborrea resuelven el problema del hambre y del desempleo; en dos más ya han puesto a todos los desempleados del país a trabajar; y ya, en el epílogo de sus intervenciones, han ubicado al país en el más alto nivel de desarrollo. ¡Ilusos! ¡Ingratos!, ¡Injustos!, para con un pueblo que anhela mejores días y mejores años de vida; para con toda una nación que anda en búsqueda permanente de paz y de estabilidad.
Nuestros discursantes están huérfanos de planes y de programas; improvisan las soluciones que dicen tener para los atosigantes problemas que vive la Patria. Así, pues, apuestan a favor de la improvisación, de la respuesta sacada al momento y no hay un método claro y concreto que sea ofrecido para enarbolar respuestas a nuestra gente.
Sufre la Patria, se resiente la nación, se lamenta nuestro pueblo, cada vez que esa perversa clase de políticos miméticos sale a la palestra pública a servir de espectáculo. Para algo sirven éstos: para entretener a un pueblo que pernocta en la pobreza, el hambre y el desempleo rampante. Razón tiene el bardo cuando escribía “Cuartos de la gente pobre, cuartos donde no entra el sol, porque el sol es aristocrático”.
Son miles de miles los cuartos de la gente pobre en nuestra nación: en ellos, si se desayuna no se almuerza y si se almuerza no se cena, o tal vez ni una ni la otra cosa. Hay fiebre en la manta de los panameños. Hay angustia en el rostro de nuestro pueblo. Una fiesta de centenario de nuestra República, enhorabuena, los alegró por breves instantes; pasado el jolgorio tiene el pueblo panameño que volverse a mirar en el mismo espejo: el de la necesidad inclemente e inmisericorde; en el de la patética y cruda realidad del fogón que nada luce en sus tres piedras o de la fría estufa que no enciende por falta de gas...
Panamá necesita y clama por hombres sinceros; no egoístas ni envidiosos; hombres y mujeres que se identifiquen con nuestro pueblo, que lo sepan leer, interpretar, traducir, comprender, aliviar, así sea para darle un conejo de amigo. La Patria requiere hombres de apólogos y no de milesias.
Los políticos milésicos deben ser echados del altar de la Patria; a donde quiera que se asomen habrá que lanzarles el agua caliente de la censura y el desprecio. ¡Tanto daño han causado a nuestro pueblo esos políticos de baja temperatura humanística y de un decadente sentido social! A todos esos políticos, los mentirosos e hipócritas, falsos y perversos, el pueblo panameño debe exhibirlos en el areópago de la Justicia Social y pronunciar en contra de ellos un veredicto de: ¡No pasarán!
(stekrakri@hotmail.com)