Fútbol y Latinoamericanismo
En medio del actual campeonato mundial que se desarrolla en Francia, hacemos un alto para meditar cómo un deporte de masas e intensas pasiones como el que nos ocupa, es capaz de despertar el sentimiento de unidad entre las naciones al sur del Río Grande.
En las últimas décadas, Europa ha estado haciendo un encomiable esfuerzo en favor de la integración de sus distintos países. Obviamente, no es fácil superar siglos de historia que enseñan y recuerdan todo los contrario. Las guerras y los odios han sido la tónica en el Viejo Continente. Pero pese a ello, hoy han convenido en un vasto mercado y moneda común, al tiempo que ejecutan iniciativas para lograr que en dos o tres generaciones sus ciudadanos piensen más como europeos que como nacionales de sus países.
Pese a ello, la realidad deportiva es que los europeos, en el actual campeonato, no sienten por los equipos de su continente, la misma solidaridad que un latinoamericano cualquiera por los oncenos de Brasil, Argentina, México u otro cualquiera de este hemisferio, excluyendo a Canadá y Estados Unidos.
Un panameño, costarricense o peruano, vibrará con las victorias de Colombia o los goles de un Batistuta o un Ronaldo cualquiera, con tal de que sea originario de Latinoamérica; y a la inversa se dolerá con sus derrotas. Sin embargo, ese mismo sentimiento de solidaridad continental no está presente entre las naciones de Asia, Africa, Europa u Oriente Medio.
Las causas pueden ser variada, entre ellas, el compartir un mismo origen histórico, una misma religión e idiomas y haber sido liberados por los mismos héroes o bajo las mismas espadas, ideas y doctrinas.
Ciertamente, hemos guerreado ocasionalmente entre nosotros; pero nunca con las secuelas generacionales e históricas de los europeos, asiáticos, africanos y árabes. No importa lo intensa que hayan sido la guerra del Chaco entre Paraguay y sus vecinos o la guerra del Fútbol entre El Salvador y Honduras. Por estas latitudes muy pocas veces quedan heridas profundas que no sanen con el tiempo, en un par de generaciones, y hasta con algunas buenas canciones.
En cualquier caso, acá la tarea de integración continental debiera ser menos difícil que en otras partes, con tal de que soslayemos las pequeñas cosas que nos separan, que de ningún modo son mayores y más abundantes que las muchas que nos unen.
Es cuestión de aprovechar ese mismo sentimiento integrador y de espontánea solidaridad que nos contagia a los 300 millones de latinoamericanos cada cuatro años alrededor de una cancha de fútbol, para reconducirlo hacia otras grandes tareas, económicas, políticas y sociales, llámese ALCA, MERCOSUR, Pacto Andino, o lo que fuere. Superemos pues los pequeños egoísmos y nacionalismos retrógados, y pensemos en una patria más grande, en un continente unido en pos de mejores metas y resuelto a enfrentar las grandes retos del siglo venidero.
En las últimas décadas, Europa ha estado haciendo un encomiable esfuerzo en favor de la integración de sus distintos países. Obviamente, no es fácil superar siglos de historia que enseñan y recuerdan todo los contrario. Las guerras y los odios han sido la tónica en el Viejo Continente. Pero pese a ello, hoy han convenido en un vasto mercado y moneda común, al tiempo que ejecutan iniciativas para lograr que en dos o tres generaciones sus ciudadanos piensen más como europeos que como nacionales de sus países.
Pese a ello, la realidad deportiva es que los europeos, en el actual campeonato, no sienten por los equipos de su continente, la misma solidaridad que un latinoamericano cualquiera por los oncenos de Brasil, Argentina, México u otro cualquiera de este hemisferio, excluyendo a Canadá y Estados Unidos.
Un panameño, costarricense o peruano, vibrará con las victorias de Colombia o los goles de un Batistuta o un Ronaldo cualquiera, con tal de que sea originario de Latinoamérica; y a la inversa se dolerá con sus derrotas. Sin embargo, ese mismo sentimiento de solidaridad continental no está presente entre las naciones de Asia, Africa, Europa u Oriente Medio.
Las causas pueden ser variada, entre ellas, el compartir un mismo origen histórico, una misma religión e idiomas y haber sido liberados por los mismos héroes o bajo las mismas espadas, ideas y doctrinas.
Ciertamente, hemos guerreado ocasionalmente entre nosotros; pero nunca con las secuelas generacionales e históricas de los europeos, asiáticos, africanos y árabes. No importa lo intensa que hayan sido la guerra del Chaco entre Paraguay y sus vecinos o la guerra del Fútbol entre El Salvador y Honduras. Por estas latitudes muy pocas veces quedan heridas profundas que no sanen con el tiempo, en un par de generaciones, y hasta con algunas buenas canciones.
En cualquier caso, acá la tarea de integración continental debiera ser menos difícil que en otras partes, con tal de que soslayemos las pequeñas cosas que nos separan, que de ningún modo son mayores y más abundantes que las muchas que nos unen.
Es cuestión de aprovechar ese mismo sentimiento integrador y de espontánea solidaridad que nos contagia a los 300 millones de latinoamericanos cada cuatro años alrededor de una cancha de fútbol, para reconducirlo hacia otras grandes tareas, económicas, políticas y sociales, llámese ALCA, MERCOSUR, Pacto Andino, o lo que fuere. Superemos pues los pequeños egoísmos y nacionalismos retrógados, y pensemos en una patria más grande, en un continente unido en pos de mejores metas y resuelto a enfrentar las grandes retos del siglo venidero.