Grandes problemas de la juventud
Cuando escuché hace un par de semanas una noticia en la radio, me llené de espanto. Sinceramente sentí lástima por la juventud de hoy y por los que vienen detrás, muchas veces sin mayores esperanzas en el futuro. La noticia decía que en Chile, en el último año, se habían suicidado 16 jóvenes. ¿Se imaginan ustedes la pérdida que ha sido para ese o cualquier país que le suceda esto? Son muchachos que no han empezado a vivir su vida y ya la perdieron, no porque fuera su destino sino porque ellos mismos se la quitaron.
Sería interesante preguntarnos cuál es la responsabilidad de la sociedad en esta situación dolorosa que viven hoy los jóvenes. En las épocas de antes los niños y jóvenes eran acostumbrados a una obediencia ciega a los adultos, en que no les era permitido ni siquiera preguntar por qué eran obligados a hacer tal o cual cosa, debían cumplirla y se acabó. Eran épocas en que los adultos trabajaban para dar a las nuevas generaciones lo que ellos consideraban que era lo mejor. Hoy, las generaciones nuevas están muy distantes de aquellos años. La juventud de hoy indaga por sí misma quiénes son, a dónde van y el por qué de todo. No permiten que les digan que deben hacer algo porque yo lo ordeno, sino que desean conocer lo relacionado a lo que harán.
Pero, a la vez que esta nueva generación está tan lejos de las antiguas (y cuando digo esto no me refiero a las del siglo pasado), el mundo ha evolucionado tanto que las comunicaciones han hecho posible entenderse fácilmente con el resto del mundo. Miren bien esto. Sin embargo, no logran entenderse con quienes viven, con sus padres. Estos no comprenden a sus hijos, y los hijos no hacen ningún esfuerzo por comunicarse con sus progenitores.
Vivimos en una sociedad consumista que induce a la desobediencia, a la ambición desmedida, a la violencia, al trastoque de los valores morales y éticos. Mejor dicho, lo que para nosotros eran valores inalterables, para los jóvenes no valen nada. Lo que para nosotros era tabú, para las generaciones actuales no tiene ningún atractivo. El Diablo, las brujas y los duendes que constituían la base de los cuentos infantiles, han sido suplantados por entes reales que no les permite poner en práctica la fantasía natural que llevan dentro.
Es una sociedad competitiva, pragmática, que exige de estos jóvenes lo que tal vez no pueden dar. Los empujan las necesidades que no pueden llenar y los lujos que no pueden alcanzar para llevar una vida ficticia de competencia con sus semejantes y tener lo que tienen los demás. Es una sociedad donde los valores intrínsecos de los individuos vale poco; valen más las apariencias y lo irreal. La inteligencia vale menos que la astucia; el respeto por lo ajeno vale menos que el juega vivo. Lo quieren tener todo en seguida aunque se lleven en los cachos al que le quede por delante; quieren disfrutar tempranamente lo que a nosotros nos costó muchos años lograr. No es que esté en contra de las ambiciones; pero, cuando son desmedidas crean un desequilibrio que los induce a hacer cualquier cosa por alcanzar lo que ambicionan. Si no lo logran creen ver delante de ellos los imposibles y sobreviene un negativismo. Al vivir deprimidos ven la vida con otro prisma diferente. Es como si nada fuera posible y pierden la fe, la esperanza de vivir o tener... y prefieren quitarse la vida a tener que vivir sin alcanzar sus "anhelos".
Es una verdadera lástima que tantos jóvenes se pierdan en la violencia, las drogas, los suicidios, cuando tienen delante de ellos toda una vida que cada uno la hace hermosa o triste, pero que vale la pena vivirla.
Ayudemos a los jóvenes a saber vivir, a ver las necesidades como lo que son y a no presionarlos demasiado. Dejemos que se desenvuelvan como puedan y de acuerdo a sus posibilidades. Evitemos que se quiten la vida.
Sería interesante preguntarnos cuál es la responsabilidad de la sociedad en esta situación dolorosa que viven hoy los jóvenes. En las épocas de antes los niños y jóvenes eran acostumbrados a una obediencia ciega a los adultos, en que no les era permitido ni siquiera preguntar por qué eran obligados a hacer tal o cual cosa, debían cumplirla y se acabó. Eran épocas en que los adultos trabajaban para dar a las nuevas generaciones lo que ellos consideraban que era lo mejor. Hoy, las generaciones nuevas están muy distantes de aquellos años. La juventud de hoy indaga por sí misma quiénes son, a dónde van y el por qué de todo. No permiten que les digan que deben hacer algo porque yo lo ordeno, sino que desean conocer lo relacionado a lo que harán.
Pero, a la vez que esta nueva generación está tan lejos de las antiguas (y cuando digo esto no me refiero a las del siglo pasado), el mundo ha evolucionado tanto que las comunicaciones han hecho posible entenderse fácilmente con el resto del mundo. Miren bien esto. Sin embargo, no logran entenderse con quienes viven, con sus padres. Estos no comprenden a sus hijos, y los hijos no hacen ningún esfuerzo por comunicarse con sus progenitores.
Vivimos en una sociedad consumista que induce a la desobediencia, a la ambición desmedida, a la violencia, al trastoque de los valores morales y éticos. Mejor dicho, lo que para nosotros eran valores inalterables, para los jóvenes no valen nada. Lo que para nosotros era tabú, para las generaciones actuales no tiene ningún atractivo. El Diablo, las brujas y los duendes que constituían la base de los cuentos infantiles, han sido suplantados por entes reales que no les permite poner en práctica la fantasía natural que llevan dentro.
Es una sociedad competitiva, pragmática, que exige de estos jóvenes lo que tal vez no pueden dar. Los empujan las necesidades que no pueden llenar y los lujos que no pueden alcanzar para llevar una vida ficticia de competencia con sus semejantes y tener lo que tienen los demás. Es una sociedad donde los valores intrínsecos de los individuos vale poco; valen más las apariencias y lo irreal. La inteligencia vale menos que la astucia; el respeto por lo ajeno vale menos que el juega vivo. Lo quieren tener todo en seguida aunque se lleven en los cachos al que le quede por delante; quieren disfrutar tempranamente lo que a nosotros nos costó muchos años lograr. No es que esté en contra de las ambiciones; pero, cuando son desmedidas crean un desequilibrio que los induce a hacer cualquier cosa por alcanzar lo que ambicionan. Si no lo logran creen ver delante de ellos los imposibles y sobreviene un negativismo. Al vivir deprimidos ven la vida con otro prisma diferente. Es como si nada fuera posible y pierden la fe, la esperanza de vivir o tener... y prefieren quitarse la vida a tener que vivir sin alcanzar sus "anhelos".
Es una verdadera lástima que tantos jóvenes se pierdan en la violencia, las drogas, los suicidios, cuando tienen delante de ellos toda una vida que cada uno la hace hermosa o triste, pero que vale la pena vivirla.
Ayudemos a los jóvenes a saber vivir, a ver las necesidades como lo que son y a no presionarlos demasiado. Dejemos que se desenvuelvan como puedan y de acuerdo a sus posibilidades. Evitemos que se quiten la vida.