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Guillermo Endara: La frontera del país


Lo normal es cumplir el ciclo de la vida, lo que determina si ha sido buena o mala es el papel que se haya desempeñado en el periodo que nos corresponda vivir. Y reflexionamos así o de otras maneras cada vez que la muerte sacude a la familia o a la sociedad, cuando un ser querido o apreciado muere, porque no por repetitiva la muerte deja de sorprendernos. Esta vez se trata de Guillermo Endara Galimany, un hombre bajo cuyo mandato me tocó servir al país en medio de una situación crucial y peligrosa, tanto por los acontecimientos inmediatamente anteriores a los sucesos de diciembre de 1989 como los que vinieron después. Una encrucijada, que puso fin a un período dictatorial para dar paso a la democracia que ahora vivimos. Dicho de esta manera quizás no se perciba lo transcendente del momento.

Era el fin de una era llena de humillaciones para la civilidad panameña, que por lo mismo había dejado amargura, odios y rencores en quienes pasaban en 1990 a ser actores de primera fila. El poder en la mano los habilitaba quizás para cobrar los abusos de los que habían sido víctimas. Millares de personas acudían a los medios a denunciar los horrores que habían vivido, las torturas y vejaciones que le habían infringido los militares y los civiles adictos al régimen o sea los elementos más duros de la dictadura. Del otro lado, estaban los afectados por la invasión, las víctimas y sus familias, los que ingenuamente creyeron en un verdadero nacionalismo. Era una época de pasiones y desquites, que bien pudo desembocar en una tragedia mayor de la ya habíamos vivido, quizás los panameños nunca hemos tomado conciencia de lo cerca que estuvimos de una guerra civil o de ejecuciones masivas. Y es aquí donde uno tiene que subrayar la grandeza de Endara y la deuda que este país tiene con él, lo oportuno de contar con una persona como la suya en una etapa como esa.

Ningún revanchismo afloró en su conducta y tampoco ningún abuso, pese a que muchos fueron los que trataron (y todavía tratan) de achacarle la responsabilidad de la invasión, un tema que pudo administrar con solvencia porque tengo la seguridad que jamás hubiera querido para el país ni para los panameños un episodio como aquel, tampoco tuvo la irresponsabilidad del dictador, en su histriónica presentación con un machete, declarando el estado de guerra con los Estados Unidos. Endara supo crecerse en esa etapa y su carácter amable y conciliador avaló la posibilidad de que los panameños nos reencontráramos más rápido de lo que pensábamos. El le dio al país la tónica de su nueva etapa histórica, por lo que coincidimos con aquellos que se atreven a definirlo como el padre de la moderna democracia panameña, ahora le corresponde a los actuales y futuros gobernantes perfeccionar dicha democracia con la vigencia de un verdadero Estado de Derecho, y a la sociedad el deber y el derecho de exigirlo, sin temor ni abusos de ninguna clase, como parte del legado histórico que le adeudamos a Don Guillermo Endara. Para mí fue un honor y un privilegio servir en los estamentos de seguridad del Estado bajo su mandato presidencial. Por lo tanto solo me resta decirle “muchas gracias y hasta luego Señor Presidente.

101 años de Panamá América

 
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