Hacia dónde queremos ir
Es necesario que como responsables de las iniciativas de gobierno, las altas autoridades den a conocer la definición que tienen de lo que se pueda considerar como el perfil del estudiante panameño y del menor de edad en general, en sus aspectos éticos y morales; especialmente en este confuso año cero. Esta información es, como dicen los asambleístas, de urgencia notoria para maestros y profesores de colegios públicos y particulares; para padres de familia, para comunicadores y trabajadores sociales y para la sociedad en general.
Y es de tal urgencia, cuando conocemos que en el distrito de San Miguelito solamente, de acuerdo con declaraciones del doctor Jorge Gamboa, director de salud de esa área, cada día de los 365 de cada año, resultan embarazadas aproximadamente seis niñas, mucho antes de cumplir los 18 años. O sea, que unas 1955 adolescentes, en edades propias de escolaridad, se constituyen anualmente en madres; y peor aún, en madres de descendencia (hijos-hijas) no deseada. Pero esto es sólo una parte del problema. El motivo por el que se requiere una definición en torno a esta situación, se deja ver, cuando en la práctica se premia a las jóvenes madres, facilitándoles su inserción o continuación en las mismas aulas, con las mismas compañeras de estudio, como si nada hubiera ocurrido. Y aquí me refiero a las del mismo sexo, porque las estadísticas, tanto de APLAFA como otras, revelan que en un muy alto porcentaje, los autores de tales maternidades por la parte paterna, no son adolescentes y porque el mejor maestro en cualquier oficio, es el ejemplo y porque el despertar y la curiosidad sexual, parece ser mayor en las mujeres y entre mujeres.
La actual justificación, que en nada resuelve la crisis de valores, y ésta es, en el fondo, una verdadera y creciente crisis de valores, es que las ya señoras, ( porque no se les podría seguir llamando señoritas) no tienen lepra, y que no se les puede truncar su futuro por un error que comete cualquiera; dando a continuación casos de madres- estudiantes que han alcanzado altos méritos posteriormente .
Entonces, si esa es la política, que se le aclare a todo el sector educativo, para que dejen a la libre a todos y a todas, estudiantes indiscriminadamente y que no se les prohíba a unas y a otros, el hacer algo que para quienes lo están haciendo no les altera en nada sus correspondientes vidas escolares y que por el contrario, como sí les asegura la obtención de un título que académicamente no se ganan, pero que no dárselo se toma como persecución o acoso. Insistimos en la necesidad de que las más altas autoridades responsables del gobierno de turno atiendan lo que es un problema real y evidente.
De nuestra parte, planteamos como propuesta, que se modifique, en lo que sea conveniente, el famoso Código de la Familia, devolviéndole a los padres y madres todo el derecho, que es un deber, de disciplinar a sus hijos; claro en forma civilizada, pero esa forma civilizada no debe impedir el buen uso de una correa en su debido momento.
Apuntamos lo anterior, porque consideramos que no sólo en el tema a que nos hemos referido, sino en todo lo concerniente a niños, jóvenes y adolescentes y sus expresiones de inconsecuencia social fracasos, riñas callejeras, actos delictivos incluyendo drogadicción, irrespeto a sus padres y educadores, etc, se deben a la falta de temor.
No le temen ni conocen a un Dios, no le temen a sus padres y por consiguiente, no los respetan, mucho menos temen a sus educadores ni a sus resultados académicos y al no importarles ni temerles a nada, pierden sin que ellos mismos lo perciban, su propia estima.
Los educadores se cuidan al extremo de hacer algo que pueda alterar o molestar a esta población supuestamente a su cargo, por no buscarse problemas con los mismos, con sus padres ni con los ministerios antes mencionados. O sea, que ellos sí tienen miedo.
Los padres, inconscientemente sienten el mismo miedo y muy pocos se atreven a exigir a sus hijos el cumplimiento de sus responsabilidades; y las autoridades de ambos ministerios (educación y familia) compiten por hacerse relaciones públicas con éstos y sus padres. Y el problema continúa. ¿Qué estudiante queremos? ¿Qué sociedad esperamos? ¿Hacia dónde queremos ir?
Y es de tal urgencia, cuando conocemos que en el distrito de San Miguelito solamente, de acuerdo con declaraciones del doctor Jorge Gamboa, director de salud de esa área, cada día de los 365 de cada año, resultan embarazadas aproximadamente seis niñas, mucho antes de cumplir los 18 años. O sea, que unas 1955 adolescentes, en edades propias de escolaridad, se constituyen anualmente en madres; y peor aún, en madres de descendencia (hijos-hijas) no deseada. Pero esto es sólo una parte del problema. El motivo por el que se requiere una definición en torno a esta situación, se deja ver, cuando en la práctica se premia a las jóvenes madres, facilitándoles su inserción o continuación en las mismas aulas, con las mismas compañeras de estudio, como si nada hubiera ocurrido. Y aquí me refiero a las del mismo sexo, porque las estadísticas, tanto de APLAFA como otras, revelan que en un muy alto porcentaje, los autores de tales maternidades por la parte paterna, no son adolescentes y porque el mejor maestro en cualquier oficio, es el ejemplo y porque el despertar y la curiosidad sexual, parece ser mayor en las mujeres y entre mujeres.
La actual justificación, que en nada resuelve la crisis de valores, y ésta es, en el fondo, una verdadera y creciente crisis de valores, es que las ya señoras, ( porque no se les podría seguir llamando señoritas) no tienen lepra, y que no se les puede truncar su futuro por un error que comete cualquiera; dando a continuación casos de madres- estudiantes que han alcanzado altos méritos posteriormente .
Entonces, si esa es la política, que se le aclare a todo el sector educativo, para que dejen a la libre a todos y a todas, estudiantes indiscriminadamente y que no se les prohíba a unas y a otros, el hacer algo que para quienes lo están haciendo no les altera en nada sus correspondientes vidas escolares y que por el contrario, como sí les asegura la obtención de un título que académicamente no se ganan, pero que no dárselo se toma como persecución o acoso. Insistimos en la necesidad de que las más altas autoridades responsables del gobierno de turno atiendan lo que es un problema real y evidente.
De nuestra parte, planteamos como propuesta, que se modifique, en lo que sea conveniente, el famoso Código de la Familia, devolviéndole a los padres y madres todo el derecho, que es un deber, de disciplinar a sus hijos; claro en forma civilizada, pero esa forma civilizada no debe impedir el buen uso de una correa en su debido momento.
Apuntamos lo anterior, porque consideramos que no sólo en el tema a que nos hemos referido, sino en todo lo concerniente a niños, jóvenes y adolescentes y sus expresiones de inconsecuencia social fracasos, riñas callejeras, actos delictivos incluyendo drogadicción, irrespeto a sus padres y educadores, etc, se deben a la falta de temor.
No le temen ni conocen a un Dios, no le temen a sus padres y por consiguiente, no los respetan, mucho menos temen a sus educadores ni a sus resultados académicos y al no importarles ni temerles a nada, pierden sin que ellos mismos lo perciban, su propia estima.
Los educadores se cuidan al extremo de hacer algo que pueda alterar o molestar a esta población supuestamente a su cargo, por no buscarse problemas con los mismos, con sus padres ni con los ministerios antes mencionados. O sea, que ellos sí tienen miedo.
Los padres, inconscientemente sienten el mismo miedo y muy pocos se atreven a exigir a sus hijos el cumplimiento de sus responsabilidades; y las autoridades de ambos ministerios (educación y familia) compiten por hacerse relaciones públicas con éstos y sus padres. Y el problema continúa. ¿Qué estudiante queremos? ¿Qué sociedad esperamos? ¿Hacia dónde queremos ir?