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Hacen política como religión


Un rasgo común a la mayoría de las corrientes espirituales es su apuesta por la redención basada en el arrepentimiento.

No todas las corrientes supieron mostrar al humano un camino de salvación mediante el uso racional de su propio albedrío. Un notable ejemplo fue la corriente herética de los cátaros o albigenses. Por su énfasis en la honestidad del trabajo productivo frente a la corrupción eclesial imperante, fueron un anticipo de las virtudes laborales de los calvinistas.

Los cátaros no creían en la redención por arrepentimiento, sus dirigentes nacían perfectos o nada. Desde luego no creían en el reclutamiento y ello los aisló como una isla. Mientras los labriegos y burgueses tocaban a sus puertas para sumarse a la corriente renovadora, ellos cerraron las puertas, porque el ser puros era mérito propio de sus dirigentes y nadie debía compartirlo.

El catarismo llevado a la dimensión actual sigue siendo fatal. En un mundo plagado de errores, que tienen al planeta postrado, encontraremos una legión de actores sociales que llevan a espaldas el fardo de sus errores. Pero hay quienes yerran por comisión y por omisión. Estos últimos cometen el error pilatesco de lavarse las manos sin proponer cambios: Son los perfectos y puros que no admiten la contaminación con los demás.

Anteriormente, Panamá cargaba la doble hipoteca de su condición colonial y una democracia configurada como un club oligárquico privado. No recuperaríamos la independencia si por Estado teníamos un club. La religión de recuperación del Canal y perfeccionamiento del Estado fue un sueño realizado en medio del rezago de las transformaciones democráticas necesarias. Ante eso, los puros reaccionaron sin compromiso con las tareas nacionales. Hoy tienen espacios de expresión y movilización callejera impensable en el protectorado que teníamos. Atrás quedaron los días del movimiento inquilinario cuando los marines asumían directamente la represión. No es pesadilla sin retorno. Si no perfeccionamos el Estado mediante democracia social, aquello volverá.

La construcción de esta democracia es imperiosa, porque tenemos la distinción de ser un país que registra con mayor fuerza el fenómeno de la exclusión social. Pero la exclusión no es sólo una condición socioeconómica, sino moral y la cadena de exclusiones se reproduce de arriba abajo.

La exclusión se manifiesta en una tendencia mesiánica a monopolizar la verdad: "esto que digo es mi verdad, pero no quiero que la compartas". No se critican las posiciones sino a las personas.

Lo anterior sirve para analizar la posición de ciertos grupos seudo-radicales, atacando los intentos de reestructurar el sistema de salud. Cualquier cambio -piensan- es malo si no viene de nuestras ungidas manos. El proyecto hubiera sido adoptado como propio si no fuese facturado por mentes que no pertenecían a la cofradía de los puros. ¿Es que es concebible mantener sin cambio el sistema actual? ¿En qué cabeza cabe que se puede seguir de espalda a las necesidades de la población para mantener privilegios grupales? ¿O es que hay un cálculo pueril de: "cuanto peor están las cosas, mejor para mi proyecto político"? Si es así, miremos la situación de África y comprobemos que la miseria no es el mejor caldo de cultivo para las transformaciones sociales.

La COMENENAL lanza una consigna "No a la restructuración, sí a la reinversión en salud". Reflexionemos. No se puede invertir lo necesario sin previa restructuración. Así, ni el milagro de Cana lograría que los recursos alcancen para las necesidades de la población. Todo se iría por los agujeros.

101 años de Panamá América

 
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