Fundador sois Ignacio...
ASÍ COMIENZA uno de los himnos, o la marcha triunfalista que difundieron entre nosotros los padres jesuitas oriundos de las regiones vascas que prestaron sus mejores servicios pastorales en gran parte del siglo XX, tanto en Panamá como en Centroamérica.
Efectivamente, como todas las familias relgiosas, órdenes, congregaciones, comunidades religiosas organizadas que invierten sus mejores talentos espirituales y materiales en nuestro medio, periódicamente, hacen memoria de sus fundadores o inspiradores ideológicos en forma patente con una celebración o convocación de sus amistades en fechas concretas.
Por supuesto que todos tenemos como único y verdadero fundador a Nuestro Señor Jesucristo Resucitado, tras él es hacia donde nos llevan o nos deben llevar estos fundadores y sus mensajes.
Hoy, 30 de julio, se ha querido fusionar una triple conmemoración jesuitica, los 450 años de la muerte de Ignacio de Loyola, y los 500 del natalicio de Francisco Javier y del Beato Pierre Favre, como se dice "per modum unius". La invitación es abierta para colectivamente ofrecer al Señor una acción de gracias por todos los beneficios que a través de estos varones hemos recibido.
Obviamente, dentro de la Orden existe mucha bibliografía sobre la vida de San Ignacio, como también espontáneas oraciones y comentarios particulares, algunos llenos de reflexiones personales, muchas veces interesantes.
Un biógrafo famoso es el Padre Pedro Ribadeneyra, quien fue discípulo inmediato de Ignacio y al cual le dirige una oración muy al estilo de la época, que hoy vale la pena por curiosidad y en un afán de ubicar al fundador en sitiales elevados.
Su oración reza así: "¡Oh Padre mío dulcísimo, Sacerdote santo, Confesor ilustre, Capitán esforzado, fiel ministro de Dios y Glorioso Patriarca de tantos hijos! Oh Ignacio amabilísimo, gloria de nuestro siglo, ornamento de nuestra religión, escudo y tutela de la Iglesia católica, que propagasteis por Vos y por vuestros hijos y no cesais todavía de propagar y defender! Padre a quien entre los demás amigos y escogidos de Dios venera mi alma con particular obsequio y amor, y en quien después de la Santísima Virgen María madre Dios y del Angel de mi guarda, tengo puesta singularmente mi esperanza, a Vos me acojo, a vos dirijo mis clamores y postrado a vuestros pies, humildemente imploro vuestro favor y ayuda en este valle de lágrimas, y en el abismo de mis pecados y miserias".
"Alma santa, volved los ojos de vuestra piedad hacia esta alma pecadora. Mirad benignamente Padre dulcísimo, a este inútil e imperfectísimo hijo vuestro; y pues ya estais seguro en el puerto, acordaos de los que van aún navegando entre mil peligros por este mar borrascoso, y pues os alcanzasteis la palma de la victoria, socorred a vuestros soldados, que siempre están expuestos a tantos dardos enemigos y se ven cercados por todas partes".
La oración sí tiene alguna característica es su longitud y su inconfundible cariño por el fundador presentándole en la oración las peticiones que él juzgaba necesitaba y necesita la Institución, pidiendo perdón por los pecados, fortaleza "para tolerar con invencible fortaleza, todos los golpes de la pobreza, desnudez, penitencia y rigor, todos los asaltos de las persecuciones, angustias, trabajos, peligros, dolores, injurias y afrentas que durante todo el tiempo de vuestra vida sufristeis por amor suyo, os pido interpongais vuestro valimiento para que el Señor, que todo os sacó victorioso, me perdone todos los defectos de mi sensualidad y flaqueza, y que desde hoy levante mi espíritu de la tierra en que yace tristemente hundido, le comunique tal fortaleza, que de algún modo pueda yo imitaros y seguir vuestras huellas".
Sentimientos similares circulan por nuestras vidas en la actualidad implorando a Dios, nosotros hoy las mismas o mejoradas peticiones por el bien espiritual de este grupo incansable de varones que, cada uno a su manera, se dedica a la evangelización del pueblo de Dios. Felicidades en estas conmemoraciones, compañeros.
Ese es el timbre de su grandeza, su enseñanza pese a la sucesión de las eras históricas.
Efectivamente, como todas las familias relgiosas, órdenes, congregaciones, comunidades religiosas organizadas que invierten sus mejores talentos espirituales y materiales en nuestro medio, periódicamente, hacen memoria de sus fundadores o inspiradores ideológicos en forma patente con una celebración o convocación de sus amistades en fechas concretas.
Por supuesto que todos tenemos como único y verdadero fundador a Nuestro Señor Jesucristo Resucitado, tras él es hacia donde nos llevan o nos deben llevar estos fundadores y sus mensajes.
Hoy, 30 de julio, se ha querido fusionar una triple conmemoración jesuitica, los 450 años de la muerte de Ignacio de Loyola, y los 500 del natalicio de Francisco Javier y del Beato Pierre Favre, como se dice "per modum unius". La invitación es abierta para colectivamente ofrecer al Señor una acción de gracias por todos los beneficios que a través de estos varones hemos recibido.
Obviamente, dentro de la Orden existe mucha bibliografía sobre la vida de San Ignacio, como también espontáneas oraciones y comentarios particulares, algunos llenos de reflexiones personales, muchas veces interesantes.
Un biógrafo famoso es el Padre Pedro Ribadeneyra, quien fue discípulo inmediato de Ignacio y al cual le dirige una oración muy al estilo de la época, que hoy vale la pena por curiosidad y en un afán de ubicar al fundador en sitiales elevados.
Su oración reza así: "¡Oh Padre mío dulcísimo, Sacerdote santo, Confesor ilustre, Capitán esforzado, fiel ministro de Dios y Glorioso Patriarca de tantos hijos! Oh Ignacio amabilísimo, gloria de nuestro siglo, ornamento de nuestra religión, escudo y tutela de la Iglesia católica, que propagasteis por Vos y por vuestros hijos y no cesais todavía de propagar y defender! Padre a quien entre los demás amigos y escogidos de Dios venera mi alma con particular obsequio y amor, y en quien después de la Santísima Virgen María madre Dios y del Angel de mi guarda, tengo puesta singularmente mi esperanza, a Vos me acojo, a vos dirijo mis clamores y postrado a vuestros pies, humildemente imploro vuestro favor y ayuda en este valle de lágrimas, y en el abismo de mis pecados y miserias".
"Alma santa, volved los ojos de vuestra piedad hacia esta alma pecadora. Mirad benignamente Padre dulcísimo, a este inútil e imperfectísimo hijo vuestro; y pues ya estais seguro en el puerto, acordaos de los que van aún navegando entre mil peligros por este mar borrascoso, y pues os alcanzasteis la palma de la victoria, socorred a vuestros soldados, que siempre están expuestos a tantos dardos enemigos y se ven cercados por todas partes".
La oración sí tiene alguna característica es su longitud y su inconfundible cariño por el fundador presentándole en la oración las peticiones que él juzgaba necesitaba y necesita la Institución, pidiendo perdón por los pecados, fortaleza "para tolerar con invencible fortaleza, todos los golpes de la pobreza, desnudez, penitencia y rigor, todos los asaltos de las persecuciones, angustias, trabajos, peligros, dolores, injurias y afrentas que durante todo el tiempo de vuestra vida sufristeis por amor suyo, os pido interpongais vuestro valimiento para que el Señor, que todo os sacó victorioso, me perdone todos los defectos de mi sensualidad y flaqueza, y que desde hoy levante mi espíritu de la tierra en que yace tristemente hundido, le comunique tal fortaleza, que de algún modo pueda yo imitaros y seguir vuestras huellas".
Sentimientos similares circulan por nuestras vidas en la actualidad implorando a Dios, nosotros hoy las mismas o mejoradas peticiones por el bien espiritual de este grupo incansable de varones que, cada uno a su manera, se dedica a la evangelización del pueblo de Dios. Felicidades en estas conmemoraciones, compañeros.
Ese es el timbre de su grandeza, su enseñanza pese a la sucesión de las eras históricas.