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Greenpeace (I)


Querido Director,

Este artículo va dedicado a los miles de buenos, honrados y bien intencionados ecologistas del mundo, que no tienen nada que ver con lo que vamos a relatar.

No se le oculta que uno de los caracteres comunes y obligados de todos los miembros de la Izquierda Caviar del mundo es ser ecologista en su más amplio concepto, para después personalizarlo en cientos de variantes que van desde la defensa del hielo polar hasta los derechos inalienables de los gatos. Decir ecologista es, desgraciadamente en el mundo actual, y en muchos casos, reconocer a un individuo que además de vestir exactamente igual al resto de sus compañeros, repite hasta la saciedad la misma sarta de bobadas: “el mundo se acaba”, “la basura nos come”, “moriremos asfixiados”, “la sed mundial es inminente” y así hasta dos docenas de frases que hábilmente combinadas con libertad, machismo, paz, capitalismo, monopolios, etc. convierten al sujeto ecologista en un tipo aburrido, pero que ha decidido en muchos casos, vivir sin trabajar. Cuando se le echa en cara esta situación de indolencia laboral contesta muy ofendido que él trabaja para el bien del planeta y para demostrarlo, enumera los diez o doce viajes, que no se sabe financiados por quién, ha hecho a lo largo y ancho del mundo, tirando piedras y botellas contra los líderes mundiales que se han reunido en cumbres internacionales, algunas de ellas, para tratar temas de conservación y medio ambiente. Hay que constatar, que si bien no todos los ecologistas son miembros de los grupos antiglobalización, sí todos los miembros de éstos son ecologistas. Cuando terminan sus actos y manifestaciones hay que gastar decenas de miles de dólares de nuestros impuestos es limpiar las calles de toda la inmundicia que han dejado atrás.

Con anterioridad le he insistido en que alrededor de todos estos movimientos existe un gran negocio, que por supuesto está basado en la gente de buena fe. Hoy le voy a contar una variante muy extendida en España que es el movimiento “Okupa”, que como supondrá, todos sus miembros son ecologistas. Consiste en lo siguiente: un grupo numeroso, mixto de entre 30 y 40 individuos, vestidos de harapos –moda okupa- y generalmente malolientes, se fijan en un edificio vacío, violentan puertas y ventanas y se establecen en el interior durante años, ejerciendo supuestamente labores pedagógicas hacia los más necesitados del barrio, sin agua ni luz y recogiendo cualquier tipo de animal. El legítimo propietario monta en cólera y tiene dos caminos: si les echa con violencia, es automáticamente denunciado y puede dar con sus huesos en la cárcel; si presenta la correspondiente denuncia ante los tribunales, el proceso se dilata durante años e incluso ha habido jueces que han dado la razón a los okupas, argumentando que sus labores de bien común, y en su caso, la falta de techo, están por encima del derecho de propiedad.

Cuando estas sentencias son revocadas por tribunal superior o se ejecutan las que desde un principio dan la razón al propietario, hay que desplegar decenas de policías antidisturbios para desalojar a estos individuos, que además convocan al resto de los marginales de la ciudad, entablándose batalla campal con decenas de heridos y por supuesto, el saqueo de las tiendas de las calles más cercanas. Alguna vez, la televisión nos ha enseñado en qué condiciones han quedado los inmuebles ocupados, y créame, Director, que da la impresión de que todos y a la vez, padecen el síndrome de Diógenes (acumular y vivir entre la basura).

Pero hay una marca mítica que une a todos los integrantes de estos movimientos, que traducido literalmente es “paz verde”. Con su permiso, veremos pronto cómo muchas de sus actuaciones tienen origen e incluso e incluso desarrollo en la violencia más extrema.

Atentamente,

101 años de Panamá América

 
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