default

Fujimori-Montesinos: siameses del poder


Extrañas químicas personales combina el poder político. El presidente y el asesor suelen formar asociaciones humanas triunfales. Mientras dura el ejercicio victorioso del poder, ellos se necesitan uno al otro. Pero en el fondo se atraen y se repelen, se enganchan y se desgreñan, y acaban encelándose y crucificándose mutuamente porque, al final de cuentas, el asesor se llega a sentir superior al asesorado y éste concluye monospreciándolo.
En cincuenta años de política peruana, el general Manuel Odría y su hombre fuerte Alejandro Esparza Zañartu, y el general Juan Velasco Alvarado y el sociólogo Carlos Delgado formaron ciertos tipos de alianzas políticas de orden personal. Odría dormía tranquilo gracias a que Esparza tenía presos a los opositores o los había despachado al destierro, hasta que la revolución de Arequipa dio al traste con el hombre fuerte, de pronto reducido a sembrador de aguacates. Velasco Alvarado, analfabeto ideológico, siguió puntillosamente el asesoramiento de Carlos Delgado, un ex - aprista sobrecargado de complejos y rencores que llevó al militar al desacierto de armar un aparato de intermediación política de corte fascistoide para intentar el reemplazo de los partidos.
De todas esas amalgamas políticas peruanas pocas tan extrañas y extravagantes como la de Fujimori y Montesinos. Uno, oriental por las dos sábanas, sin raíces peruanas históricas, prolijo como una costurera y astuto como un criollo del barrio popular, La Victoria, donde dio sus primeros pasos, pero, en sus entretelas, hermético y solitario. El otro, un ex - capitán expulsado del ejército, abogado de clientela sospechosa, ávido de borrar el estigma castrense que lo mantuvo por muchos años en las sombras y de rehabilitarse con grandes, implacables dosis de un poder que cultivaba en las tinieblas del servicio de inteligencia, con cámara escondida, chuponeo de teléfonos, y fajos de dólares a profusión, en una mezcolanza folklórica de Fouché y Beria aderezada no con foie grass o caviar sino con rocoto relleno de las picanterías de Arequipa.
Estos dos seres, desconfiados por ancestro e instinto de supervivencia, se juntaron en algún momento crucial de sus vidas privadas en condición de cliente y abogado. Luego, estos hombres solitarios y taciturnos, que nunca habían estado en política, se unieron para formar el más tenebroso cogobierno personal de la historia del Perú hasta que un videocassette puso fin a su imperio.
Por lo común los juegos de poder resultan comedias de equivocaciones.
Uno le dijo al otro que hiciera lo que quisiera porque el ejército lo respaldaba. Golpe de Estado, parlamento disuelto, poder judicial a la venta, en la orgía anticonstitucional de l992. Más adelante, el asesor le aseguró al asesorado que podían continuar en el poder todo el tiempo que deseara. Creían tener bajo su control a las fuerzas armadas, al Parlamento, al Jurado Nacional de Elecciones, al Poder Judicial, a la televisión privada, al Ministerio Público, a todos, a todos. Que el asesorado se dedicara a recorrer el país todos los días, ataviado con poncho en la sierra, con plumas y flechas en la selva, con sombrero jipijapa en la costa, regalando computadoras en los pueblos sin luz. Que el asesor protegería su seguridad, acosando a los adversarios, intimidándolos con la oficina de impuestos, escuchando las conversaciones telefónicas ajenas, grabando en vídeos las situaciones comprometedoras, ascendiendo a generales a sus amigos y mandando al retiro o al destierro a los oficiales no confiables, condenando a cadena perpetua a los terroristas y sus colaboradores, exterminando a los emerretistas, arrebatando canales de televisión, hurgando en papeles privados, fisgando como un voyeur permisivo y morboso.
Toda esa parafernalia suministró esas fachadas impresionantes que los totalitarios confunden con poder, ciudades Potemkine de escenografía apócrifa, diluida en la distancia en espejismos de fortaleza real.
Súcubos e íncubos, siameses enganchados en órganos vitales, gemelos en los que uno fingía tener todo el control y el otro todos los secretos de la alquimia de la eternidad política. Uno pretendía ser un ajedrecista del poder. El otro, un nigromante con poderes taumatúrgicos para convertir a los enemigos más recalcitrantes en dóciles fujimoristas de un día para otro, mediante un pase mágico de billetes verdes. Así se engañaron unos a otros. Así embaucaron durante diez años a cierta gente que los creyó infalibles, siendo titiriteros de la legua. Así fueron engañados ellos mismos por traficantes de esperanzas, comerciantes de quincallería, intelectuales mercenarios y vendedores de cebo de culebra disfrazados de legisladores.
De pronto se ve que lo que creían realidad no era otra cosa que televisión virtual.
Los tanques eran de esponja; los fusiles de papier- maché.
El poder no era poder hacer lo que me venga en gana.
El asesor terminó encarcelado en su propia cárcel, minotauro perdido en su laberinto.
El asesorado advirtió con tardanza que el asesor era su hermano siamés y éste lo arrastró en su caída.
Todo se evaporó de un día para otro, poco a poco, sin dejar huella.
Y el Perú volvió a la normalidad.

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América