Fundamento para una Constituyente
Frente a la relativa indiferencia e ineptitud de los partidos que integran la alianza del próximo gobierno, de dotarse de una mayoría que les permita pasar sus leyes, se ha tejido todo tipo de conjeturas sobre la posibilidad de que tal obedezca a una estrategia que tenga por objeto llamar a una Constituyente.
Algunos hablan de esa alternativa como si se tratara de una fórmula de uso corriente, para cada vez que un presidente no logra aglutinar una mayoría a su favor dentro del Legislativo. Nada más fuera de la realidad. Las Constituyentes deben surgir como fórmula de salida a graves crisis estructurales y no por desequilibrios coyunturales de la correlación de fuerzas políticas en un momento dado.
El vicerrector de la Universidad de Panamá, Rolando Murgas, avezado político y académico, ha dicho que las Constituyentes deben surgir de un consenso nacional, producto del acuerdo entre las distintas fuerzas políticas y de la sociedad civil.
A los comentarios de Murgas agregaríamos que, siendo la elaboración de una nueva Constitución la función por excelencia de una constituyente, su convocatoria, tiene que ser producto de una irreconciliable fractura entre la realidad social y política con la Carta Magna que establece las reglas básicas de convivencia y la estructura del poder público.
Admitimos que en la realidad nacional, la Constitución actual requiere de una revisión integral, quizás a través de una Constituyente. Pero este elemento por sí solo no es suficiente para convocarla. Se requiere para eso del consenso nacional de que habla Murgas, el cual excluye todo elemento de imposición de una mayoría momentánea o relativa sobre una minoría circustancial que, cuando voltee la torta, no tendrá tampoco escrúpulos para deshacer lo andado, iniciando un ciclo sin fin.
Las Constituciones como ley fundamental que son, deben mantenerse lo más estables posibles; y sería un error editar aquí los errores de ciertas naciones latinoamericanas, que creen que dotándose de una nueva Constitución cada vez, van a ser menos pobres y borrar de un plumazo sus ancestrales problemas sociales y políticos. En este aspecto, como en otros, "la enfermedad no está en las sábanas" y el papel aunque aguante todo, muchas veces, nada soluciona.
Hay que meditar pues muy profundamente antes de llamar al poder originario de una Constituyente, cuya fuerza es tal que puede disolver todos los poderes e imponerse a sí misma como mandataria suprema, provocando males peores que los que se pretende solucionar, antes de dictar una Constitución que no necesariamente será mejor. Si hemos de enfrentarnos a esa disyuntiva como nación, ello ha de hacerse producto de un acuerdo nacional, no por imposición ni arrebato aventurero de unos pocos.
Algunos hablan de esa alternativa como si se tratara de una fórmula de uso corriente, para cada vez que un presidente no logra aglutinar una mayoría a su favor dentro del Legislativo. Nada más fuera de la realidad. Las Constituyentes deben surgir como fórmula de salida a graves crisis estructurales y no por desequilibrios coyunturales de la correlación de fuerzas políticas en un momento dado.
El vicerrector de la Universidad de Panamá, Rolando Murgas, avezado político y académico, ha dicho que las Constituyentes deben surgir de un consenso nacional, producto del acuerdo entre las distintas fuerzas políticas y de la sociedad civil.
A los comentarios de Murgas agregaríamos que, siendo la elaboración de una nueva Constitución la función por excelencia de una constituyente, su convocatoria, tiene que ser producto de una irreconciliable fractura entre la realidad social y política con la Carta Magna que establece las reglas básicas de convivencia y la estructura del poder público.
Admitimos que en la realidad nacional, la Constitución actual requiere de una revisión integral, quizás a través de una Constituyente. Pero este elemento por sí solo no es suficiente para convocarla. Se requiere para eso del consenso nacional de que habla Murgas, el cual excluye todo elemento de imposición de una mayoría momentánea o relativa sobre una minoría circustancial que, cuando voltee la torta, no tendrá tampoco escrúpulos para deshacer lo andado, iniciando un ciclo sin fin.
Las Constituciones como ley fundamental que son, deben mantenerse lo más estables posibles; y sería un error editar aquí los errores de ciertas naciones latinoamericanas, que creen que dotándose de una nueva Constitución cada vez, van a ser menos pobres y borrar de un plumazo sus ancestrales problemas sociales y políticos. En este aspecto, como en otros, "la enfermedad no está en las sábanas" y el papel aunque aguante todo, muchas veces, nada soluciona.
Hay que meditar pues muy profundamente antes de llamar al poder originario de una Constituyente, cuya fuerza es tal que puede disolver todos los poderes e imponerse a sí misma como mandataria suprema, provocando males peores que los que se pretende solucionar, antes de dictar una Constitución que no necesariamente será mejor. Si hemos de enfrentarnos a esa disyuntiva como nación, ello ha de hacerse producto de un acuerdo nacional, no por imposición ni arrebato aventurero de unos pocos.