Guerra con éxito, pero sin victoria
Caracas (AIPE)- Por su naturaleza misma, la guerra contra el terrorismo es incapaz de conducir a una victoria absoluta y definitiva. En un mundo como el que tenemos, las sociedades abiertas, complejas y plurales siempre estarán expuestas a un tipo de amenaza que es capaz de multiplicar sus efectos sicológicos con relativamente escasos medios, y producir un impacto completamente fuera de proporción a los daños efectivos de sus acciones. Por ello es de enorme importancia tener claro que en la actual guerra Washington y sus aliados pueden tener éxito, pero no alcanzarán una victoria como las que caracterizaron el fin de otras situaciones bélicas en el pasado. No habrá "rendición incondicional" como la del Tercer Reich; de allí la relevancia de definir con precisión el éxito.
A mi modo de ver, el éxito en esta guerra tiene tres componentes principales: 1) Evitar en el futuro ataques terroristas con armas de destrucción masiva (nucleares, biológicas o químicas) contra ciudades y centros estratégicos vitales (por ejemplo, refinerías, centrales atómicas, represas, o universidades clave). Los ataques como el de las Torres Gemelas o los sobres con ántrax son horrendos, pero ni son decisivos ni parecen susceptibles de un control total. 2) Formular y sostener un principio de orden en las relaciones internacionales contemporáneas. Esto no significa el ejercicio abusivo de la hegemonía militar por parte de Estados Unidos, sino la postulación de criterios de alineamiento geopolíticos diáfanos, que permitan a los diversos actores ubicarse en el marco de un sistema internacional dinámico. 3) Lograr estos propósitos preservando a su vez los elementos esenciales de la existencia democrática y libre de las sociedades occidentales.
Estados Unidos ganó la Guerra Fría, pero perdió la paz. El período entre la caída del Muro de Berlín y la caída de las Torres Gemelas se caracterizó por una creciente anarquía internacional, que hizo desviar la brújula a muchos, tanto en el plano global (caso Hugo Chávez por ejemplo) como doméstico (de hecho, el no tan inocente y perseverante movimiento "antiglobalizador" ya comenzaba a causar una especie de caos en Europa). Ello se debió fundamentalmente a la ausencia de un principio de orden, entendido como una serie de criterios que hagan posible a los diversos actores internacionales identificar sus intereses, y en consecuencia su localización en el tablero del poder. En las nuevas circunstancias, y empujado por la necesidad, Washington está recuperando un poco de cordura y sentido de responsabilidad, proporcionando un sentido de dirección estratégica al mundo occidental. Nada más relevante luego del colapso soviético que las palabras de Bush: "O están con nosotros, o con los terroristas."
Los que hablan de un posible "choque de civilizaciones" confunden la literatura (una vibrante metáfora) con las realidades estratégicas. No puede haber choque entre actores colocados en posiciones absolutamente asimétricas en lo económico y militar. Puede, eso sí, haber irritación. No creo que el mundo islámico se ponga en pie de guerra contra Occidente, aunque no descarto la ampliación de la guerra contra el terrorismo hacia otros focos geográficos, más allá de Afganistán. Tampoco es descartable la extensión de la ira fundamentalista contra el régimen saudita y en Pakistán. Ahora bien, El problema esencial que tiene que enfrentar el mundo islámico es el de su relación con la modernidad: con la democracia, los derechos individuales, la igualdad de la mujer, la tolerancia religiosa, el pluralismo político y el desarrollo socioeconómico. Este problema no lo resolverán los terroristas ni el fundamentalismo. Sólo lo complicarán. Occidente entretanto seguirá su camino, el que conocemos. El mundo islámico todavía tiene que decidir el suyo.
En todo caso, conviene tener claro que esta guerra se despliega en diversos frentes y planos distintos. Si bien la captura o eliminación de determinados individuos y grupos se ha hecho una necesidad sicológica temporal para el público norteamericano, en realidad ésta no es una cuestión decisiva. El éxito se definirá de otra manera y el deber de los dirigentes occidentales es preparar a sus sociedades para que asimilen lo que está en juego: ni victorias absolutas ni gratificaciones inmediatas, sino un largo, paciente y tenaz esfuerzo para preservar los fundamentos de una civilización sustentada en la libertad de los individuos, la democracia y el pluralismo; impedir que el terrorismo golpee masivamente; y garantizar que el sistema internacional no vuelva a convertirse en el escenario anárquico y decadente de los tiempos de Clinton y los timoratos, ingenuos y confusos izquierdistas de cierta socialdemocracia europea. El mayor logro, no deseado por supuesto, de los terroristas ha sido crear las condiciones para un nuevo orden internacional, que no les favorecerá.
(c)* Profesor de ciencia política, Universidad Simón Bolívar.www.aipenet.com
A mi modo de ver, el éxito en esta guerra tiene tres componentes principales: 1) Evitar en el futuro ataques terroristas con armas de destrucción masiva (nucleares, biológicas o químicas) contra ciudades y centros estratégicos vitales (por ejemplo, refinerías, centrales atómicas, represas, o universidades clave). Los ataques como el de las Torres Gemelas o los sobres con ántrax son horrendos, pero ni son decisivos ni parecen susceptibles de un control total. 2) Formular y sostener un principio de orden en las relaciones internacionales contemporáneas. Esto no significa el ejercicio abusivo de la hegemonía militar por parte de Estados Unidos, sino la postulación de criterios de alineamiento geopolíticos diáfanos, que permitan a los diversos actores ubicarse en el marco de un sistema internacional dinámico. 3) Lograr estos propósitos preservando a su vez los elementos esenciales de la existencia democrática y libre de las sociedades occidentales.
Estados Unidos ganó la Guerra Fría, pero perdió la paz. El período entre la caída del Muro de Berlín y la caída de las Torres Gemelas se caracterizó por una creciente anarquía internacional, que hizo desviar la brújula a muchos, tanto en el plano global (caso Hugo Chávez por ejemplo) como doméstico (de hecho, el no tan inocente y perseverante movimiento "antiglobalizador" ya comenzaba a causar una especie de caos en Europa). Ello se debió fundamentalmente a la ausencia de un principio de orden, entendido como una serie de criterios que hagan posible a los diversos actores internacionales identificar sus intereses, y en consecuencia su localización en el tablero del poder. En las nuevas circunstancias, y empujado por la necesidad, Washington está recuperando un poco de cordura y sentido de responsabilidad, proporcionando un sentido de dirección estratégica al mundo occidental. Nada más relevante luego del colapso soviético que las palabras de Bush: "O están con nosotros, o con los terroristas."
Los que hablan de un posible "choque de civilizaciones" confunden la literatura (una vibrante metáfora) con las realidades estratégicas. No puede haber choque entre actores colocados en posiciones absolutamente asimétricas en lo económico y militar. Puede, eso sí, haber irritación. No creo que el mundo islámico se ponga en pie de guerra contra Occidente, aunque no descarto la ampliación de la guerra contra el terrorismo hacia otros focos geográficos, más allá de Afganistán. Tampoco es descartable la extensión de la ira fundamentalista contra el régimen saudita y en Pakistán. Ahora bien, El problema esencial que tiene que enfrentar el mundo islámico es el de su relación con la modernidad: con la democracia, los derechos individuales, la igualdad de la mujer, la tolerancia religiosa, el pluralismo político y el desarrollo socioeconómico. Este problema no lo resolverán los terroristas ni el fundamentalismo. Sólo lo complicarán. Occidente entretanto seguirá su camino, el que conocemos. El mundo islámico todavía tiene que decidir el suyo.
En todo caso, conviene tener claro que esta guerra se despliega en diversos frentes y planos distintos. Si bien la captura o eliminación de determinados individuos y grupos se ha hecho una necesidad sicológica temporal para el público norteamericano, en realidad ésta no es una cuestión decisiva. El éxito se definirá de otra manera y el deber de los dirigentes occidentales es preparar a sus sociedades para que asimilen lo que está en juego: ni victorias absolutas ni gratificaciones inmediatas, sino un largo, paciente y tenaz esfuerzo para preservar los fundamentos de una civilización sustentada en la libertad de los individuos, la democracia y el pluralismo; impedir que el terrorismo golpee masivamente; y garantizar que el sistema internacional no vuelva a convertirse en el escenario anárquico y decadente de los tiempos de Clinton y los timoratos, ingenuos y confusos izquierdistas de cierta socialdemocracia europea. El mayor logro, no deseado por supuesto, de los terroristas ha sido crear las condiciones para un nuevo orden internacional, que no les favorecerá.
(c)* Profesor de ciencia política, Universidad Simón Bolívar.www.aipenet.com