Guerra pone en segundo plano a Latinoamérica
Ni bien se asoma una crisis en las sociedades democráticas que se dispara un gran debate alrededor de las virtudes o de los errores de los líderes. Los dantescos ataques terroristas del 11 de septiembre causaron un vuelco de casi un 90 % de la opinión pública en apoyo del presidente Bush, un puntaje más alto que obtuvo su padre durante la Guerra del Golfo. Hasta pocos días antes, el ex gobernador de Texas fue objeto de agudas críticas por su falta de experiencia y profundidad en los planteamientos de política exterior, con excepción de su idilio con México y el presidente Vicente Fox. Su objetivo principal era reducir los impuestos y lanzar un magno programa de educación pública. Así estuvieron las cosas hasta el 10 de septiembre. Los atentados del siguiente día no sólo transformaron la política de del país, sino que también la imagen del presidente. El día siguiente se hablaba de repentina madurez, de saber asumir nuevas responsabilidades, en fin, de liderar. Pero, ¿qué significa liderazgo? ¿Qué debe hacer el gobernante y qué debe cuidarse de dejar de hacer? ¿Qué desean realmente las sociedades de sus gobernantes, inspirarlos con ideas propias u obedecer sus órdenes?
Hasta poco antes de los atentados, los conservadores sostenían que el problema era el propio gobierno, que había que reducir el número de programas públicos; ahora sólo los más extremistas se oponen a que las autoridades federales se encarguen de la seguridad de los aeropuertos.
Recientes conversaciones con funcionarios y académicos sobre política exterior subrayan lo obvio: la atención de la Casa Blanca, el Departamento de Estado, el Pentágono está enfilada en la guerra contra el terrorismo y en actividades como la consolidación de las frágiles "coaliciones" que Bush y el primer ministro británico Tony Blair están forjando para tratar de limitar la lucha contra los fundamentalistas al Afganistán. Otras prioridades que Bush trajo al tapete los primeros meses de su gobierno deberán estar en un segundo plano hasta que no pase esta emergencia. Por eso la atención prioritaria para ayudar a un país aliado a enfrentar su crisis económica enfila a Pakistán y no a Argentina. Porque el mejor remedio que la Casa Blanca ve para la apremiante situación económica del hemisferio, es una reactivación del comercio. Bush exigirá al Congreso la autoridad necesaria para negociar tratados de libre comercio, pero por el momento la agenda hemisférica queda en eso.
Este sería el panorama político que Bush espera presentar a varios jefes de Estado y cancilleres de Latinoamérica en una reunión en Nueva York el próximo sábado, cuando tiene previsto hablar ante la sesión inaugural del debate de la Asamblea General de las Naciones Unidas, a la que también asistirán los mandatarios de Argentina, Brasil, Chile, México y Uruguay, además del canciller de Panamá, José Miguel Alemán. Desde un punto de vista de la "Realpolitik" que apasionaba al secretario de Estado, Henry Kissinger, Latinoamérica en esta coyuntura juega un papel secundario. Al igual que una buena parte de la agenda de política nacional -y algunos de sus ministros temen que quedara enterrada para siempre- para hacer lugar a la guerra contra el terrorismo, que Bush considera como su primera misión.
Ahora el nuevo idilio es con Gran Bretaña y su canciller Tony Blair, quien por un tiempo pareció haber tomado las riendas de la coalición que Washington procura forjar para hacer frente a los terroristas islámicos liderados por el millonario saudita Osama bin Laden, a quien sospechan de ser el autor intelectual del dantesco ataque a las Torres Gemelas y al Pentágono con un saldo de casi 6,000 muertos. Está claro que a medida que se agudiza la guerra en Afganistán y mientras continúa el desconcierto sobre el ántrax y las alarmas sobre nuevos atentados, el pueblo de EU cada vez más exigirá de Bush que demuestre su capacidad de líder con visión mundial, además de proyectarse como una figura amable que pueda inspirar confianza entre sus aliados y mantener una postura firme ante sus enemigos.
En el ámbito internacional, el Presidente ha dado significativos pasos al poder contar a Rusia y China entre sus aliados, cuando hace sólo un año los dos regímenes eran blancos favoritos de sus denuncias de su campaña electoral. Es testimonio del carácter de un líder saber no flaquear en sus principios aunque le cueste popularidad, lo que ocurre frecuentemente en política exterior con decisiones que momentáneamente son adversas al interés del país, pero que son esenciales para mantener las buenas relaciones a nivel internacional, con en el controvertido caso de las trabas a la inmigración o cuando se resisten presiones internas a incrementar las tarifas contra las importaciones de acero que tanto daño hacen a las relaciones con Brasil.
No obstante, es útil discutir las cualidades de liderazgo recordando que los pueblos muchas veces cambian de parecer sobre qué es lo que quieren, como aparentemente puede estar ocurriendo en Venezuela, cuando un ex militar popularmente electo no logra cumplir sus promesas de reformas sociales. Pero es peligroso reducir las ideas de la naturaleza del liderazgo en una democracia a un balance entre aspiraciones y logros; más que nada se trata de lograr una combinación de coherencia y transparencia en los programas políticos y económicos, una ética intachable en el proceso de gobernabilidad y un electorado que sabe lo que quiere.
Hasta poco antes de los atentados, los conservadores sostenían que el problema era el propio gobierno, que había que reducir el número de programas públicos; ahora sólo los más extremistas se oponen a que las autoridades federales se encarguen de la seguridad de los aeropuertos.
Recientes conversaciones con funcionarios y académicos sobre política exterior subrayan lo obvio: la atención de la Casa Blanca, el Departamento de Estado, el Pentágono está enfilada en la guerra contra el terrorismo y en actividades como la consolidación de las frágiles "coaliciones" que Bush y el primer ministro británico Tony Blair están forjando para tratar de limitar la lucha contra los fundamentalistas al Afganistán. Otras prioridades que Bush trajo al tapete los primeros meses de su gobierno deberán estar en un segundo plano hasta que no pase esta emergencia. Por eso la atención prioritaria para ayudar a un país aliado a enfrentar su crisis económica enfila a Pakistán y no a Argentina. Porque el mejor remedio que la Casa Blanca ve para la apremiante situación económica del hemisferio, es una reactivación del comercio. Bush exigirá al Congreso la autoridad necesaria para negociar tratados de libre comercio, pero por el momento la agenda hemisférica queda en eso.
Este sería el panorama político que Bush espera presentar a varios jefes de Estado y cancilleres de Latinoamérica en una reunión en Nueva York el próximo sábado, cuando tiene previsto hablar ante la sesión inaugural del debate de la Asamblea General de las Naciones Unidas, a la que también asistirán los mandatarios de Argentina, Brasil, Chile, México y Uruguay, además del canciller de Panamá, José Miguel Alemán. Desde un punto de vista de la "Realpolitik" que apasionaba al secretario de Estado, Henry Kissinger, Latinoamérica en esta coyuntura juega un papel secundario. Al igual que una buena parte de la agenda de política nacional -y algunos de sus ministros temen que quedara enterrada para siempre- para hacer lugar a la guerra contra el terrorismo, que Bush considera como su primera misión.
Ahora el nuevo idilio es con Gran Bretaña y su canciller Tony Blair, quien por un tiempo pareció haber tomado las riendas de la coalición que Washington procura forjar para hacer frente a los terroristas islámicos liderados por el millonario saudita Osama bin Laden, a quien sospechan de ser el autor intelectual del dantesco ataque a las Torres Gemelas y al Pentágono con un saldo de casi 6,000 muertos. Está claro que a medida que se agudiza la guerra en Afganistán y mientras continúa el desconcierto sobre el ántrax y las alarmas sobre nuevos atentados, el pueblo de EU cada vez más exigirá de Bush que demuestre su capacidad de líder con visión mundial, además de proyectarse como una figura amable que pueda inspirar confianza entre sus aliados y mantener una postura firme ante sus enemigos.
En el ámbito internacional, el Presidente ha dado significativos pasos al poder contar a Rusia y China entre sus aliados, cuando hace sólo un año los dos regímenes eran blancos favoritos de sus denuncias de su campaña electoral. Es testimonio del carácter de un líder saber no flaquear en sus principios aunque le cueste popularidad, lo que ocurre frecuentemente en política exterior con decisiones que momentáneamente son adversas al interés del país, pero que son esenciales para mantener las buenas relaciones a nivel internacional, con en el controvertido caso de las trabas a la inmigración o cuando se resisten presiones internas a incrementar las tarifas contra las importaciones de acero que tanto daño hacen a las relaciones con Brasil.
No obstante, es útil discutir las cualidades de liderazgo recordando que los pueblos muchas veces cambian de parecer sobre qué es lo que quieren, como aparentemente puede estar ocurriendo en Venezuela, cuando un ex militar popularmente electo no logra cumplir sus promesas de reformas sociales. Pero es peligroso reducir las ideas de la naturaleza del liderazgo en una democracia a un balance entre aspiraciones y logros; más que nada se trata de lograr una combinación de coherencia y transparencia en los programas políticos y económicos, una ética intachable en el proceso de gobernabilidad y un electorado que sabe lo que quiere.