Futuro de Clinton pende de un hilo
Washington-En pocos días se decidirá la suerte de William Jefferson Clinton, impugnado por el Congreso por perjurio y obstrucción de la Justicia. En esta capital, sin embargo, la apuesta es que una vez más el mandatario saldrá victorioso en lo que ha sido una vida personal y política llena de adversidades.
Tanto los legisladores como el público, pasando por las encuestas de opinión, se expresan convencidos que lo mejor para la nacion sería que el juicio que el Senado deberá iniciar el 11 de este mes no demore más que unos diez días y se limite a una censura.
Lo que las vistas de la Cámara dejaron en claro es que si la reputación de Clinton quedó permanentemente manchada, el Congreso no salió mejor parado.
En la opinión pública, ninguno de los cargos justifican la destitución del mandatario. Tampoco que su política centrista merece los descarnados ataques de los ultraconservadores que lo critican por inmoral, pero en el fondo no le perdonan sus políticas antiracistas y tolerantes hacia el aborto.
No obstante, a pesar de todos sus traspiés personales, Clinton continúa siendo alabado, tanto entre sus adeptos como entre sus críticos, por su extraordinaria habilidad política, su inteligencia y un talento genial para superar los contratiempos, que en su mayoría han sido creados por el mismo.
Esta opinión tan generalizada peca por negar lo obvio: que por lo menos en el curso de 1998 Clinton ha sido consistente en tomar decisiones "que oscilan entre malas y pésimas", como acierta uno de sus tradicionales defensores, el popular comentarista Mark Shields, de la red de televisión educacional, PBS.
Shields se limita a los errores de juicio que el mandatario ha demostrado en el juego político interno, especialmente en la calidad de asesoramiento que solicitó en los momentos más difíciles al estallar el escándalo de sus encuentros con Monica Lewinsky.
Por ejemplo, para la estupefacción de muchos de sus admiradores, el primero que se enteró del affaire fue Dick Morris, un mercenario político que entró en la Casa Blanca como "estratega" en el manejo de la opinión pública y con quien el mandatario entabló una intimidad que los mexicanos llamarían "como uña y mugre".
Algunos políticos consideran probable que el presidente ganó la elección gracias a la estrategia de Morris, que le llevó a lanzar una campaña esencialmente personalista sin prestar mayor atención ni a la plataforma Demócrata ni a las críticas de los Republicanos. No obstante, asombra el continuo acceso que Morris goza en la Casa Blanca aún después de que le sustrajeron sus credenciales oficiales tras el escándalo que se produjo al publicar la prensa que el "estratega político" hablaba por teléfono con el presidente mientras recibía una prostituta en su hotel.
Pero también existen razones para considerar que otro error de juicio, quizás más grave, ha sido la escasa atención que Clinton prestó a la política exterior, especialmente en su primer periodo, precisamente cuando se esperaba que Estados Unidos, tras el colapso de la Unión Soviética, jugaría un papel decisivo en la consolidación de lo que su predecesor, George Bush, anticipó como el "nuevo orden mundial".
Quizás porque Clinton goza de una enorme simpatía entre los líderes de Latinoamérica, pocos han reflexionado si la cúpula de su gobierno realmente presta debida atención a la política hemisférica que proclama con tanta elocuencia y sentimiento en las Cumbres de las Américas y en algunas ceremonias en la Casa Blanca.
En repetidas ocasiones funcionarios del departamento de Estado confiaban en privado que si los asesores inmediatos del presidente prestarían más atención a Latinoamérica algunas diferencias, como las que surgieron con Panamá sobre el Centro Multilateral Antidrogas podrían haberse superado o, dilatado conflictos como en el caso del diferendo limítrofe entre Ecuador y Perú, podrían haberse resuelto con mas premura.
Nada de esto parece haber disminuido la continua popularidad de Clinton en el resto del hemisferio. Esto se vio en una declaración típica del sentimiento de muchos líderes de la región cuando el presidente Carlos Saúl Menem de Argentina declaró a este corresponsal que la renuncia o deposición de Clinton "sería una desgracia" para Latinoamérica.
Cuando en las recientes semanas se perfilaba una política más activa hacia la región, algunos observadores de la política exterior que califican a Clinton de "pragmático por excelencia" atribuyeron gestos como el próximo viaje a México y Centroamérica a la influencia de la creciente comunidad "latina" en la política doméstica de Estados Unidos, constatada en las recientes elecciones de California, Florida y Texas.
Es quizás sintomático de un incipiente clima de aislacionismo que en cierto modo aflige al país, que la mayoría de las críticas vertidas por los más importante comentaristas políticos del país apuntan tan sólo al daño que Clinton y sus críticos de la derecha conservadora del Congreso están infligiendo al clima político de Estados Unidos con el affaire Lewinsky.
Sólo raras veces se registran voces conservadoras pero internacionalistas como la de A. M. Rosenthal el columnista del New York Times o Helle Berling, la directora de la página editorial del Washington Times, que aseveran que para terminar esta crisis interna que estaría debilitando el liderazgo que Estados Unidos sería mejor que Clinton renunciara.
Por otro lado, el prestigioso diario londinense Financial Times estima que el hecho de que Clinton aún pueda permanecer en el poder gozando de una gran popularidad y con la oportunidad de implementar "una importante agenda política" en 1999, "ofrece una poderosa demostración de la inherente fortaleza y estabilidad de las instituciones estadounidenses".
Tanto los legisladores como el público, pasando por las encuestas de opinión, se expresan convencidos que lo mejor para la nacion sería que el juicio que el Senado deberá iniciar el 11 de este mes no demore más que unos diez días y se limite a una censura.
Lo que las vistas de la Cámara dejaron en claro es que si la reputación de Clinton quedó permanentemente manchada, el Congreso no salió mejor parado.
En la opinión pública, ninguno de los cargos justifican la destitución del mandatario. Tampoco que su política centrista merece los descarnados ataques de los ultraconservadores que lo critican por inmoral, pero en el fondo no le perdonan sus políticas antiracistas y tolerantes hacia el aborto.
No obstante, a pesar de todos sus traspiés personales, Clinton continúa siendo alabado, tanto entre sus adeptos como entre sus críticos, por su extraordinaria habilidad política, su inteligencia y un talento genial para superar los contratiempos, que en su mayoría han sido creados por el mismo.
Esta opinión tan generalizada peca por negar lo obvio: que por lo menos en el curso de 1998 Clinton ha sido consistente en tomar decisiones "que oscilan entre malas y pésimas", como acierta uno de sus tradicionales defensores, el popular comentarista Mark Shields, de la red de televisión educacional, PBS.
Shields se limita a los errores de juicio que el mandatario ha demostrado en el juego político interno, especialmente en la calidad de asesoramiento que solicitó en los momentos más difíciles al estallar el escándalo de sus encuentros con Monica Lewinsky.
Por ejemplo, para la estupefacción de muchos de sus admiradores, el primero que se enteró del affaire fue Dick Morris, un mercenario político que entró en la Casa Blanca como "estratega" en el manejo de la opinión pública y con quien el mandatario entabló una intimidad que los mexicanos llamarían "como uña y mugre".
Algunos políticos consideran probable que el presidente ganó la elección gracias a la estrategia de Morris, que le llevó a lanzar una campaña esencialmente personalista sin prestar mayor atención ni a la plataforma Demócrata ni a las críticas de los Republicanos. No obstante, asombra el continuo acceso que Morris goza en la Casa Blanca aún después de que le sustrajeron sus credenciales oficiales tras el escándalo que se produjo al publicar la prensa que el "estratega político" hablaba por teléfono con el presidente mientras recibía una prostituta en su hotel.
Pero también existen razones para considerar que otro error de juicio, quizás más grave, ha sido la escasa atención que Clinton prestó a la política exterior, especialmente en su primer periodo, precisamente cuando se esperaba que Estados Unidos, tras el colapso de la Unión Soviética, jugaría un papel decisivo en la consolidación de lo que su predecesor, George Bush, anticipó como el "nuevo orden mundial".
Quizás porque Clinton goza de una enorme simpatía entre los líderes de Latinoamérica, pocos han reflexionado si la cúpula de su gobierno realmente presta debida atención a la política hemisférica que proclama con tanta elocuencia y sentimiento en las Cumbres de las Américas y en algunas ceremonias en la Casa Blanca.
En repetidas ocasiones funcionarios del departamento de Estado confiaban en privado que si los asesores inmediatos del presidente prestarían más atención a Latinoamérica algunas diferencias, como las que surgieron con Panamá sobre el Centro Multilateral Antidrogas podrían haberse superado o, dilatado conflictos como en el caso del diferendo limítrofe entre Ecuador y Perú, podrían haberse resuelto con mas premura.
Nada de esto parece haber disminuido la continua popularidad de Clinton en el resto del hemisferio. Esto se vio en una declaración típica del sentimiento de muchos líderes de la región cuando el presidente Carlos Saúl Menem de Argentina declaró a este corresponsal que la renuncia o deposición de Clinton "sería una desgracia" para Latinoamérica.
Cuando en las recientes semanas se perfilaba una política más activa hacia la región, algunos observadores de la política exterior que califican a Clinton de "pragmático por excelencia" atribuyeron gestos como el próximo viaje a México y Centroamérica a la influencia de la creciente comunidad "latina" en la política doméstica de Estados Unidos, constatada en las recientes elecciones de California, Florida y Texas.
Es quizás sintomático de un incipiente clima de aislacionismo que en cierto modo aflige al país, que la mayoría de las críticas vertidas por los más importante comentaristas políticos del país apuntan tan sólo al daño que Clinton y sus críticos de la derecha conservadora del Congreso están infligiendo al clima político de Estados Unidos con el affaire Lewinsky.
Sólo raras veces se registran voces conservadoras pero internacionalistas como la de A. M. Rosenthal el columnista del New York Times o Helle Berling, la directora de la página editorial del Washington Times, que aseveran que para terminar esta crisis interna que estaría debilitando el liderazgo que Estados Unidos sería mejor que Clinton renunciara.
Por otro lado, el prestigioso diario londinense Financial Times estima que el hecho de que Clinton aún pueda permanecer en el poder gozando de una gran popularidad y con la oportunidad de implementar "una importante agenda política" en 1999, "ofrece una poderosa demostración de la inherente fortaleza y estabilidad de las instituciones estadounidenses".