Fracasos y añoranzas militaristas
Al alcalde de la capital, su pariente, el canciller, le pidió, hace poco, que no hablara de política exterior y que se concentrara en aprender a recoger la basura que nos sigue ahogando, no importa que paguemos la tasa más alta del mundo. Pero el infrascrito, que padece lo que se conoce como “el síndrome agudo de la figuración”, en lugar de seguir el consejo de su familiar y tratar de superar su fracaso, ha vuelto a las andadas, con su propuesta de aplicar penas máximas a los menores acusados de homicidio.
En síntesis, lo que el señor de marras propone, de manera insensata, es que a los menores se les condene igual que a los mayores de edad. Qué importa que en el mundo entero, especialistas y estudiosos de todas las formas de la conducta humana hayan luchado para que se creara una jurisdicción especial de menores, basada en el hecho, científicamente comprobado, de que ellos, por su inmadurez, no tienen las mismas capacidades y el discernimiento de los adultos.
La reclusión de los delincuentes, sean estos mayores o menores, siempre debiera servir para lograr su reinserción útil a la sociedad. Pero en el caso de los menores adolescentes, que todavía están en edad escolar, debe ponerse especial énfasis en ayudarlos a completar su formación física, intelectual y emocional, ofreciéndoles la oportunidad de alcanzar, como mínimo, el nivel de educación secundaria.
El flamante alcalde no lo sabe, y tampoco le preocupa averiguar, que en Panamá no existe un solo centro de rehabilitación de menores delincuentes, que se ocupe de aquellos que presentan los cuadros más agudos de marginación. Muchos de ellos son analfabetos o apenas cursaron los primeros grados de la escuela primaria; nunca han conocido un hogar o han vivido desde muy pequeños luchando desesperadamente por sobrevivir.
Los menores de edad no se convierten en delincuentes de un día para otro, sino que son el producto de un proceso de degeneración que nadie se preocupó de interrumpir cuando todavía era tiempo. Olvidarse de ese hecho, comprobado, una y mil veces, y pretender resolver la delincuencia de menores mediante aumento de las penas, para que vayan a cárceles de adultos y terminen de formarse en esas universidades del crimen, no es solamente muestra de ignorancia, también es una suprema irresponsabilidad y una evasión de la culpa que le cabe a la sociedad en su conjunto, pero principalmente a autoridades como el alcalde Navarro, que de esa manera tratan de tapar su incompetencia.
Para de verdad enfrentar el problema, es necesario adoptar y poner en práctica una política que incluya acciones que vayan al fondo de esa tragedia humana que a todos debiera avergonzarnos. Convoquemos a las personas, a los especialistas y a las entidades que, con más visión que las cortas luces del alcalde, puedan contribuir a la solución integral del problema; y, exijamos que los gobernantes de turno y los que aspiran a serlo se comprometan a tomar acciones serias y responsables.
Y como si fueran poco las “brillantes ocurrencias” del alcalde, la última perla de “la patria nueva” la aporta el director del Sistema Penitenciario. Sus últimas declaraciones, pletóricas de añoranzas militaristas y de burlas y sarcasmos para evadir su responsabilidad por las infrahumanas condiciones y la corrupción rampante que existen en las cárceles panameñas, aconsejan que su inmediata destitución sea una de las primeras medidas para comenzar, seriamente, a combatir la delincuencia en nuestro país.