Género y generación
Está de moda el tema del género en la especie humana. No se trata meramente de saber si uno es macho o hembra o alguna otra cosa, sino de toda una agenda con puntos válidos y perversas tergiversaciones.
Es válida la toma de conciencia de la injusta discriminación entre varones y mujeres y la lucha por poner sus derechos y vocación en igualdad de plano. Pero es absurdo el no discriminar (hacer ver y valer las verdaderas diferencias) entre la masculinidad y la feminidad, entre sus diversas funciones y especializaciones naturales. Es perverso el separar la generación de vida nueva y diferenciada, enriquecida y desarrollada, de la realidad del género por medio del cual surge esa nueva vida.
La realidad del género está profunda e insoslayablemente inscrita en la genealogía humana, en su realidad más profunda y significativa. La reproducción sexual -que se originó hace 1.2 millardos de años, después de 2.8 millardos de años de evolución asexual- es un sine qua non en la evolución de los seres más complejos y está revestida de características que definen la misma naturaleza humana. Podemos ver esto desde la perspectiva biológica o la sociológica o la psicológica o muchas otras. Examinémosla desde la perspectiva de la tradición judeocristiana.
La Escritura nos dice que, al hacer al hombre, Dios dijo: "Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como nuestra semejanza..." Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, macho y hembra los creó. Y bedíjolos Dios, y díjoles Dios: "Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla..."
Y en otra narración dice lo mismo de distinta manera. "No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada." Y formando a una mujer del costado del hombre se la presentó, y el hombre exclamó: "Ésta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Esta será llamada Ishá (mujer) porque del Ish (hombre) ha sido tomada. Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer..."
Esta antiquísima reflexión sobre la naturaleza humana comprende que la sexualidad del hombre tiene una relación íntima con la naturaleza divina y entiende la reproducción como mandato divino. También reconoce la inherente igualdad del hombre y su hembra al darle su propio nombre -que luego del pecado será cambiado a Eva como desenlace del rompimiento de la naturaleza causada por ese pecado-. A la misma vez prevé la futura sanación de esa ruptura entre la humanidad y el mundo al ser vencido el pecado por un descendiente de la mujer.
La insistencia de cierto feminismo en acentuar la discordia entre los géneros, insistiendo en una exagerada visión de los abusos de una "sociedad patriarcal" y promoviendo cambios en nuestro idioma, introduciendo formas que remarcan las diferencias en contraposición a la inclusividad tradicional -"ellos y ellas", "hermanos y hermanas", etc. en vez de "ellos" y "hermanos"- va en contra de esta prometida reivindicación de la igualdad original cumplida en Jesucristo y asequible por la gracia de Dios. En vez de enfatizar las diferencias y promover la ruptura entre los géneros, lo que necesitamos hacer es recalcar la intrínseca unidad y fortalecerla con los necesarios cambios de actitud.
No necesitamos extender la lucha de clase con sus odios y rencores a una lucha entre los sexos motivada en irracionales envidias y tristes resentimientos.
Como muestra de esta perversa tendencia está el divorcio entre la realidad del género y su consecuente generación.
El género está en función de la generación. Ese feminismo radical que considera su naturaleza femenina una intolerable esclavitud al útero, y el natural fruto de la unión entre el hombre y la mujer como una invasión de "su" cuerpo por una criatura extraña, es una clara perversión de la naturaleza humana.
Esa tendencia exalta a la mujer independiente, genitalmente "liberada", dedicada a triunfar en el campo "de los hombres" y despreciando las funciones inherentes a su feminidad. Típico de ellas es la "chica Cosmopólitan" ajena a la maternidad, la virginidad y el matrimonio.
Frente a esa visión está la que considera a la mujer como una sola carne con el hombre, compañera fuerte y digna que comparte plenamente la dignidad de una humanidad que hace visible el amor, la fidelidad y la fecundidad divina en el lazo matrimonial, primer y natural sacramento que hace visible la racional relacionalidad inherente a la divinidad.
Es válida la toma de conciencia de la injusta discriminación entre varones y mujeres y la lucha por poner sus derechos y vocación en igualdad de plano. Pero es absurdo el no discriminar (hacer ver y valer las verdaderas diferencias) entre la masculinidad y la feminidad, entre sus diversas funciones y especializaciones naturales. Es perverso el separar la generación de vida nueva y diferenciada, enriquecida y desarrollada, de la realidad del género por medio del cual surge esa nueva vida.
La realidad del género está profunda e insoslayablemente inscrita en la genealogía humana, en su realidad más profunda y significativa. La reproducción sexual -que se originó hace 1.2 millardos de años, después de 2.8 millardos de años de evolución asexual- es un sine qua non en la evolución de los seres más complejos y está revestida de características que definen la misma naturaleza humana. Podemos ver esto desde la perspectiva biológica o la sociológica o la psicológica o muchas otras. Examinémosla desde la perspectiva de la tradición judeocristiana.
La Escritura nos dice que, al hacer al hombre, Dios dijo: "Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como nuestra semejanza..." Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, macho y hembra los creó. Y bedíjolos Dios, y díjoles Dios: "Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla..."
Y en otra narración dice lo mismo de distinta manera. "No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada." Y formando a una mujer del costado del hombre se la presentó, y el hombre exclamó: "Ésta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Esta será llamada Ishá (mujer) porque del Ish (hombre) ha sido tomada. Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer..."
Esta antiquísima reflexión sobre la naturaleza humana comprende que la sexualidad del hombre tiene una relación íntima con la naturaleza divina y entiende la reproducción como mandato divino. También reconoce la inherente igualdad del hombre y su hembra al darle su propio nombre -que luego del pecado será cambiado a Eva como desenlace del rompimiento de la naturaleza causada por ese pecado-. A la misma vez prevé la futura sanación de esa ruptura entre la humanidad y el mundo al ser vencido el pecado por un descendiente de la mujer.
La insistencia de cierto feminismo en acentuar la discordia entre los géneros, insistiendo en una exagerada visión de los abusos de una "sociedad patriarcal" y promoviendo cambios en nuestro idioma, introduciendo formas que remarcan las diferencias en contraposición a la inclusividad tradicional -"ellos y ellas", "hermanos y hermanas", etc. en vez de "ellos" y "hermanos"- va en contra de esta prometida reivindicación de la igualdad original cumplida en Jesucristo y asequible por la gracia de Dios. En vez de enfatizar las diferencias y promover la ruptura entre los géneros, lo que necesitamos hacer es recalcar la intrínseca unidad y fortalecerla con los necesarios cambios de actitud.
No necesitamos extender la lucha de clase con sus odios y rencores a una lucha entre los sexos motivada en irracionales envidias y tristes resentimientos.
Como muestra de esta perversa tendencia está el divorcio entre la realidad del género y su consecuente generación.
El género está en función de la generación. Ese feminismo radical que considera su naturaleza femenina una intolerable esclavitud al útero, y el natural fruto de la unión entre el hombre y la mujer como una invasión de "su" cuerpo por una criatura extraña, es una clara perversión de la naturaleza humana.
Esa tendencia exalta a la mujer independiente, genitalmente "liberada", dedicada a triunfar en el campo "de los hombres" y despreciando las funciones inherentes a su feminidad. Típico de ellas es la "chica Cosmopólitan" ajena a la maternidad, la virginidad y el matrimonio.
Frente a esa visión está la que considera a la mujer como una sola carne con el hombre, compañera fuerte y digna que comparte plenamente la dignidad de una humanidad que hace visible el amor, la fidelidad y la fecundidad divina en el lazo matrimonial, primer y natural sacramento que hace visible la racional relacionalidad inherente a la divinidad.