Hacia un proyecto nacional
El patrón de acuerdos políticos interpartidarios sobre la base del reparto de puestos debe modificarse para ceder espacio a un gran acuerdo orientado a la concertación de un proyecto nacional. A escaso tiempo de avanzar hacia un nuevo siglo, los partidos deben comprender que la irresuelta problemática socioeconómica insta al cambio radical de las premisas tradicionales de las alianzas.
Frente a la acumulación de desempleo, pobreza y frustración, la clásica antinomia de gobierno vs oposición no puede seguir rigiendo en el acontecer republicano en forma dogmática y beligerante, como hasta ahora, porque el país resulta perjudicado por la forma como se ha planteado la controversia.
En otras palabras, creemos que, sin mengua de la natu-raleza polémica de la actividad política y de la identidad ideológica de cada partido, debemos encaminarnos a la concertación consensuada de un proyecto nacional. Dentro del amplio registro del sistema democrático pluralista, no resulta imposible la definición de espacios que posibiliten acuerdos sobre desarrollo económico, empleo, educación, salud, seguridad social, vivienda, el Canal y otros aspectos merecedores de acuerdos pluripartidarios.
Hemos perdido demasiado tiempo en la encrucijada de la estéril contienda política. Es bochornoso el inventario de lo que pudo hacerse en beneficio de los pobres, si no hubiera mediado la rencilla menuda y si se hubiera pensado que el país prevalece ante el partido, que la repartición de puestos públicos y cuotas presupuestarias no puede contar, porque antes se yergue el interés de la Patria.
La estructuración de un proyecto nacional, o de una agenda social, o como quiera denominársele, demostraría que hemos madurado como nación y que podemos unirnos como un cuerpo colectivo de ciudadanos reflexivos sin perder especificidad como políticos. Los desafíos que nos aguardan ante las nuevas generaciones exigen que pensemos en grande al asumir la plenitud de la soberanía nacional y que abandonemos el minúsculo oportunismo y zancadilleo que ha entorpecido la azarosa peripecia republicana del siglo XX.
Frente a la acumulación de desempleo, pobreza y frustración, la clásica antinomia de gobierno vs oposición no puede seguir rigiendo en el acontecer republicano en forma dogmática y beligerante, como hasta ahora, porque el país resulta perjudicado por la forma como se ha planteado la controversia.
En otras palabras, creemos que, sin mengua de la natu-raleza polémica de la actividad política y de la identidad ideológica de cada partido, debemos encaminarnos a la concertación consensuada de un proyecto nacional. Dentro del amplio registro del sistema democrático pluralista, no resulta imposible la definición de espacios que posibiliten acuerdos sobre desarrollo económico, empleo, educación, salud, seguridad social, vivienda, el Canal y otros aspectos merecedores de acuerdos pluripartidarios.
Hemos perdido demasiado tiempo en la encrucijada de la estéril contienda política. Es bochornoso el inventario de lo que pudo hacerse en beneficio de los pobres, si no hubiera mediado la rencilla menuda y si se hubiera pensado que el país prevalece ante el partido, que la repartición de puestos públicos y cuotas presupuestarias no puede contar, porque antes se yergue el interés de la Patria.
La estructuración de un proyecto nacional, o de una agenda social, o como quiera denominársele, demostraría que hemos madurado como nación y que podemos unirnos como un cuerpo colectivo de ciudadanos reflexivos sin perder especificidad como políticos. Los desafíos que nos aguardan ante las nuevas generaciones exigen que pensemos en grande al asumir la plenitud de la soberanía nacional y que abandonemos el minúsculo oportunismo y zancadilleo que ha entorpecido la azarosa peripecia republicana del siglo XX.