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Guerra a las drogas


A diario sufrimos un bombardeo permanente, a través de la prensa hablada y escrita, en películas, documentales, sobre los estragos causados por alucinógenos de procedencia clandestina, que a edades cada vez más tempranas, están afectando a las juventudes del globo terráqueo. No hay país, rico o pobre, del primero, segundo o tercer mundo, que logre escaparse de esa plaga; no existe clase social ni raza o sexo; la edad tampoco inmuniza a la humanidad de este flagelo. Se cuenta de casos, en aumento día a día, de niños que nacen con la adicción a las drogas, transmitido desde el vientre de sus madres viciosas. Médicos, abogados, banqueros, auditores, profesionales de todas las ramas; desempleados, con grandes ingresos, sin ingresos, con pocos; todos unidos por el vicio que los convierte en esclavos de las mafias del crimen organizado, y muy bien organizado.
Autoridades a los más altos niveles, han sucumbido a las "generosas" ofertas de los mercaderes de la muerte en vida; hay mucho dinero de por medio, y los que se resisten, basados en sus principios éticos y morales, en no pocas ocasiones, pagan con la vida, su apego a la decencia y honestidad.
Es conveniente aclarar que, la mayoría de los funcionarios gubernamentales, a nivel mundial, están llevando a cabo una lucha central y permanente contra esos delincuentes desalmados; pero individualmente, no están ganando la guerra, más bien, parece que la están perdiendo. En los diferentes países exportadores de esa carga de muerte, el asesinato de políticos, de funcionarios, jueces, magistrados, periodistas, autoridades civiles y militares, así como independientes, es cosa de todos los días; los mensajes no pueden ser más claros; muerte a todo aquel que se oponga a sus fines malévolos.
Mientras tanto, la humanidad entera observa pasivamente, como los jóvenes, quienes deben ser la esperanza del mundo futuro, se van consumiendo irremediablemente en ese remolino de alucinógenos, sexo sin control, sin moral ni ley. ¿Hasta cuándo pretendemos convencernos de que todo está normal, que nuestros seres queridos no corren ningún peligro? ¿Acaso no es suficiente el comprobar que cada día aumentan los casos de drogadictos entre familiares nuestros y de nuestros vecinos y amigos? ¿Cuánto más sufrimientos, lágrimas, impotencia, hace falta para que reaccionemos y actuemos de la manera más sabia posible?
Este complejo problema no se va a solucionar solamente con desearlo; si no nos proponemos a actuar ya, mancomunadamente, mañana será muy tarde. ¿Hasta cuándo, a sabiendas de que, en la mayoría de las discotecas se consume drogas sin el más mínimo pudor, seguiremos permitiendo que nuestros hijos asistan a esos lugares sin supervisión adecuada?
La educación que se brinda en el hogar no es suficiente escudo contra los mercaderes del vicio, quienes, unos por dinero, y otros por ser ellos mismos viciosos, hacen uso de toda clase de estratagemas para lograr que más jóvenes se inicien en la venta y/o consumo de estupefacientes.
Obviamente que la tarea no es fácil, pero si no nos proponemos a defender a nuestros seres queridos, nadie lo hará por nosotros. Volvamos a tomar el control de la unión familiar, como en el tiempo de nuestros padres; no sintamos temor de hacernos respetar por nuestros hijos; ellos serán los primeros en agradecer nuestra entrega y protección.
En una novela que escribí y que salió a la luz pública hace varias semanas, mencioné entre otras cosas que, los países individualmente no han logrado eliminar la producción, comercialización y consumo de drogas. Luego, pareciera ser que, la única solución viable, es la guerra mundial de todos los países sin excepción, contra los mercaderes del vicio de estupefacientes. Guerra sin cuartel, con el uso de toda clase de armas, atacando los lugares de producción y distribución. Como en todo acto bélico, desafortunadamente, caerían muchos inocentes, pero en poco tiempo y para siempre, se habrá dado fin al más grande y peligroso enemigo de la humanidad; no vislumbro otra salida.

101 años de Panamá América

 
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