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Financiamiento global en crisis


 

A lo largo de las décadas el FMI y el Banco Mundial han cambiado. Si bien fueron fundados bajo ideas que apuntaban a manejar las fallas del mercado y reconocían la necesidad de la intervención estatal para crear empleo (concepciones keynesianas); se volvió cada vez más reacio a esas intervenciones estatales y más proclives a medidas de mercado clásicas.

El FMI pasó a identificarse con las ideas del Consenso de Washington.

Todo gobierno que requiere la ayuda del FMI está condicionado a cumplir las políticas ?sugeridas? por la institución, que pueden resumirse en tres puntos: equilibrio fiscal, liberalización comercial y financiera, y privatizaciones.

En este sentido, sucesivos presidentes del FMI han señalado que los países subdesarrollados no alcanzarán al primer mundo ?sin sufrimiento?. Esas medidas y ese sufrimiento giraron alrededor de una obsesión en el control inflacionario, en las privatizaciones y la liberalización de los mercados. La teoría que siempre se alentó fue que el crecimiento económico era primero y luego la sostenibilidad social vendría sola. Finalmente, el crecimiento económico genera beneficios que ?gotean? o ?chorrean? hacia los más pobres.

Sin embargo, el tiempo no les ha dado la razón y el crecimiento por sí mismo no ha beneficiado a los más necesitados. En particular, en América Central los países se han endeudado y la desigualdad persiste. Todo esto ha provocado que cada vez más países estén adoptando medidas activas para revertir tal situación, muchas de las cuales están alejadas de las recetas del Fondo.

Algunos han cancelado sus deudas con el FMI, y más allá de compartirse o no ese proceder, lo cierto es que lo han hecho buscando desprenderse de esas ?condicionalidades? y de las misiones de inspección. En el camino de la reversión Brasil y Argentina cancelaron todas sus deudas con el organismo.

Todo lo anterior se ha reflejado en una caída de ingresos por concepto de intereses, que ha sido calculada en una pérdida de unos 1800 millones de dólares entre 2005 y 2006 que tiende a seguir reduciéndose.

Cada vez más los países en desarrollo recurren a otras fuentes de crédito; entre ellos, los cuatro más grandes China, Indonesia, México y Brasil. Parece que definitivamente se reduce la influencia del FMI preso de baja capacidad resolutiva de realizar una autocrítica durante los últimos quince años de su gestión. Ante esta crisis quizás los Centroamericanos debíamos fundar un Banco Centroamericano para el Desarrollo y realizar alianzas con la iniciativa del Banco del Sur promovidas por los países de Suramérica como estrategia para hacerle contrapeso a esta crisis evidente del financiamiento global para el desarrollo.

101 años de Panamá América

 
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