Hablando de paz
Hablar de paz nos lleva inmediatamente a pensar en el lado opuesto: guerra, pelea, enfrentamiento, violencia. La guerra como actividad realizada por la humanidad desde sus principios nos marca a todos y hasta los pacifistas más insignes han tenido que establecer estrategias para enfrentarla, eso sí, sin utilizar arma alguna.
Cruentos acontecimientos mundiales, para algunos justificados y para otros no, marcan los comienzos del siglo XXI. Quienes no estamos directamente involucrados, vimos cómodamente desde nuestras casas cómo se derrumbaron las Torres Gemelas; vemos cadáveres de haitianos, españoles muertos y heridos por la explosión de las bombas, enfrentamientos casi a diario entre palestinos y judíos, todo gracias a la magia de la comunicación, con la cual nos podemos enterar de la última desgracia en cualquier parte del mundo.
La guerra en Irak, los conflictos políticos en Haití, los enredos en Venezuela, la lucha entre palestinos e israelíes, Bin Laden y Al Qaeda y todos los grupos denominados por el Jefe de la Policía del mundo, "Mr. Bush", como "terroristas" o amenaza para la paz mundial, nos llevan a ver el escenario de todo lo que se puede hacer en nombre de la paz.
Vemos a la máxima autoridad de la Iglesia católica, el Papa Juan Pablo II, constantemente enviar mensajes de paz que entran por un oído y salen por el otro. Al parecer la humanidad se encuentra viviendo en un mundo en donde lo que "paga" es lo que lo vale la pena. Como dicen los jóvenes: la "ponchera", y no me refiero al recipiente de vidrio, es todo lo que representa el vivir frenéticamente con una buena dosis de violencia, aunque sea por la tele.
En Panamá, como dirían algunos, "gracias a Dios aquí no pasan esas cosas", así que todavía podemos salir a las calles, pasear, parrandear, comprar cosas y pasarla bien. Sin embargo, hay quienes quieren olvidar que fuimos víctimas de una invasión que nos marcó y no es casual que los sitios donde ha proliferado la violencia callejera fueron los más afectados por la operación "Causa justa". Con un ejercicio para la memoria, qué tal recordar a El Chorrillo, el Casco Viejo de la ciudad (Santa Ana, San Felipe, La Central, Calidonia), San Miguelito y Colón.
Últimamente el tema de la paz está de moda en este país, ¿pero por qué hablar de paz? ¿Acaso Panamá está en guerra? ¿Habrá empezado una guerra y no nos hemos dado cuenta? Por los medios constantemente se menciona que organismos desde la Policía hasta Iglesias están empeñados en lograr la paz en las calles, ¿sin embargo, de qué se trata todo esto? ¡Ah! Vaya, es que jóvenes miembros de bandas están poniendo en peligro la seguridad de todos, a tal punto que el tema de "seguridad" es uno de los favoritos para quienes aspiran a ser Presidente de la República.
En nombre de la seguridad y por consiguiente de la paz, hemos escuchado todo tipo de sugerencias como: imponer la pena de muerte, establecer la cadena perpetua, endurecer las penas, crear más depósitos humanos "llámese centro penitenciario", armar hasta los dientes a la Policía, o sea crear "Robot Cops".
Hablando de paz, debemos estar conscientes de que la guerra no es contra un invasor extranjero, ni extraterrestre, son panameños y panameñas que de alguna forma han tenido que recurrir a la violencia para decir presente "como diría la canción de Rubén Blades". ¿Pero por qué recurrir a la violencia, para hacerse notar? Bueno, es que como panameños se tiene bien claro que el que "no llora, no mama", y la manera de llorar es soltando balas. Lloran por la violencia institucional contra ellos, la corrupción, la mala distribución de la riqueza, el incremento de la pobreza, el desempleo, la discriminación (aunque haya quienes niegan que exista), un sistema educativo que promueve la deserción escolar, padres que se olvidan de sus hijos y una sociedad que cree en la represión y no en la prevención, y mucho menos en la promoción.
Muchos personajes en su afán de hacer oír su voz a favor de la paz han dejado su legado de mensajes, algunos escuchados y otros ignorados. Sin embargo, con ánimo de compartir los dejo con éste: "Yo no quiero paz, yo sólo quiero igualdad de derechos y justicia, pudiera que allí esté la fórmula para vivir en paz en nuestro querido Panamá".
Cruentos acontecimientos mundiales, para algunos justificados y para otros no, marcan los comienzos del siglo XXI. Quienes no estamos directamente involucrados, vimos cómodamente desde nuestras casas cómo se derrumbaron las Torres Gemelas; vemos cadáveres de haitianos, españoles muertos y heridos por la explosión de las bombas, enfrentamientos casi a diario entre palestinos y judíos, todo gracias a la magia de la comunicación, con la cual nos podemos enterar de la última desgracia en cualquier parte del mundo.
La guerra en Irak, los conflictos políticos en Haití, los enredos en Venezuela, la lucha entre palestinos e israelíes, Bin Laden y Al Qaeda y todos los grupos denominados por el Jefe de la Policía del mundo, "Mr. Bush", como "terroristas" o amenaza para la paz mundial, nos llevan a ver el escenario de todo lo que se puede hacer en nombre de la paz.
Vemos a la máxima autoridad de la Iglesia católica, el Papa Juan Pablo II, constantemente enviar mensajes de paz que entran por un oído y salen por el otro. Al parecer la humanidad se encuentra viviendo en un mundo en donde lo que "paga" es lo que lo vale la pena. Como dicen los jóvenes: la "ponchera", y no me refiero al recipiente de vidrio, es todo lo que representa el vivir frenéticamente con una buena dosis de violencia, aunque sea por la tele.
En Panamá, como dirían algunos, "gracias a Dios aquí no pasan esas cosas", así que todavía podemos salir a las calles, pasear, parrandear, comprar cosas y pasarla bien. Sin embargo, hay quienes quieren olvidar que fuimos víctimas de una invasión que nos marcó y no es casual que los sitios donde ha proliferado la violencia callejera fueron los más afectados por la operación "Causa justa". Con un ejercicio para la memoria, qué tal recordar a El Chorrillo, el Casco Viejo de la ciudad (Santa Ana, San Felipe, La Central, Calidonia), San Miguelito y Colón.
Últimamente el tema de la paz está de moda en este país, ¿pero por qué hablar de paz? ¿Acaso Panamá está en guerra? ¿Habrá empezado una guerra y no nos hemos dado cuenta? Por los medios constantemente se menciona que organismos desde la Policía hasta Iglesias están empeñados en lograr la paz en las calles, ¿sin embargo, de qué se trata todo esto? ¡Ah! Vaya, es que jóvenes miembros de bandas están poniendo en peligro la seguridad de todos, a tal punto que el tema de "seguridad" es uno de los favoritos para quienes aspiran a ser Presidente de la República.
En nombre de la seguridad y por consiguiente de la paz, hemos escuchado todo tipo de sugerencias como: imponer la pena de muerte, establecer la cadena perpetua, endurecer las penas, crear más depósitos humanos "llámese centro penitenciario", armar hasta los dientes a la Policía, o sea crear "Robot Cops".
Hablando de paz, debemos estar conscientes de que la guerra no es contra un invasor extranjero, ni extraterrestre, son panameños y panameñas que de alguna forma han tenido que recurrir a la violencia para decir presente "como diría la canción de Rubén Blades". ¿Pero por qué recurrir a la violencia, para hacerse notar? Bueno, es que como panameños se tiene bien claro que el que "no llora, no mama", y la manera de llorar es soltando balas. Lloran por la violencia institucional contra ellos, la corrupción, la mala distribución de la riqueza, el incremento de la pobreza, el desempleo, la discriminación (aunque haya quienes niegan que exista), un sistema educativo que promueve la deserción escolar, padres que se olvidan de sus hijos y una sociedad que cree en la represión y no en la prevención, y mucho menos en la promoción.
Muchos personajes en su afán de hacer oír su voz a favor de la paz han dejado su legado de mensajes, algunos escuchados y otros ignorados. Sin embargo, con ánimo de compartir los dejo con éste: "Yo no quiero paz, yo sólo quiero igualdad de derechos y justicia, pudiera que allí esté la fórmula para vivir en paz en nuestro querido Panamá".