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Genio y figura


Llevados de la mano por el que ya es amigo de esta columna Mario Cicala de los años 1700s, seguimos viéndonos en el espejo de los años en un pantallazo ilustrativo de las cualidades y defectos que él observaba en el panameño corriente y sin pretender discutir su objetividad ya que hasta el momento, se presenta como admirador de las múltiples cualidades del panameño que él describe. Me imagino que en un afán de balancear sus simpatías también hace señalamientos sobre aspectos que a él los califica como defectos.
"De los vicios dominantes en aquella ciudad. Los vicios dominantes en aquella ciudad son pocos (¿?), en relación los de otras ciudades. En la gente plebeya y especialmente en los negros, reina y domina la embriaguez del aguardiente de caña de azúcar, antes de darle el punto y la consistencia de miel se pone en ciertas vasijas hechas de cuero de toro o vaca, en las que se deja fermentar durante dos, tres y cuatro días y cuanto más fermenta más adquiere la acidez y fuerza y pierde dulzura, aunque sea una bebida sabrosa y refrescante, así como también saludable, sin embargo, usada en exceso embriaga, pues aquel fermento es muy fuerte para tal efecto. En la gente noble no se da este abominable vicio sino en rarísimos hombres, en los cuales reina también otro, que es el juego de las cartas, en el que se pierden grandes sumas de dinero, pues conozco a muchos comerciantes arruinados a causa de este vicio.
"Del juego de gallos. Otro vicio es el del juego de gallos, un feo juego, nacido de aquella ciudad al mismo tiempo que permanecí en aquel Colegio, y que domina y señorea en todas clases sociales, juego verdaderamente insulso pero que tiene arruinadas no solamente a innumerables familias sino a ciudades enteras. Tal juego lo inventó un sacerdote quiteño (¿?) por lo que le llamaban el Padre de los gallos, de alcances nada felices y de cabeza sin sesos, engolfado en el vicio del juego, concibió éste de los gallos. Concurren dos personas, cada una con su propio gallo, lo ponen en un llano, instigándolos a combatir entre sí. En las patas les adaptan dos pequeños cuchillitos o cortaplumas de hoja finísima en forma de una navaja de afeitar. El gallo que vence y domina al otro o poniéndolo debajo o hiriendo o matando o haciéndolo huir, éste gana y su dueño gana la apuesta, pero ¿quién lo creería? En este juego tan sin gracia se juegan millares los escudos y los doblones. Además cuántos están presentes todos apuestas "por éste o por el otro gallo, gruesas sumas de dinero. Por ello quedó aturdido al ver que un pobre gallo, no valiendo antes nada luego era comprobado por 10, 12 ó 20 más escudos.
El obispo hizo poner en estrecha prisión a aquel sacerdote tunante y malvado, fulminó excomunión contra semejante juego que con gran rapidez arruinaba toda la ciudad de Panamá y a toda la juventud y luego lo mandó al exilio. Entonces el sacerdote pasó a Méjico donde también introdujo el tal juego. Más tarde volvió a Panamá y se fue hasta Lima, donde se estableció con tan feliz éxito que se abrió casa pública autorizada por el Virrey y para semejante juego de gallos, así me lo contaron varias personas. Lo cierto fue que los panameños sin ningún temor de la excomunión y mucho menos de la ruina completa de sus fortunas, prosiguieron obcecados y engolfados en el juego de gallos hasta llegar a jugarse las hebillas, los zapatos y vestidos y cuanto tenían encima sin ningún cuidado de quedarse desnudos en la presencia de todos. Otro vicio también común y que entre la gente baja llega al exceso es el baile y el fandango. Una peste tal de bailes insolentes, que han obligado a los Obispos a fulminarlos con gravísimos anatemas, ha sido transportada desde la ciudad de Lima, emporio de todas las modas, inventora de todos los bailes más nefandos y escandalosos. Uno de los bailes más endiablados y obscenos, llamado el malambo, que dio nombre a una calle a trasmano en el suburbio de la ciudad, por haberse bailado allí por primera vez, es en sus gestos y posturas tan feo, execrable y asqueroso que la mayoría de los jóvenes, aun los disolutos, comenzaron a abominarlo. Sin embargo tenia innumerables seguidores y partidarios de manera que jamás ha sido posible desarraigarlo completamente de aquella ciudad. Todavía en mi tiempo vino otro baile de Lima, tan impío e infame que el señor Castañeda, Obispo de Panamá inmediatamente lo fulminó con excomunión, y otras penas gravísimas, y además de eso los jueces y Magistrados tuvieron gran cuidado de perseguirlo y con algunos castigos y multas pecuniarias impuestas a unas pocas personas, pronto se extinguió aquella nueva peste diabólica, sin que pudiera avanzar más adelante. La vanidad y lujo en todas mujeres nobles y plebeyas, antes era sobremanera exorbiante, aunque a las iglesias iban muy honestas y cubiertas con sus mantos negros, al presente no hay ni puede haber vanidad, ni lujo ni galas, por impedirlo y prohibirlo la pobreza".
El aporte de nuestro amigo en lo que acabamos de extractar nos pinta la misma realidad de siempre, "el eterno panameño". Nuestra fuente precisa con detalles lo de los gallos que hoy no constituye ninguna preocupación aun cuando la gente sigue apostando sus salarios en gallos, en caballos y en bingos como alternativas a sus depresiones y despotricando después contra las organizaciones prestatarias de dinero con las cuales quedan atados de por vida y por varias generaciones.
Con lo de hoy se balancea el paisaje del panameño ya que con anterioridad exaltó todo ese abanico de virtudes que quisiéramos saber qué se hicieron.

101 años de Panamá América

 
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