Frente a la crisis: La unidad nacional
En los momentos de graves crisis, los gobiernos en el pasado han buscado un consenso nacional para poderlos superar. El presidente José Antonio Remón, para citar un caso, convocó a una reunión de "notables" con la inclusión en ella de estadistas de la talla de los doctores Harmodio Arias y Ricardo J. Alfaro, abiertos opositores de su régimen, para establecer una estrategia nacional sobre cómo conducir las negociaciones con los Estados Unidos, que culminaron exitosamente con el Tratado Remón-Eisenhower. Ernesto De la Guardia Jr. y Roberto F. Chiari, por situaciones distintas, pero también de innegable trascendencia para el país, buscaron el respaldo de todos los grupos políticos, cívicos y, sobre todo, de las mentalidades más destacadas de nuestra sociedad para enfrentarse a la crisis de gravedad que exigían la unidad de los panameños.
Hoy nos encontramos en una situación de extremo peligro. Son muy alarmantes las acciones bélicas que se vienen dando, cada vez con mayor intensidad, en la frontera con Colombia. Sobre el problema limítrofe se han hecho públicos muchos puntos de vista y criterios, muy bien intencionados, pero no se ha llegado a diseñar una estrategia nacional que tenga el respaldo colectivo.
Mucho se habla que el Plan Colombia es un "asunto de los colombianos", que la guerrilla "es un problema interno del mismo país" y así, por el estilo, otros comentarios similares. El "Plan Colombia" queramos o no ya tiene -aún antes de perfeccionarse- una injerencia en nuestro país y el terrorismo amenaza no sólo la tranquilidad de nuestra área fronteriza sino la de todos los otros países colindantes.
Es ilógico pensar que nuestros policías, por más pertrechos de guerra que les demos, puedan combatir a esas fuerzas irregulares (guerrillas o paramilitares) que el ejército colombiano, uno de los mejores del continente, no ha podido tener éxito en una lucha que lleva muchos años. Ante esta situación imperante se impone, como único camino, la diplomacia. Hay que ejercerla con inteligencia y habilidad en la OEA, en la ONU y en reuniones con los países afectados: Brasil, Venezuela, Ecuador y Perú.
Es necesario también en estos momentos de gran inestabilidad hemisférica que tengamos una política clara y definida con los Estados Unidos. Esta se caracteriza desde hace un par de años por las contradicciones y la falta o el aparente desinterés de buscar un acomodo en la relación con el país del norte. En estos momentos, por ejemplo, en que los Estados Unidos están enfrascados en una lucha política entre los demócratas, que buscan permanecer en el poder con el Sr. Al Gore, y los republicanos que aspiran a mantener una mayoría parlamentaria y llegar también a la presidencia con el gobernador George Bush, los países se cuidan mucho en los planteamientos que hacen y sus problemas con esa nación, esperan la llegada a la "Casa Blanca" del nuevo mandatario para planteárselos. Nosotros, rompiendo esa política de "aguardar el mejor momento", acusamos en un foro internacional, las Naciones Unidas, a la nación norteña de incumplir con la limpieza de los polígonos sin haberse agotado las negociaciones bilaterales. Por más que nos asista la razón, como es el caso que nos ocupa, hay ocasiones en las que la paciencia debe imponerse. Si los Estados Unidos no hubieran cumplido con los Tratados Torrijos Carter se justificarían nuestras denuncias en todos los organismos internacionales, pero si cumplieron con los mismos, como lo aceptan aún los más enconados adversarios de esos tratado, debemos tener la madurez necesaria para establecer una relación realista, respetuosa y que conjugue los mejores intereses de ambas naciones.
La falta de una política nueva con los Estados Unidos pareciera que es influenciada por algunos pequeños grupos que no lo ven como un país amigo sino todo lo contrario, como un enemigo. Estas personas que se mueven muy ágilmente en los círculos periodísticos y políticos se inspiran en los obsoletos criterios de un nacionalismo carente de todo sentido. Los tiempos aquellos de "Yankee go home" ya pasaron. Debemos, por consiguiente, adoptar una política coherente basada en la realidad del mundo actual.
El momento es propicio para que, en una unidad, el talento de los panameños, logre establecer estrategias que minimicen los aspectos negativos que para nuestro país tienen los problemas internos de Colombia y también para que podamos a la vez establecer con los Estados Unidos una nueva política basada en los intereses no sólo estratégicos, sino comerciales de los dos países.
Hoy nos encontramos en una situación de extremo peligro. Son muy alarmantes las acciones bélicas que se vienen dando, cada vez con mayor intensidad, en la frontera con Colombia. Sobre el problema limítrofe se han hecho públicos muchos puntos de vista y criterios, muy bien intencionados, pero no se ha llegado a diseñar una estrategia nacional que tenga el respaldo colectivo.
Mucho se habla que el Plan Colombia es un "asunto de los colombianos", que la guerrilla "es un problema interno del mismo país" y así, por el estilo, otros comentarios similares. El "Plan Colombia" queramos o no ya tiene -aún antes de perfeccionarse- una injerencia en nuestro país y el terrorismo amenaza no sólo la tranquilidad de nuestra área fronteriza sino la de todos los otros países colindantes.
Es ilógico pensar que nuestros policías, por más pertrechos de guerra que les demos, puedan combatir a esas fuerzas irregulares (guerrillas o paramilitares) que el ejército colombiano, uno de los mejores del continente, no ha podido tener éxito en una lucha que lleva muchos años. Ante esta situación imperante se impone, como único camino, la diplomacia. Hay que ejercerla con inteligencia y habilidad en la OEA, en la ONU y en reuniones con los países afectados: Brasil, Venezuela, Ecuador y Perú.
Es necesario también en estos momentos de gran inestabilidad hemisférica que tengamos una política clara y definida con los Estados Unidos. Esta se caracteriza desde hace un par de años por las contradicciones y la falta o el aparente desinterés de buscar un acomodo en la relación con el país del norte. En estos momentos, por ejemplo, en que los Estados Unidos están enfrascados en una lucha política entre los demócratas, que buscan permanecer en el poder con el Sr. Al Gore, y los republicanos que aspiran a mantener una mayoría parlamentaria y llegar también a la presidencia con el gobernador George Bush, los países se cuidan mucho en los planteamientos que hacen y sus problemas con esa nación, esperan la llegada a la "Casa Blanca" del nuevo mandatario para planteárselos. Nosotros, rompiendo esa política de "aguardar el mejor momento", acusamos en un foro internacional, las Naciones Unidas, a la nación norteña de incumplir con la limpieza de los polígonos sin haberse agotado las negociaciones bilaterales. Por más que nos asista la razón, como es el caso que nos ocupa, hay ocasiones en las que la paciencia debe imponerse. Si los Estados Unidos no hubieran cumplido con los Tratados Torrijos Carter se justificarían nuestras denuncias en todos los organismos internacionales, pero si cumplieron con los mismos, como lo aceptan aún los más enconados adversarios de esos tratado, debemos tener la madurez necesaria para establecer una relación realista, respetuosa y que conjugue los mejores intereses de ambas naciones.
La falta de una política nueva con los Estados Unidos pareciera que es influenciada por algunos pequeños grupos que no lo ven como un país amigo sino todo lo contrario, como un enemigo. Estas personas que se mueven muy ágilmente en los círculos periodísticos y políticos se inspiran en los obsoletos criterios de un nacionalismo carente de todo sentido. Los tiempos aquellos de "Yankee go home" ya pasaron. Debemos, por consiguiente, adoptar una política coherente basada en la realidad del mundo actual.
El momento es propicio para que, en una unidad, el talento de los panameños, logre establecer estrategias que minimicen los aspectos negativos que para nuestro país tienen los problemas internos de Colombia y también para que podamos a la vez establecer con los Estados Unidos una nueva política basada en los intereses no sólo estratégicos, sino comerciales de los dos países.