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Gerardo Arias Linares, el hijo de Arnulfo Arias


A escasos días de la muerte de mi padre y aún apesadumbrada por este duro golpe de la vida, escribo estas líneas, después de escuchar ciertos comentarios y leer noticias publicadas en diversos diarios del país, situación que me impide callar: "Muere Gerardo Arias Linares el hijo adoptivo de Arnulfo Arias Madrid". Cuando adoptamos a un ser humano, es nuestro hijo, y los que lo prohijamos, en padre y madre lo tomamos como suyo.
Este sentimiento forzó a que mi mente decodificara los diversos mensajes que en muchísimos diálogos sostuvimos mi progenitor y yo. Uno de los más interesantes trata sobre el relato que le hiciese su madre Ana Matilde Linares de Arias; esta última tuvo un sueño mientras dormía, así llena de angustia despierta una noche del año de 1932 a mi abuelo Arnulfo Arias Madrid para contarle que había soñado con su cuñada Juana Grimaldo de Arias, madre biológica de mi padre Gerardo, que le entregaba a su hijo Gerardo Arias, número seis entre ocho hijos, para que lo adoptara, educara y aceptara como propio.
Al amanecer, reciben un telegrama de Río Grande donde se les comunica que Juana había fallecido a consecuencia de una fuerte hemorragia; convirtiéndose en realidad el sueño de la noche anterior.
A la tierna edad de tres años queda Gerardo, huérfano de madre. Una vez finalizado el funeral, mis abuelos lo acogen en el regazo de su hogar. Curiosamente, tres años antes, en 1929, mis abuelos Ana Matilde y Arnulfo habían bautizado a mi padre. Como una bendición de Dios ingresa al seno familiar Arias- Linares, convirtiéndose en hijo.
La trayectoria política de mi abuelo no se puede contar con precisión si se trata de desligarlo de Gerardo; porque es mi padre quien vive en carne propia el ascenso a la cima presidencial las tres veces; así como los posteriores derrocamientos.
A finales de l936 se embarca junto con sus padres rumbo al viejo mundo, ya que mi abuelo es nombrado Embajador Plenipotenciario y Extraordinario (como se decía en aquella época) ante los gobiernos de Gran Bretaña, Francia e Italia.
Cuando mi abuelo Arnulfo inicia estos avatares políticos, mi padre era apenas un niño: al ejercer su primera administración, en l940,era un escolar de primaria; y durante su segundo mandato, la mayor parte del tiempo, se encontraba estudiando fuera del país; he aquí el dominio perfecto de los idiomas inglés y francés que poseía.
Gerardo sufre mucho el duro golpe de Estado del año 1941, cuando tuvo que salir de la Presidencia de la República tomado del brazo de su madre; mientras que mi abuelo se encontraba en Cuba. Posteriormente, junto a sus padres, sufre el exilio en la Argentina durante los años de 1942 a 1945.
En 1968, en la plaza de Chiriquí, mi abuelo introduce a mi padre en la política y le dice a sus seguidores políticos: "Este es mi hijo Gerado y quiero que voten por él"; es así como mi padre gana arrolladoramente como diputado.
Definitivamente fueron muchas las vivencias que tuvo mi padre con mi abuelo; lamentablemente después de la muerte de este Gran Caudillo, sólo le tocó recordarlo como solía hacerlo con nosotros, porque pareciese que la figura de mí papá se tornó en algo mítico, pasó a ser mero observador de las actividades del natalicio de su padre.
Como bien lo dijera el Reverendo Ardila: A Gerardo nunca le gustó el protagonismo; pero es que era un poseedor de grandes virtudes transmitidas a los que estabamos a su alrededor, paz, amor, respeto, conocimiento, amante de la justicia. En ocasiones decía: Los importantes son como ciegos que viven en la oscuridad. Los sabios son los estudiosos que saben equiparar y que, por lo tanto, ven las diferencias.
Gerardo fue inmensamente rico en bienes espirituales; mas no materiales, por el despojo de que fue objeto. Sólo el Todopoderoso sabe porqué deja esta vida justo el día en que su padre cumplía años y del por qué de la lectura que hiciese minutos antes de entregar su alma al Creador, leía el Salmo 49, sobre la inconsciencia del rico.
Gerardo adoró y admiró a sus padres, y el gran legado que recibió de éstos fue su vasta cultura y el gran amor que le profesaron. Todas las circunstancias de su vida se fueron anidando en su subconsciente y jamás dejaron de perturbarlo.
Hoy nos queda recordarlos a ambos y recordar las palabras que siempre me repetía: "Aida, mi padre posee ese codiciado carisma que atrae, mueve y subyuga, don casi sagrado que no se aprende y que Dios concede a pocos mortales".
Adiós padre querido, poseedor de dos dones divinos: sabiduría y equilibrio.

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