Hablemos de la muerte
Vivimos rodeados de muertes. No hay espacio noticioso, ni flash informativo, ni prensa amarilla que no nos agreda con esas imágenes bochornosas y trágicas de una sociedad que, en las últimas décadas, ha pasado de ser bonachona, tolerante y pacífica, a mostrar todo el variopinto bajo fondo del alma humana.
La muerte en nuestras calles es muy joven. Son adolescentes, casi niños, víctimas de otros jóvenes que, como en la trama de los cuentos policiales, se convierten a su vez en blanco de otros, de modo que ese círculo vicioso se hace una espiral expansiva interminable.
Son esas reiteradas imágenes insolentes las que han acostumbrado al público a ver la muerte violenta con cierta displicencia. Algunos, los menos, los que guardan cierto grado de pudor, piensan con criterio utilitario que si se matan entre ellos algún día se acabará con los malos. Tal vez no alcancen a comprender que bajo ese criterio, un hijo o un hermano puede caer víctima de este garrafal fallo de la sociedad a la hora de enfrentar el tema de la violencia. Pobreza. Abandono familiar. Ausencia de afecto. Mala educación. Pérdida de autoestima y de pertenencia. Conducta vulnerable hacia la adicción. Reproducción de patrones violentos. Ineficiente asistencia social y psicológica por parte del Estado, son algunas de sus causas.
La muerte violenta es la que se muestra. De la que no se habla es de la que ocurre en silencio, en la penumbra de un cuarto o en las salas de los hospitales. Poco se oye de un tema que nos acucia cada vez más a medida que los años y la parca nos van podando familiares y amigos.
No hay familia que en las festividades pasadas no haya recordado a alguno de sus muertos, recientes o antiguos. Para la memoria, el tiempo no existe. Morir es lo único que sabemos con certeza absoluta. Entonces: ¿Por qué razón la sociedad occidental, la de la cultura judeocristiana, no está preparada para tratar el tema de la muerte digna con la misma diligencia y profundidad con que tratamos los demás temas de la vida? Si la muerte es la etapa final del ciclo: ¿Por qué no nos preparamos a enfrentarla con menos prejuicios, mitos y temores?
He estado en contacto con ella en una variedad de circunstancias, de modo que toda esa experiencia, privada y profesional, me servirá para entrar en la mía como quien entra en una biblioteca vacía o en un templo extraño, donde los dioses seremos los muertos y los vivos, los otros, los del más allá. Anhelo que llegado el momento tenga la serenidad y la cordura suficiente para hacerles saber a los míos, que todo lo que fui para ellos me pertenecerá para siempre.
El momento lo imagino así: ¡Qué haces allí mujer, tan triste y sola! Deja la guadaña, aparta el velo y siéntate conmigo a conversar un rato. Apura esa copa de vino, que la charla recién comienza y te siento muy distante, temerosa y fría.
¡Ea! brindemos por tu salud y la mía.