Garantías del delincuente y el policía
N o hace mucho, en Colorado, Estados Unidos, un policía fue muerto y otro herido, a manos de un delincuente que abrió fuego antes que se le hiciera una requisa. Enseguida se desató una verdadera cacería para dar con el responsable. Seguramente hasta los maleantes ayudaron a dar con aquel de los suyos que había violado una de las más sagradas reglas no escritas del bajo mundo: "Jamás te metas con un policía". A los pocos días, el asesino cayó abatido por agentes policiales. Se abrió una investigación por Asuntos Internos. Nada tenía en particular la muerte del delincuente que cayó disparando, de no ser porque le metieron 84 tiros. Cada uno de los que intervinieron en el tiroteo fue interrogado y, en especial uno de ellos llamó la atención por su sinceridad. Le preguntaron: ¿Por qué 84 tiros? Contestó: Porque no había más balas. Ningún agente fue encausado, ni acusado de excesos.
En Panamá nos hemos ido al otro extremo, y los delincuentes lo saben. Las leyes son tan tolerantes, permisivas y protectoras de los criminales, que propician la impunidad y el delito. En cualquier asalto, robo o secuestro a mano armada, en la que alguien resulta herido o muerto, es más probable que caiga enjuiciado y preso un policía que un delincuente; y las garantías de que gozan los últimos son máximas, y las los agentes del orden ninguna.