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Ha llegado el momento de decir la verdad


En su espacio de El Panamá América, el Dr. Ricardo Arias Calderón publicó el 10 de octubre de 1999 un artículo titulado "Willy Cochez y el PDC". Guillermo Cochez, después de haber sido vicepresidente, secretario general, miembro del directorio y de la comisión política, además de fundador del PDC, quedó como miembro sin rango por decisión de la membresía democristiana, lo que, según su excopartidario, pudo ser causa de la renuncia de Cochez a ese partido. Por mi parte, quiero creer que esa degradación se debió en cierta medida a la forma grosera e infame como se regocijó calumniándome por todos los medios de comunicación, olvidando que los panameños por lo general repudian que se ataque a una mujer, especialmente si se hace con la saña estridente que puso en evidencia contra mí.
En su artículo, llevado sin duda por sentimientos de amistad, el Dr. Arias C., dice textualmente que Cochez "inició la tradición de los alcaldes democráticos a la moderna, que han transformado la función alcaldicia panameña. En este campo sentó un ejemplo", afirmación que no se ajusta a la verdad. Si quitar las placas de obras hechas por alcaldes anteriores a él, como la del Jardín Botánico Summit que rescaté y cuya administración obtuve para la Alcaldía, o la de la Clínica Dental y Médica que fue creación mía y otras que no son del caso enumerar y dedicarse a denigrar, pueden considerarse actos ejemplares, entonces, en efecto, Cochez no sólo es ejemplar, sino además modelo de lo que es hacer de la denuncia irresponsable una profesión. Y para corresponderle quiero denunciar que Guillermo Cochez se ha apropiado de 800 metros cuadrados de terreno de propiedad mía y de mis hermanos en el Valle de Antón, corriendo la cerca de su finca, fechoría que, de haberla cometido otra persona, habría calificado él como robo, y así lo califico yo.
Al doctor Arias Calderón le atendí en mi despacho alcaldicio cuando fue con sus compañeros de la terna presidencial de la ADO y un grupo de copartidarios y periodistas a informar que iban a hacer una manifestación. Haberles recibido con la cordialidad que encontraron cuantos acudieron a mi despacho me malquistó con mi partido, el PRD, como me malquistó también la conmutación de cientos de penas de cárcel. Estas y otras discrepancias llevaron a los concejales, abanderados por los perredistas, a despojarme del cargo de Alcaldesa cuando faltaba sólo un mes para el término del mandato conferido por mis electores.
El democrático personaje que echó en la Alcaldía, como desecho, la sangrienta ola de la invasión en su resaca, encontró unos expedientes hechos "a como diera lugar" por los concejales para tenerlos, por órdenes del Representante de Corregimiento que ilegalmente me sustituyó en el cargo, como espadas de Damocles, por si intentara yo interponer algún recurso legal por el despojo del cargo limpiamente ganado en elecciones, reclamo que no pasó siquiera por mi mente hacer, para no convertirme en bandera de una oposición con la que nunca estuve de acuerdo. Cuando armaron esos expedientes, sus autores no imaginaron que tendría lugar una invasión y que esos expedientes quedarían abandonados allí, donde los encontró Cochez, quien, con una celeridad que dice poco de su profesionalismo, pues no prestó atención a los oceánicos defectos de que adolecían, se apresuró a entregarlos a las autoridades judiciales y luego, haciendo de acusador, fiscal y juez, sin recordar algo que se llama presunción de inocencia, se dedicó a difamarme sin ninguna contención, pidiendo a diario que se me aplicara una detención preventiva. Lo que sí me interesa dejar en claro aquí es que fui sobreseída de todos los cargos falsos que se me hicieron mediante esos expedientes hechos con múltiples copias fotostáticas, y con declaraciones obligadas como se comprobó después. Y me satisface decir que después de una larga espera de años, cuando se fueron atendiendo los expedientes en las instancias correspondientes, quedó plenamente establecida mi inocencia y se me fueron dando los respectivos sobreseimientos.
Los televidentes fueron testigos de la pataleta histérica que protagonizó Cochez cuando la Fiscal Delegada ordenó mi libertad después de estudiar el caso por el que se me mantuvo detenida durante 52 días. Ante la desmedida furia de Cochez, la Fiscal Delegada explicó que la pena no era de prisión, sino de días multa en el caso de que hubiese sido responsable, --y no lo era--. Pero esos 52 días están muy bien grabados en mi memoria.
Se dice que Cochez obtuvo el consentimiento de la dirección del PDC para usar los expedientes encontrados como lo hizo, pues en el fragor de la metralla, del olor a muertos y la soldadesca extranjera, pareció útil usar mi apellido para sacar ventaja política de la situación. Si ello fue cierto, es mayor mi satisfacción al constatar que, después de las histéricas manifestaciones de mi gratuito detractor, fue degradado por sus copartidarios. Al llegar a la Alcaldía -según se dice, a bordo de una tanqueta norteamericana - encontró un bonito despacho, porque, a pesar del bloqueo económico al que estuvimos sometidos, se hicieron bajo mi administración importantes reformas al edificio EDEM: remodelación total del sexto piso, haciendo una sala de conferencias y un auditorio que no existían, mejoras sustanciales en otros despachos, arreglo del cielorraso, del sistema de aire acondicionado y otras que sería largo enumerar, y que Cochez sería incapaz de apreciar, porque le falta calidad humana para reconocer aciertos ajenos.
No puedo pasar por alto el incalculable daño causado por las desmedidas e injustas acusaciones de Cochez, que tanto dolor y sufrimientos causaron a mí y a mis hijos, ni la congelación automática que se hizo de mis bienes, con graves perjuicios y consecuencias que aún confronto para mi patrimonio, muy bien ganado y justificado. Hago constar, además, que llevo permanentemente conmigo copia de una carta firmada por el presidente de la DRP en la que se especifica que no cometí lesión patrimonial alguna.
Rompo un silencio de años aprovechando esta ocasión para exponer ante la ciudadanía la injustificada e inmerecida infamia de la que se me hizo víctima. Lo hago por consideración a mis hijos y las amistades que durante largo tiempo me han recomendado aclarar lo sucedido. La hora, el momento de decir la verdad llega siempre y creo que esta hora y este momento han llegado para que se conozca la verdad mía.

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