Finalmente... quién
Finalmente ha llegado la hora de la verdad. Los partidos virtuales que han surgido de la sombra de los reales, tendrán que demostrar con votos, el valor tangible que poseen, en relación a lo que han expresado que representan y al pedazo del pastel al que aspiran. Los pseudodirigentes y precandidatos que se creían los imprescindibles, van a tener que respaldar sus poses histriónicas con papeletas electorales.
En fin, todo el esfuerzo físico, económico e intelectual que han desarrollado los miles de candidatos a los diferentes puestos de elección, dentro de pocos días será sopesado por el soberano, para decidir quién lo va a gobernar por los próximos cinco años. Es en este momento en el que todo político debe pensar, cuando aislado de los problemas del hombre común a veces puede creerse que él está por encima de la voluntad popular. Son en estas cifras en las que los estrategas iluminados, deben elucubrar permanentemente para reconocer que del 100% de los votos ciudadanos en este nuestro país, el 60% pertenecen a la clase baja, el 30% a la media y solo el 10% a la alta. Y es precisamente por esta simple y mezquina razón matemática, si no tuviésemos otra, que todo cuanto haga un candidato o un gobernante, deberá realizarse para satisfacer las necesidades de los sectores mayoritarios del electorado, pues son ellos quienes aportarán los votos el día de las elecciones. Porque hace ya mucho tiempo que el pueblo sí sabe que es lo que quiere y que dejó de ser manipulado por sus dirigentes para el beneficio de unos cuantos.
Alberto Vallarino sin lugar a dudas en su discurso representa una alternativa de lo que podría ser beneficioso para el pueblo, solo que por sus antecedentes y trayectoria personal pareciera, que tan solo se trata de un producto elaborado para un marketing electoral. Todavía recuerdo a la figura principal de su plan de gobierno, cuando se le escapó sin querer, la frase de que estaban pensando privatizar incluso toda la vía interamericana. Dios nos encuentre confesados.
Mireya Moscoso a pesar de todo el impacto emocional que concita en los sectores más pobres de nuestra sociedad, todavía no logra despojarse de una carga de odio, revancha, amargura y persecución que obnubila su propuesta y que definitivamente dividiría a la sociedad panameña, cansada ya de tanto enfrentamiento, en los que al final de cuentas, los que siempre salen perjudicados son los que no tienen compadres y no poseen cuentas bancarias de seis cifras.
Mi candidato es en consecuencia Martín Torrijos. Pero un Martín sin ataduras con las propuestas descarnadas neoliberales, con el suficiente valor una vez electo presidente, para poner en su lugar a quienes se han olvidado de lo que significa el torrijismo. Que no es paternalismo iluso y caduco, como alegan algunos desmemoriados, sino liderazgo comprometido con los que menos tienen, a través de un proceso de consulta permanente y participación de toda la comunidad organizada.
Cualquiera podrá formular planes, programas y proyectos que prometerán la panacea a todos los males de la nación, pero el panameño objetivo sabe porque lo vivió, que nunca antes en este país, los que venimos del caño de Barraza o de los villorrios de los llanos, los montes y la selva, habíamos tenido la más remota posibilidad de llenar el sentido de nuestras vidas, si no hubiese sido por la oportunidad que se nos brindó durante el proceso conducido por Omar Torrijos Herrera. Toda la infraestructura de desarrollo que se generó durante este periodo no nos deja mentir. El área canalera que revertirá el próximo 31 de diciembre por un valor de miles de millones de dólares, es una expresión elocuente de sus logros. Es decir, el torrijismo expresado a nivel político por el PRD ha sido el motor permanente del desarrollo en nuestro país y reconocemos que su trayectoria la deberemos mejorar bajo la conducción de Martín en los albores del tercer milenio, para que apunte sin duda alguna hacia las soluciones integrales que espera impaciente el pueblo panameño.
En fin, todo el esfuerzo físico, económico e intelectual que han desarrollado los miles de candidatos a los diferentes puestos de elección, dentro de pocos días será sopesado por el soberano, para decidir quién lo va a gobernar por los próximos cinco años. Es en este momento en el que todo político debe pensar, cuando aislado de los problemas del hombre común a veces puede creerse que él está por encima de la voluntad popular. Son en estas cifras en las que los estrategas iluminados, deben elucubrar permanentemente para reconocer que del 100% de los votos ciudadanos en este nuestro país, el 60% pertenecen a la clase baja, el 30% a la media y solo el 10% a la alta. Y es precisamente por esta simple y mezquina razón matemática, si no tuviésemos otra, que todo cuanto haga un candidato o un gobernante, deberá realizarse para satisfacer las necesidades de los sectores mayoritarios del electorado, pues son ellos quienes aportarán los votos el día de las elecciones. Porque hace ya mucho tiempo que el pueblo sí sabe que es lo que quiere y que dejó de ser manipulado por sus dirigentes para el beneficio de unos cuantos.
Alberto Vallarino sin lugar a dudas en su discurso representa una alternativa de lo que podría ser beneficioso para el pueblo, solo que por sus antecedentes y trayectoria personal pareciera, que tan solo se trata de un producto elaborado para un marketing electoral. Todavía recuerdo a la figura principal de su plan de gobierno, cuando se le escapó sin querer, la frase de que estaban pensando privatizar incluso toda la vía interamericana. Dios nos encuentre confesados.
Mireya Moscoso a pesar de todo el impacto emocional que concita en los sectores más pobres de nuestra sociedad, todavía no logra despojarse de una carga de odio, revancha, amargura y persecución que obnubila su propuesta y que definitivamente dividiría a la sociedad panameña, cansada ya de tanto enfrentamiento, en los que al final de cuentas, los que siempre salen perjudicados son los que no tienen compadres y no poseen cuentas bancarias de seis cifras.
Mi candidato es en consecuencia Martín Torrijos. Pero un Martín sin ataduras con las propuestas descarnadas neoliberales, con el suficiente valor una vez electo presidente, para poner en su lugar a quienes se han olvidado de lo que significa el torrijismo. Que no es paternalismo iluso y caduco, como alegan algunos desmemoriados, sino liderazgo comprometido con los que menos tienen, a través de un proceso de consulta permanente y participación de toda la comunidad organizada.
Cualquiera podrá formular planes, programas y proyectos que prometerán la panacea a todos los males de la nación, pero el panameño objetivo sabe porque lo vivió, que nunca antes en este país, los que venimos del caño de Barraza o de los villorrios de los llanos, los montes y la selva, habíamos tenido la más remota posibilidad de llenar el sentido de nuestras vidas, si no hubiese sido por la oportunidad que se nos brindó durante el proceso conducido por Omar Torrijos Herrera. Toda la infraestructura de desarrollo que se generó durante este periodo no nos deja mentir. El área canalera que revertirá el próximo 31 de diciembre por un valor de miles de millones de dólares, es una expresión elocuente de sus logros. Es decir, el torrijismo expresado a nivel político por el PRD ha sido el motor permanente del desarrollo en nuestro país y reconocemos que su trayectoria la deberemos mejorar bajo la conducción de Martín en los albores del tercer milenio, para que apunte sin duda alguna hacia las soluciones integrales que espera impaciente el pueblo panameño.