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Guerra mundial al terrorismo


Bien han hecho en poner este título varios medios de comunicación colectiva a las copiosas informaciones cuyo centro es Afganistán, dominado por aquel sanguinario régimen que protege a bin Laden y a esas siniestras redes que se extienden por sesenta países, en todos los continentes.
No de otra manera puede enfrentarse a semejante amenaza no sólo a los Estados Unidos de Norteamérica, sino a la humanidad en su conjunto. Los terroristas son sujetos que llegan a los mayores extremos, a los que no les importa ni siquiera su propia vida, debido al adoctrinamiento y hasta alucinaciones que les envuelven. Ello fue posible comprobar hasta la saciedad en los atentados perpetrados en Nueva York y el Pentágono, lo que revela con lamentables e indiscutibles evidencias la peligrosidad y sevicia que impulsan a quienes cometen tales atrocidades.
Frente a semejantes e incalificables hechos, ¿será lo procedente quedarse exclusivamente en el lamento? El principio de legítima defensa es uno de los más antiguos, precisamente para que no impere el atropello, el ataque a traición o la acción ruin y homicida. La civilización tiene sus defensas, frente a los factores adversos que le amenazan, caso contrario la barbarie prevalecería en las relaciones individuales y en las que se llevan a cabo entre los pueblos.
En aplicación de este universalmente aceptado principio y para que los culpables de crímenes de lesa humanidad no queden impunes, los Estados Unidos iniciaron sus actividades bélicas en contra de los terroristas, con la generalizada solidaridad internacional.
El presidente George W. Bush fue muy claro al recordar que su nación solicitó, de manera reiterada, a los talibanes, que cierren los campamentos terroristas, que entreguen a los líderes de la red al-Qaeda y que devuelven a los extranjeros injustamente detenidos, entre los que constaban una periodista británica y varios voluntarios que predicaban el Cristianismo.Nada de ello fue posible conseguir por parte de quienes gobiernan tiránicamente Afganistán. Cuando comenzaron los ataques aliados allí, sí apareció bin Laden que, mediante un discurso grabado y transmitido por una cadena árabe de televisión, amenazó a los Estados Unidos: "Jamás volverán a estar seguros", sentenció olímpicamente aquel carnicero. "Han recibido lo que se han merecido", afirmó este siniestro personaje al referirse a los mencionados atentados en territorio norteamericano.¿Quién puede hablar de esa manera respecto a los monstruosos e indicados atentados que dejaron más de seis mil muertos y desaparecidos, junto a otros daños que por su inmensidad es difícil cuantificar? Solamente una persona que ha descendido a los más abyectos niveles de la miseria humana.
La guerra al terrorismo no es en contra de tal o cual pueblo, mucho menos de alguna religión en particular, se trata de la lógica reacción de salvaguardia a los derechos fundamentales del ser humano ante la arremetida de las fuerzas que se valen de la muerte, la destrucción y el miedo, para el cumplimiento de sus proditorios fines. Asimismo, George W. Bush ha sido por demás explícito al expresar que no hay nada en desmedro del Islam, todo lo contrario, a juzgar por estas terminantes palabras suyas: "Somos amigos del pueblo afgano y de los casi mil millones de personas que profesan la religión islámica en el mundo, somos enemigos de quienes ayudan a terroristas y criminales que profanan una gran religión cometiendo homicidios en su nombre". Estas aseveraciones constituyen un verdadero tapaboca para quienes buscan la guerra santa en respaldo de quienes cometen cobardes y demenciales hechos que, por principio de racionalidad, deben ser repudiados a nivel ecuménico, sin distinción de culturas o religiones, por tratarse de preceptos de universal vigencia, incluso en las sociedades más atrasadas.
En aras del bienestar y de la propia supervivencia de la especie, la civilización debe vencer al terrorismo, caso contrario sobre las generaciones presentes y futuras se encontraría un colosal y traidor enemigo al que no se le puede enfrentar únicamente con simples declaraciones de reproche sino con acciones contundentes y de constante aplicación en todo el planeta.

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