Fujimori, ¡presidente!
En política hay que andar con cautela. Los caídos de hoy, bien pueden encumbrarse mañana y viceversa. La historia está llena de ejemplos. Todavía no olvidamos cuando, tras el último golpe de estado contra el mandatario venezolano, Hugo Chávez, el gobierno panameño se apresuró a declarar que no le daría asilo. Horas después, estaba de regreso al poder; y nuestro país, con un incómodo desaguisado diplomático.
Alberto Fujimori fue dos veces presidente de Perú, pero al intentar su tercera reelección tuvo que dimitir, en medio de escándalos de corrupción y manifestaciones populares que le forzaron a abandonar el país. Su mano derecha, Vladimiro Montesinos, gestor de la lucha que exterminó la insurgencia de Sendero Luminoso y otros grupos radicales de izquierda, había sido enviado al exilio; a Panamá en primer término.
Ante la indefinición panameña de otorgarle asilo oficial, Montesinos y sus colaboradores abandonaron el país con rumbo desconocido, sólo para ser descubierto en Venezuela y enviados de vuelta a su país, para ser enjuiciados por el nuevo gobierno de Alejandro Toledo, quien había sucedido a Fujimori en elecciones que tuvieron lugar luego de la salida de éste de Perú.
Lo ocurrido después es historia presente. Montesinos sigue preso, sin que se le haya podido demostrar uno solo de los más graves cargos que se le formulaban, casi todos referentes a excesos incurridos por las fuerzas de seguridad, supuestamente bajo su mando, en la lucha contra las guerrillas. De pronto, pasó de héroe a villano; y de alguien a quien se le dispensaba temporal refugio en nuestro país, a perseguido, incluso por nosotros mismos. Pero no sería extraordinario, como van las cosas, verlo de vuelta a sus tareas en tiempos de la lucha antiterrorista. Nadie sabe.
Y el gobierno de Toledo, que tanto prometió y nada hizo, ha visto retroceder todos los índices económicos y sociales de tiempos de Fujimori, a tal extremo que los peruanos empiezan a añorar los viejos tiempos. Encuestas recientes indican que Fujimori encabeza la intención de voto de sus compatriotas con 18.4% seguido por el líder opositor populista del APRA, Alan García, con 17.8%. Paralelamente, el presidente Toledo se ubica a la cabeza de los más impopulares mandatarios del continente. No es absurdo pensar que Fujimori, que aún tiene una cuota de poder significativa en el parlamento peruano, pueda volver a las alturas.
El caso de Fujimori, Ríos Mont y otros, ilustra el actual desencanto popular con las democracias electoralistas, aquellas que sólo se manifiestan cada cuatro o cinco años en las urnas y campañas partidistas. Pero que son meros instrumentos de ejercicio egoísta del poder por una casta de burócratas y plutócratas de las arcas estatales que sólo se sirve de ellas, y que nada piensa en bien de las mayorías.
Alberto Fujimori fue dos veces presidente de Perú, pero al intentar su tercera reelección tuvo que dimitir, en medio de escándalos de corrupción y manifestaciones populares que le forzaron a abandonar el país. Su mano derecha, Vladimiro Montesinos, gestor de la lucha que exterminó la insurgencia de Sendero Luminoso y otros grupos radicales de izquierda, había sido enviado al exilio; a Panamá en primer término.
Ante la indefinición panameña de otorgarle asilo oficial, Montesinos y sus colaboradores abandonaron el país con rumbo desconocido, sólo para ser descubierto en Venezuela y enviados de vuelta a su país, para ser enjuiciados por el nuevo gobierno de Alejandro Toledo, quien había sucedido a Fujimori en elecciones que tuvieron lugar luego de la salida de éste de Perú.
Lo ocurrido después es historia presente. Montesinos sigue preso, sin que se le haya podido demostrar uno solo de los más graves cargos que se le formulaban, casi todos referentes a excesos incurridos por las fuerzas de seguridad, supuestamente bajo su mando, en la lucha contra las guerrillas. De pronto, pasó de héroe a villano; y de alguien a quien se le dispensaba temporal refugio en nuestro país, a perseguido, incluso por nosotros mismos. Pero no sería extraordinario, como van las cosas, verlo de vuelta a sus tareas en tiempos de la lucha antiterrorista. Nadie sabe.
Y el gobierno de Toledo, que tanto prometió y nada hizo, ha visto retroceder todos los índices económicos y sociales de tiempos de Fujimori, a tal extremo que los peruanos empiezan a añorar los viejos tiempos. Encuestas recientes indican que Fujimori encabeza la intención de voto de sus compatriotas con 18.4% seguido por el líder opositor populista del APRA, Alan García, con 17.8%. Paralelamente, el presidente Toledo se ubica a la cabeza de los más impopulares mandatarios del continente. No es absurdo pensar que Fujimori, que aún tiene una cuota de poder significativa en el parlamento peruano, pueda volver a las alturas.
El caso de Fujimori, Ríos Mont y otros, ilustra el actual desencanto popular con las democracias electoralistas, aquellas que sólo se manifiestan cada cuatro o cinco años en las urnas y campañas partidistas. Pero que son meros instrumentos de ejercicio egoísta del poder por una casta de burócratas y plutócratas de las arcas estatales que sólo se sirve de ellas, y que nada piensa en bien de las mayorías.