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Graduaciones en las cárceles


Un detalle indicativo de que algo, por fin, empieza a funcionar bien en nuestro sistema penitenciario lo constituyen las graduaciones en las cárceles.
Cierto, no es la regla general, porque no todos los reclusorios son aptos para que operen como escuelas; pero al menos, en los casos concretos del Centro de Rehabilitación Femenino de la capital y de La Esperanza en Chitré, tuvieron lugar dos graduaciones, en el primer caso de medio centenar de reclusas y en el segundo de 25. Las cifras son modestas, pero alentadoras. Son un oasis en un desierto. En uno y otro centro, los graduados recibieron títulos de formación en distintos oficios y, en el de Chitré, se culminaron estudios primarios y de premedia (secundaria). Eso es parte del camino a perfeccionar; pero hay que masificarlo, esto es, hacerlo llegar a la mayor cantidad de presos posibles, que estén dispuestos a superar su situación.
En etapa ulterior, en algunos centros, debieran operar talleres donde los internos puedan ofrecer sus servicios al público. De ese modo, podrían hacer algunos ahorros y contribuir con algún tipo de fondo de autogestión que les permita mejorar las condiciones de vida en los centros.
Ese proceso requiere, sin embargo, de un trabajo de selección interdisciplinaria, que permita distinguir a los reclusos más aptos y mejor dispuestos para cada curso; y echar a un lado a los irredimibles, que requieren de otro tipo de tratamiento. Confundir unos con otros, no haría sino entorpecer la resocialización.
En un futuro no lejano las cárceles deberán ser privatizadas y puestas en manos de entes especializados, más aptos para rendir un mejor trabajo, bajo estrecha supervisión y fiscalización del Estado. Pero mientras eso ocurre, las graduaciones que están teniendo lugar hoy en las cárceles, son altamente positivas.

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