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Futuro del Canal, problema más financiero que técnico


Hace varias semanas publiqué, en la muy leída sección "Opinión", un artículo que titulé "Nuestra posición geográfica, el mayor recurso", con el cual contradecía lo que sostenían muchos colaboradores del Panamá América, que consistía en defender la tesis de que nuestro país debe llevar a cabo, al más breve plazo posible, los estudios necesarios para ejecutar la ampliación o modernización del Canal de Panamá, más allá de lo que calificaba como razonable, que no es otra cosa que tomar en cuenta para cumplir este objetivo, la magnitud de la inversión requerida, la que en mi concepto y en el de muchos más de nuestros compatriotas debe financiarse con los recursos propios generados como resultado de la operación de la vía interocéanica, ahora bajo nuestra exclusiva jurisdicción, dejando así de lado los publicitados proyectos como el "Tercer Juego de Esclusas", y peor aún la eventual construcción de un canal a nivel, dado que a pesar de que pudieran cubrirse con fondos públicos adicionales, ello llevaría a poner como se dice en el argot popular, todos los huevos en una misma canasta, desviando la atención del Estado por varias décadas de la solución de problemas prioritarios de todo orden, que nuestro país debe resolver si aspiramos siquiera a mejorar el nivel del subdesarrollo en que nos encontramos sumidos, desde la fundación de la República.
Sin tratar de pecar de inmodesto, mi artículo anterior ha provocado como reacción creo yo, una inesperada epidemia de recientes publicaciones, incluyendo un editorial de este diario, con las cuales se continúan insistiendo en lo que califico como paradigma mental; o sea, que el futuro del país está ligado indefectiblemente al del canal que cruza a través de la garganta más estrecha del continente americano, para unir los dos más grandes océanos del mundo, y que por ende, su destino manifiesto continuará unido, en forma directa, al comercio marítimo mundial que dio origen al lema de nuestro escudo "Pro Mundo Beneficio".
Considero, y lo repito nuevamente, que ya es tiempo de borrar de nuestras mentes este prejuicio histórico, para reemplazarlo por una visión diferente de "Panamá para los panameños", que consiste en sacarle el mayor provecho posible, además del canal a nuestra privilegiada posición geográfica hacia la que continuarán convergiendo las principales corrientes mundiales del intercambio comercial.
Es por ello que he decidido volver a saltar a la palestra pública, a fin de tratar de frenar en algo, si se puede, este movimiento auspiciado por los que propugnan por un canal capaz de permitir el tránsito de barcos de mayor calado que los denonimados Panamax, sosteniendo a favor de sus argumentos sólo aspectos de orden técnico, según ellos los verdaderamente importantes, como lo he señalado son los de carácter económico los de verdad trascendentes, para definir la factibilidad real de lo proyectado.
Lo que llama la atención y genera una genuina preocupación por parte de aquellos a los que sólo les interesa del futuro de la Nación, y por ende de sus habitantes, es que por lo menos hasta ahora ninguno de los articulistas que defienden, a capa y espada, la postura de ampliar el canal por exigirlo así el comercio marítimo mundial, han demostrado con cifras inequívocas que las mejoras propuestas pueden ser redituadas con los ingresos del mismo canal, mediante el aún hipotético mayor tránsito a través de él, producto del incremento del tonelaje anual que se ha anticipado por motivo de su mayor capacidad, y un posible aumento en los peajes, tolerado por los usuarios, que no produzca un desequilibrio económico desastroso, entre el uso de la ruta canalera para acortar distancias, y otras opciones menos onerosas, que no impongan al tamaño de los barcos límite alguno.
Conviene recordar que aún con el proyectado Tercer Juego de Esclusas, éstas tendrán una capacidad finita, y que tanto esta potencial alternativa como la del canal sin ellas, se convertirían en una especie de Espada de Damocles, pendiendo sobre el destino de nuestro país, en consideración a los inciertos problemas ecológicos que su ejecución podría crear, en un período no muy lejano, por no contar todavía con respuestas confiables de cómo enfrentarlos con éxito, y qué costo adicional representaría darles solución.
Dediquémonos entonces a demostrar, con guarismos económicos irrefutables, que las soluciones propuestas son las más convenientes a los intereses nacionales, para así tener la autoridad moral con qué defenderlas, de cara a la opinión pública, aunque algunos hayan llegado a la osadía de alegar que la decisión final que se adopte, sobre este controversial y delicado tema, no es necesario llevarla al conocimiento del pueblo panameño, para que sea éste quien, al final de cuentas, se pronuncie al respecto, vía la respectiva consulta nacional.

101 años de Panamá América

 
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