Guerra: el efecto rebaño
En medio de la iracundia y la sed de venganza estimulada por la prepotencia guerrerista y la más intensa campaña mediática que conozcan los norteamericanos y el resto del mundo, se hacen necesarias la serenidad y la reflexión para que una vez más la inteligencia de la especie humana se imponga a la barbarie animal.
El presidente Bush no propone, sino le impone a los países del mundo una apresurada pero prolongada guerra, pasando por encima de las Naciones Unidas y el Consejo de Seguridad, cuando señala que "cualquier nación, en donde sea, tiene ahora que tomar una decisión: o están con nosotros o están con el terrorismo". De esta manera, y al margen de todas las normas civilizadas del derecho internacional, George W. Bush decide que "Dios no es neutral" y asume el derecho planetario de utilizar las armas que quiera, atacar a las naciones que considere convenientes, interferir sistemas financieros y de comunicación y hacer lo que quiera, cuando quiera ante el silencio de los inocentes.
Algunos analistas consideran que la declaración de Bush es un golpe de Estado a todas las normas legales internacionales que se inserta en el proceso global de desregularización económica y financiera. La mencionada desregularización, habían advertido, destruía derechos, engendraba miseria y propiciaba la ilegalidad, la violencia y las guerras. Una especie de ley del viejo oeste, en donde el pistolero dice "arriba las manos" y todos debemos obedecerle al que tiene el dedo en el gatillo.
Se ha dicho que la guerra de Bush no tiene rostro, no tiene fronteras, sin límites y sin regulaciones legales internacionales. No hay medida para las consecuencias que se puedan generar y en donde se verán afectadas las poblaciones de los Estados Unidos, de sus socios y de quienes, bajo el "efecto rebaño" se suman a la estampida que se dirige al precipicio de una guerra larga, difícil, masiva e impredecible.
El nombre de Bárbara Lee en el apagado silencio de los medios de comunicación, comienza a crecer a medida que muchos norteamericanos comienzan a revisar la mecha encendida de la situación actual. Bárbara Lee, representante al Congreso por Berkeley y Oakland, fue el único voto valeroso y solitario en contra de la autorización, casi unánime del Congreso de los Estados Unidos, para que Bush declarara el estado de excepción internacional, lo que le otorga amplios poderes, y le obligan en la intimidad a recordar la experiencia de Vietnam, antes de usarlos.
El "efecto rebaño" que se ha producido con el fin de no ir en contra de donde cabalga el vaquero, genera también enorme incertidumbre en los países de América Latina que se verán afectados por la suerte que corra la economía estadounidense que, de producirse una fuerte recesión, sería devastador el impacto económico en nuestros países, como el de la guerra en los campos de batalla.
Otras de las consecuencias del "efecto rebaño", es que estamos evadiendo, como países civilizados, los canales e instancias de la Organización de Naciones Unidas, para exhumar las osamentas inútiles del TIAR. Este tratado no sirvió en nada para nosotros los panameños cuando lo invocamos tras los sangrientos sucesos de enero de 1964 y mucho menos sirvió a los argentinos en la guerra de Las Malvinas y por el contrario, EE.UU. se plegó a su socio británico.
En conclusión, el "efecto rebaño" nos empuja mirar hacia el lado contrario de las soluciones. Soluciones que pasan por la pacificación justa y definitiva del conflicto palestino-israelita, así como el reconocimiento y cumplimiento de los derechos humanos a nivel mundial, hacia una más justa distribución de las riquezas económicas y tecnológicas, así como un compromiso serio con la paz. Sólo en esa vía encontraremos la libertad duradera.
El presidente Bush no propone, sino le impone a los países del mundo una apresurada pero prolongada guerra, pasando por encima de las Naciones Unidas y el Consejo de Seguridad, cuando señala que "cualquier nación, en donde sea, tiene ahora que tomar una decisión: o están con nosotros o están con el terrorismo". De esta manera, y al margen de todas las normas civilizadas del derecho internacional, George W. Bush decide que "Dios no es neutral" y asume el derecho planetario de utilizar las armas que quiera, atacar a las naciones que considere convenientes, interferir sistemas financieros y de comunicación y hacer lo que quiera, cuando quiera ante el silencio de los inocentes.
Algunos analistas consideran que la declaración de Bush es un golpe de Estado a todas las normas legales internacionales que se inserta en el proceso global de desregularización económica y financiera. La mencionada desregularización, habían advertido, destruía derechos, engendraba miseria y propiciaba la ilegalidad, la violencia y las guerras. Una especie de ley del viejo oeste, en donde el pistolero dice "arriba las manos" y todos debemos obedecerle al que tiene el dedo en el gatillo.
Se ha dicho que la guerra de Bush no tiene rostro, no tiene fronteras, sin límites y sin regulaciones legales internacionales. No hay medida para las consecuencias que se puedan generar y en donde se verán afectadas las poblaciones de los Estados Unidos, de sus socios y de quienes, bajo el "efecto rebaño" se suman a la estampida que se dirige al precipicio de una guerra larga, difícil, masiva e impredecible.
El nombre de Bárbara Lee en el apagado silencio de los medios de comunicación, comienza a crecer a medida que muchos norteamericanos comienzan a revisar la mecha encendida de la situación actual. Bárbara Lee, representante al Congreso por Berkeley y Oakland, fue el único voto valeroso y solitario en contra de la autorización, casi unánime del Congreso de los Estados Unidos, para que Bush declarara el estado de excepción internacional, lo que le otorga amplios poderes, y le obligan en la intimidad a recordar la experiencia de Vietnam, antes de usarlos.
El "efecto rebaño" que se ha producido con el fin de no ir en contra de donde cabalga el vaquero, genera también enorme incertidumbre en los países de América Latina que se verán afectados por la suerte que corra la economía estadounidense que, de producirse una fuerte recesión, sería devastador el impacto económico en nuestros países, como el de la guerra en los campos de batalla.
Otras de las consecuencias del "efecto rebaño", es que estamos evadiendo, como países civilizados, los canales e instancias de la Organización de Naciones Unidas, para exhumar las osamentas inútiles del TIAR. Este tratado no sirvió en nada para nosotros los panameños cuando lo invocamos tras los sangrientos sucesos de enero de 1964 y mucho menos sirvió a los argentinos en la guerra de Las Malvinas y por el contrario, EE.UU. se plegó a su socio británico.
En conclusión, el "efecto rebaño" nos empuja mirar hacia el lado contrario de las soluciones. Soluciones que pasan por la pacificación justa y definitiva del conflicto palestino-israelita, así como el reconocimiento y cumplimiento de los derechos humanos a nivel mundial, hacia una más justa distribución de las riquezas económicas y tecnológicas, así como un compromiso serio con la paz. Sólo en esa vía encontraremos la libertad duradera.