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Guerra en Panamá


No, no hablamos de conflicto bélico alguno, nos referimos a los hermanos Silvio y Ramiro Guerra que ayer lograron el milagro de convocar y encabezar una nutrida y ordenada manifestación popular contra el alza de la luz y la reforma tributaria. Luego de fogosas y breves intervenciones orales en la Plaza 5 de Mayo, los concurrentes recibieron jubilosos una señal de victoria cuando la Presidenta de la República, Mireya Moscoso, hizo público un comunicado en el sentido de que no habría aumento del costo de electricidad, aunque, a renglón seguido, manifestó que mantenía los nuevos impuestos, que afectan al sector servicios, del que depende el 70% del producto nacional bruto. Los Guerra replicaron de inmediato convocando a una nueva marcha para principios del mes próximo.
¿De dónde salieron estos dos dirigentes populares? Fruto de un hogar humilde de raíces interioranas, vecino de la ciudad de La Chorrera, los Guerra tuvieron que trabajar y estudiar para pagar sus estudios, ambos se graduaron en leyes y consiguieron sendos post-grados en materia constitucional y penal en Argentina, luego de un sacrificio económico digno de ejemplo. Otro de sus hermanos, hoy también abogado, vendía zapatos en la avenida Central.
De oratoria flamígera, Silvio, y más pausado pero igual de contundente Ramiro, los hermanos Guerra forjaron a dúo un movimiento social de amplia base, en el que alternan organizaciones de profesionales de clase media, como los abogados y demás asociaciones de profesionales, con obreros de la construcción, desempleados, amas de casa, defensores de consumidores y productores agropecuarios, sin más amalgama que los una que su lucha contra los altos costos y malos servicios públicos y su repulsa hacia los nuevos impuestos.
Frente al desgaste y vacío dejados por los partidos políticos y las organizaciones sindicales, los hermanos Guerra emergen con un discurso nuevo y refrescante, al frente de un movimiento de nombre sugerente, Siglo XXI, que denota determinación de continuidad, renovación y permanencia. Tal es la crisis y erosión de las instituciones nacionales y de sus organizaciones sociales y políticas, que ambos se han atrevido, incluso, a dar sustento doctrinal a su aventura. Hablan de un discurso revolucionario, a contrapelo de las vetustas instituciones y estructura tradicionales, heredadas del liberalismo. Apelan al poder supremo, conforme a las más modernas corrientes constitucionalistas, hablan del pueblo y de la militancia social como fuente superior y generadora del derecho y los cambios, subvirtiendo y retando al sistema desde sus cimientos mismos y con su mismo postulado de partida, presente en todas las constituciones, "el Poder Público emana del pueblo", dicen con chocante autoridad. Ambos, sin acaso quererlo, están empujando una rueda que lleva inmóvil dos siglos. ¿Qué ocurre si empieza a rodar con el Estado y la sociedad panameña entera a cuestas?
Si ese Tribunal Electoral está pegando como un árbol sano, aunque a veces le caigan hongos y requiera de tratamientos, conservémoslo así, no pretendamos echarlo abajo con ninguna excusa. Y luego, que los magistrados respondan por sus obligaciones, con madurez, honestidad, responsabilidad ciudadana, que para eso le pagamos altos sueldos, y muchos privilegios, que sólo ellos y los otros altos dignatarios del país ostentan, en estas horas de tanta miseria.

101 años de Panamá América

 
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